Cuando abrí la puerta de mi casa hace unos días, afuera todo estaba vestido de blanco. Hacía treinta años que no nevaba en Ñuñoa. Yo solo llevo viviendo menos de una década en esa casa, aunque había visto nevar en 2008 en la precordillera de Santiago: Peñalolen, Las Condes y Vitacura. Pero esta vez cayó nieve en todo Santiago, dándole una belleza que pocas veces habia visto en esta gran ciudad. Pero la belleza también trajo el caos: el peso de la nieve provocó caida de árboles, cortes de luz, de internet, cable, y con ello un colapso de muchas calles. Era hermoso ver a la gente salir con sus bufandas, gorros y guantes a hacer lo que tal vez sería su primer y único muñeco de nieve.
Era el 15 de agosto de 1988 cuando tuve mi primer viaje a la nieve. Salimos desde Concepción rumbo a Chillán, hacia la cordillera a las 4.00 am. En aquel entonces yo tenía 11 años, y recuerdo haber estado profundamente emocionado por el viaje y la posibilidad de hacer un muñeco de nieve, jugar a lanzarse bolas de nieve y de lanzarme en una bajada a gran velocidad. Fuimos con papá y un grupo de amigos en un bus especialmente contratado para ese viaje. La naturaleza en Chillán es hermosa: árboles milenarios se imponen en el paisaje blanco del invierno, donde de fondo el Volcán Chillán domina todo el paisaje. Cuando por fin caminé sobre la nieve aprendí que era hermosa pero peligrosa: al caminar sobre ella te vas enterrando y cansando, y pronto el frío y la humedad lo traspasaba todo. Además lanzarse bolas de nieve era en realidad lanzarse algo muy parecido a una piedra, pues la nieve compacta es bastante dura. Pero aquel día fue hermoso, y fue el comienzo de muchos otros 15 de agosto que repetirían esa experiencia. Recuerdo también que fue uno de los pocos días en que termine profundamente agotado cuando regresabamos a casa.
Invierno (junio) de 2007: vacaciones en familia en Chillán. Arrendamos una cabaña con unos amigos y subimos a las termas de Chillán. Mi hija T de entonces cinco años estaba emocionada y le encantaba jugar con la nieve, o verla caer apacible desde la cabaña.
Punta Arenas es una ciudad acostumbrada a la nieve. Julio de 2011 era un invierno frio y las calles eran dificiles de transitar por la nieve y el hielo acumulado. El trayecto hasta Puerto Natales fue lento y con poca visibilidad: tardamos tres horas más de lo que se tarda normalmente. Todo el paisaje era blanco y al llegar a la ciudad, todo parecia sacado de una película navideña. Árboles, casas, calles, y todo parecia irreal. Recorrimos los caminos nevados hasta las Torres del Paine y alrededores. Los ríos estaban congelados y un día incluso hicieron 12 grados bajo cero. Al regreso pasamos también por la Cueva del Milodón. Es innegable la belleza que la nieve le otorga al paisaje. Pero no se debe olvidar que el hielo y la nieve son hermosos pero peligrosos. En efecto nos salimos un par de veces del camino producto de las condiciones del lugar y alguna mala maniobra de quien conducía en ese momento. Lo que más recuerdo es cierto día que Manuel conducia ya de regreso a Punta Arenas, cuando en una curva perdió el control de la camioneta y nos dimos dos trompos cruzando el camino de lado a lado. El corazón palpitaba con fuerza, pero por fortuna no ocurrió nada: solo una historia para contar. Cuando volvimos en Octubre, todo era distintamente bello, pues la nieve habia sido derretida por la llegada de la primavera y un nuevo paisaje se nos presentaba en el mismo lugar.
El Sector de Malacahuello y Lonquimay tiene una belleza y un paisaje muy similar al de Chillán. Lo he visitado en 2004, en 2016 y 2017 (hace dos meses y ya había nieve). La majestuosidad de ver el Volcán nevado impacta. El camino para llegar a Lonquimay tiene tantas curvas y parece prolongarse hasta el infinito, lo que lo hace hermoso pero muy dificil de transitar. Con nieve es tres o cuatro veces más dificil. La temperatura baja tanto, que todo se vuelve escarcha y solo llegar por la noche a la cabaña con el fuego encendido es sublime. La próxima semana debo volver a subir hasta allá... el paisaje espera por ser admirado, mientras me siento un privilegiado de ser parte de estos hermosos momentos que han ido acompañando mi vida.