martes, 6 de diciembre de 2016

95. Recordando a mis Abuelos

Me gusta recordar a mis abuelos y abuelas. Un viejo refran dice: "una persona muere dos veces: la primera cuando muere su cuerpo físico, la segunda, cuando muere la última persona que la recordaba".  Así que este pequeño recorte de vida va dedicado a ellos.

No conocí en persona a mi abuelo paterno Oscar porque murió cuando mi padre era un niño. Pero lo he conocido a través de las historias que me han llegado de él. A mi abuelo Jorge si lo conocí, pero también murió antes que yo llegara a conversar alguna vez con él pues solo era un niño, así que también son las historia sobre él las que mejor conozco. Por otro lado a mis abuelas las conocí bien, conversamos mucho, aprendí mucho de ellas y sigo aprendiendo de mi única abuela con vida, Marta de 82 años. Un día como hoy, 6 de diciembre, mi abuela Juana siguió el camino de toda la tierra, ese que seguiremos más temprano o más tarde todos. Hace unos días casi lo sigo yo: yendo al trabajo en mi bicicleta, un automovilista distraido le pasó por encima a mi bicicleta. Por fortuna, a mi no, porque no sé con qué reflejo y agilidad salté de ella para quedar en la acera solo con raspones y algun dolor más o menos importante.

"Eres igual a tu abuelo Oscar" suele decirme mi abuela Marta mientras me mira con sus ojos azules y una sonrisa que evidencia algún recuerdo agradable, de esos que llenan el alma. Mi abuelo era marino, un hombre de contextura media pero fuerte, pelo castaño, ojos cafe, tatuajes en ambos brazos, amante de la lectura (sobre todo de leer el diario cada día), usar traje y corbata que solia colgar meticulosamente cada noche, y amante de salir a caminar una vuelta junto a sus hijos a la plaza o por ahi cerca, y ver las puestas de sol en la playa. Era un hombre de fácil sonrisa, cariñoso con los suyos, amante de los tangos y el fútbol. Sin duda tengo mucho de mi abuelo a quien no conocí. Murió joven, antes de los 35 por una enfermedad no bien conocida al pulmón. Entonces vivian en Penco, ciudad portuaria al norte de Concepción en los años '50s.  La familia lo "desconoció" y le hizo la vida imposible por casarse con mi abuela. Poco alcanzaron a estar juntos, aunque tuvieron dos hijos.

Jorge era mecánico de la "Ford", rubio y blanco aunque bajo de estatura lo recuerdo llegando a casa con un chocolate marca "Calaf" que tenía unos autos antiguos de los años '30s en el envase, y un característico olor a vino porque le gustaba pasar a la cantina de la esquina a beber una cañita o varias con sus amigos. Simpático y risueño, pasaba más tiempo fuera de casa trabajando y socializando que con la familia. Con el tiempo los hijos parecían desconocerlo, avergonzados porque era buen bebedor. Lástima, murió solo por los años '80s. Ahora que lo pienso, es poco lo que he logrado saber de su vida.

Juanita y su amor por cultivar la tierra es lo que más recuerdo de ella. De allí heredé mi amor a tener mi huerto, la paciencia y el cuidado que requiere. Juntos tomabamos mate con hierbas y azucar rubia en las tardes. Solia escuchar las rancheras mexicanas y cocinar empanadas, humitas, carbonada. Todo eso está grabado en mi memoria de tal forma que mientras escribo estas líneas me emociono porque hasta puedo volver a sentir los aromas que rodeaban la cocina. Ella me sonreía siempre, se acomodaba el cabello, se secaba el sudor sobre el labio superior (muy característico de ella). Al atardecer leía la biblia, veía la telenovela. En sus últimos años comenzó a olvidar todo, menos su amabilidad y sonrisa que iluminaba la vida. Sus hermosos rasgos mapuches siempre me cautivaron, aunque poco heredé de ellos. Murió hace exactamente un año, en 2015.

Marta me crió como su propio hijo. Cada tarde después del colegio pasaba a su casa a almorzar. Adora la cocina, siempre con las ollas en el fuego tarareando alguna canción mientras corta, pica, muele y sazona por aquí y por allá, donde el salpicón y la cazuela son mis platos favoritos cuando los hace ella (o cualquier otra comida que lleve papas), aunque las pastas también son su especialidad. Amante del orden y la puntualidad, en casa se almuerza a la una, se toma once (hora del te) a las 17 en punto. "Primero las tareas, después el resto" solía decirme. Nunca le gustó mi cabello despeinado, o mi falta de compromiso con la camisa: "en eso es lo único en que no te pareces a tu abuelo" aún me dice siempre meneando la cabeza y sonriendo. De ella heredé mi innegable obsesión con el orden y la limpieza, además de la puntualidad para almorzar (sé exactamente cuando son las 13 horas porque mi estómago me avisa). Mi mayor recuerdo es que no creo que haya pasado un solo día en que habláramos que ella no haya dicho que me ama. Seguramente porque le recuerdo mucho a mi abuelo. Por las tardes o ve alguna telenovela o escucha a los españoles Serrat, Perales, Iglesia, Rafael o los tangos argentinos mientras mira por la ventana el movimiento del barrio, aunque hoy una dura enfermedad la tiene más en cama que en pie. Cada noche y cada mañana reza de manera sagrada por su familia, aunque nunca la he visto ir a la iglesia o leer la biblia. Sus hermosos rasgos Europeos no han decaído con los años.