La primavera regala vida: flores, aves e insectos aparecen por todas partes abarcándolo todo, llenando los sentidos de colores, formas, movimientos y sonidos. Mariposas, abejas y picaflores revolotean libres bajo un cielo tan celeste que contrasta con el cielo de octubre cuando se vuelve de un azul oscuro. El viento mueve los pastizales recién formados, llevándose las semillas flotando en espirales ascendentes. Por alguna extraña razón los atardeceres parecen prolongarse más que en ninguna otra época del año, y las escasas nubes que forman cúmulos homogéneos de pinceladas largas se tornan de un anaranjado intenso antes de volverse grises y ser consumidas por la oscuridad nocturna de lunas que asoman intermitentes entre su andar lento y uniforme por lo que parece ser una autopista a gran altura.
21 de Septiembre de 2001. Poco después del medio día su llanto resonaba por los pasillos y nuestras miradas se encontraban por primera vez. Aquella primavera entregaba un hermoso regalo a la vida de un ser humano. Su cuerpo tan pequeño cabía en el espacio que va desde la palma de mi mano hasta un tercio del antebrazo. Parece mentira que poco más de una década después ya casi tenga mi propia altura, aunque nuestros ojos no se encuentren desde hace tiempo.
Los vientos del noveno mes del año llenan de polvo y polen el aíre. Jazmines y Alelíes lo invaden todo con sus aromas intensos. Allá arriba los volantines vuelan atados a la tierra por un hilo que hace una panza hasta las manos de su dueño. Quietos en el firmamento celeste, parecen haberse quedado dormidos, detenido en el tiempo hasta que zigzaguean haciendo piruetas que dibujan líneas imaginarias en el cielo. De pronto el hilo se corta y el cuadrado de papel y varillas finas comienza una danza de libertad que numerosos niños siguen por varias cuadras, con la esperanza de ser el nuevo dueño de aquel surcador del cielo. Abajo los trompos danzan trazando en la arena su paso tembloroso sin detenerse. Sus movimientos continúan y siguen en espirales impredecibles hasta que ya no pueden volver a quedarse quietos y sus giros se tornan eternos.
Palmas de las manos, rodillas y zapatillas grises e incrustadas en la arena y el polvo. Todos agachados esperando que el próximo tiro del pulgar no falle en dar con la canica en el agujero. El camino es difícil, lleno de piedrecillas que se convierten en obstáculos potenciales que podrían desviar el recorrido correcto. F se concentra al máximo, achina los ojos, asoma la lengua por un costado de la boca y arruga la nariz mientras todos contenemos la respiración. El pulgar se estira como un resorte, la canica acelera a saltitos por la arena y piedras minúsculas que para el caso parecen rocas inmensas. La expectación alcanza el máximo cuando la canica bordea el agujero en la tierra y se detiene a solo medio centímetro de él. El clamor es generalizado, F se toma la cabeza con las manos, P mueve la mano en abanico haciendo sonar los dedos en un clap que viene siendo el cierre de ese momento de frustración ante la derrota de medio centímetro, mientras todas las canicas multicolores son recogidas con una mano de uñas negras que sonrisa al viento pregunta a F si quiere la revancha.