domingo, 3 de noviembre de 2013

30. Redescrubriendo los Sentidos

Observar como si la vida se desplegara por vez primera ante tus ojos. Observar los colores, las sombras, los matices. Volver a la infancia primera cuando nuestros ojos se llenaban de cielo, de prados, de geometrías. Observar como tocar, como saborear, como olfatear la piel de quien amas bajo la penumbra de una luz tenue.

Escuchar como si el silencio lo llenara todo, y los sonidos interrumpieran con todo su despliegue de tiempos y compases, con sus diatónicos altos y bajos danzando entre hermosas pausas que arrancan melodías al viento, a la lluvia, al canto, a los susurros, a las palabras. Escuchar como mirar, a las aves, al susurro del río, de las hojas y de pasos que se acercan y se alejan.

Olfatear el aroma del sol, del color rojo, de la tierra, de la piel que toca tu piel. El olor de la mañana, de las cuatro estaciones, de la música que te transporta. Olfatear como saborear el dulzor de la uva, la calidez de la madera, la acidez leve del vino.

Saborear la suavidad de un chocolate que se deshace en la boca, la textura de la fruta, de los vegetales, de las fibras y del cielo cuando llueve. Saborear la amargura del café, la dulzura de la miel, lo indefinible del tabaco y de lo desconocido. Saborear el mar, el sol, la tierra. Saborear como mirar una composición de colores diferentes sobre la mesa.

Tocar las texturas, las temperaturas, el vacío, lo intangible y la resistencia del aire. Tocar el silencio y los sonidos alterándolos y manejando el ritmo. Tocar como escuchar, como mirar, como hablar, como expresión de la vida.

Dejarse llevar por el concierto que nos envuelve cada día, sin dejar que se nos escape, que nos pase por el lado sin darnos cuenta que está entre, dentro y fuera de nosotros.