No sé si a usted le pasa, pero hay días en que uno se levanta con la sospecha terca de que todo lo aprendido (en el colegio, con los padres, de los libros que no escogió), fue un error bien maquillado. Mucho no ha sido con malicia; mas bien es el traspaso de una cultura heredada mucho antes que nosotros llegáramos a habitar. Pero cuando piensas en ello, se te queda un sabor extraño, como el de una interrogante que no se borra con el café, o como el de un perfume raro, que huele y sabe a duda.
Y es que uno empieza a sospechar, tarde o temprano, que el sentido - ese gran tirano de la filosofía - no viene incluido con la vida. Hay quienes lo buscan en la iglesia, o en una causa, o en un forma de vida que busca la tibieza del otro, aunque solo sea por un momento.
Siempre quise ser una buena persona, aunque esa palabra - buena - sea tan elástica, tan sospechosa como una promesa que uno se hace a sí mismo frente al abismo, o frente al espejo. Quise hacer las cosas bien, tener una vida mas o menos decente, de esas que se pueden contar sin bajar la voz ni desviar la mirada. Siempre confié en lo que me enseñaron de la vida, de Dios, de la humanidad, de la ciencia y de la sociedad, como en una brújula de vida, como en aquello que le daba sentido a la existencia. Pero entonces, un día, las cosas no parecen ser tan blancas o negras. Incluso parecen menos seguras, con menos cuerpo y mucho más volátiles. Y luego, otras experiencias te enseñan que tampoco importa mucho aquello que recuerdas como una verdad con sentido, porque la vida no parece ser mucho más que la versión de un recuerdo mal rebobinado, adaptado a aquel que relata aquella supuesta verdad en forma de recuerdo, que trae un detalle nuevo, una nueva omisión, un temblor distinto de la voz que lo relata.
Entonces nos asalta la idea - como un gato que se cuela en medio de la noche - que parece que, tal vez vivir, no es otra cosa que hacer las pases con uno mismo, con los aciertos, con los errores, con los olvidos, con la incerteza de los recuerdos. Incluso con la sospecha de que no hay verdades en la historia misma, en el relato del mundo. Y me pregunto si la vida puede ser otra cosa, más plena, más justa, más luminosa, solo porque necesitamos ese espejismo para seguir adelante, para levantarnos cada día sin que la sospecha del sentido nos devore.
Uno quiere una vida plena, claro, pero no cualquier plenitud. No quiere mentiras disfrazadas de verdades que brillan o con una falsa felicidad garantizada. No. Uno quiere una plenitud que no se caiga a pedazos cuando descubras que todo es solo una narración del mundo, de la historia, de la vida, la sociedad y la familia que no tiene mas sustento que el de creer ciegamente en ello.
Entonces, uno se puede volver escéptico, pero no cínico. Puede aprender a amar la duda como se ama una planta que crece lento pero fuerte. Nos volvemos humanistas sin corbata, cuidadores del otro sin la vara del pastor, sino que simplemente porque el otro importa tanto como nosotros, y también está en el camino de buscar respuestas e intentar no hundirse en el camino.
A veces sueño con una vida tranquila, sencilla, no de esas en que uno se va al campo a vivir con el perro y los libros de poemas - aunque muy tentador - , sino para que la vida vuelva a tener proporción de sentido, de habitar con los otros, de conectar con lo que nos toca vivir en este universo.
Así, vamos buscándole sentido a este asunto raro de estar vivos. A esta mala jugada de la que a veces nos ha tocado ser parte, donde no entendemos nada. Donde la justicia muchas veces no existe, y a pocos parece importarles. Y vivimos, con esa sospecha de que tal vez no haya respuesta definitiva, ni propósito, ni sentido, solo preguntas, verdades a medias y que siguen cambiando, para que finalmente el verdadero sentido de la vida sea aquel que cada uno de nosotros le otorgue a su propia vida.
Quizá, si algo me pesa, es haber creído que existe una especie de justicia cósmica. En mi ingenuidad, pensé que la vida se encargaba, que hay una lógica secreta y silenciosa, intangible, que hace que lo correcto finalmente suceda. Pero la vida, lo entiendo ahora, no toma partidos. No premia al que espera, ni castiga al que huye, o al injusto. Simplemente avanza, indiferente, como una corriente que no pregunta si sabemos nadar. Y lo que queda, una vez que ciertos momentos han pasado, es una suerte de inventario emocional: lo que se dijo, lo que no se dijo, los abrazos que se dieron, los gestos que faltaron, las palabras que no se dijeron, la calidez que ahora se ha ido, donde ya no hay destinatarios para ello. Supongo que de eso se trata en el fondo: de aprender a vivir con lo que fue, y con lo que supimos que era importante hasta que dejo de estar, o de serlo.
Es inevitable que algunas preguntas regresen una y otra vez, como un perro sin amo. Y aún así, seguimos andando, porque no hay otra forma de estar vivos.