martes, 10 de mayo de 2016

83. Tardes y Noches de Guitarra

Pasaba las tarde guitarra en mano, sentado en el patio o fuera de casa ensayando acordes y canciones para tocar con los amigos. Eran los noventa y el grunge, el punk y el rock era lo que tocabamos en las salas de clases, en los recreos y en las plazas. Con ellos los rift eran acompañados de solos y gargantas carrasperas que entonaban las letras en un inglés algo dudoso. Pero habian otras instancias donde la misma guitarra entonaba melodías totalmente distintas, con acordes complejos que exigian a los dedos una pericia mayor. Y entonces llegaban las canciones en español junto a mi viejo, entonando a Silvio, a Zitarrosa, a la negra Sosa y a muchos otros.   

El departamento era de un solo ambiente. La pequeña habitación estaba repleta de músicos autónomos y autodidactas con fuerte influencia en música latinoamericana. De vez en vez terminaba una canción para dar paso a un poema que salia de la memoria hasta alzar las copas y brindar por la siguiente canción que ya comenzaba a sonar. Y entonces pasabamos de las alturas de Machupichu a Pedro Nadie, siguiendo con Soy Pan Soy Más, Simplemente, Llueve sobre Valdivia... y así sin darnos cuenta se nos iban las horas hasta que nos encontró el alba entonando sentimientos, porque a esa hora ya no eran canciones, era el alma misma la que nos salia por todas partes.

Poco a poco nos fuimos sentando haciendo un semicirculo. La tarde era de un cielo azul donde los volantines se encumbraban en lo alto, haciendo de aquella una escena típica de Septiembre. El flaco se había instalado tras el teclado y comenzaba a ensayar una cueca. Casí por inercia tomé el pandero y lo fui acompañando. Entonces aparecieron las guitarras y con ellas las voces: "Adiós Santiago querido, adiós parque Forestal, si ay ya yai...". Las parejas alzaban los pañuelos y danzaban con suavidad haciendo semicirculos y vueltas al ritmo de la música que lo llenaba todo. 

Ya había pasado de la medianoche. El carbón asaba a fuego lento la carne en la parrilla y la noche de Octubre era de un suave viento tibio. Nos habíamos instalado debajo de la parra con los instrumentos, las copas y el picadillo. Habiamos estado cantando rock argentino y chileno muy animados. Entonces apareció el charango. Fué instantáneo que comenzara a sonar la Violeta, Victor, Los Jaivas y otros. De pronto, la noche se había vuelto mágica.

No me habia dado cuenta, pero desde hace mucho no pasaba una noche con amigos conversando y tocando guitarra. Fue un reencuentro con esos momentos que me agradan y que han ido quedando de lado por diversas razones de la vida. Ya llegó mayo y la lluvia nos ha acompañado este fin de semana. Me gusta cuando la vida es tan simple y tan bella.