martes, 2 de junio de 2026

190. Sentarse a disfrutar

Hay una edad extraña en la que uno deja de mirar el horizonte.

No porque haya perdido la esperanza.

Todo lo contrario.

Simplemente descubre que la vida estaba ocurriendo aquí.

Mientras esperaba.

Durante mucho tiempo viví como quien aguarda la llegada de un tren.

No un tren concreto, claro. Un tren metafórico, que es la peor clase de trenes porque nunca aparecen en los horarios.

Esperaba el momento en que me sintiera adulto.

Esperaba el momento en que entendiera las cosas.

Esperaba la casa adecuada, el trabajo adecuado, los amigos adecuados, la ciudad adecuada.

Más adelante, me decía.

Todavía no.

Y así fueron pasando los años.

Lo curioso es que, cuando uno mira hacia atrás, descubre que los días que parecían provisionales eran la vida.

Aquella tarde insignificante de 1998.

La caminata olvidada de un martes cualquiera.

La canción que sonaba mientras uno lavaba platos.

La conversación que parecía no conducir a ninguna parte.

Todo eso.

No eran borradores.

Eran capítulos.

Hace poco encontré una fotografía antigua.

No ocurría nada especial en ella.

Nadie estaba conquistando una montaña.

Nadie recibía un premio.

Nadie pronunciaba una frase memorable.

Simplemente aparecíamos unos cuantos amigos sentados en una mesa de plástico bajo una sombra de verano.

Y sin embargo sentí una punzada inesperada.

No porque extrañara aquella época.

Sino porque comprendí algo.

Mientras esa fotografía se tomaba, yo probablemente pensaba que mi verdadera vida estaba por delante.

Y ahora, desde aquí, daría cualquier cosa por regresar durante cinco minutos a aquella tarde ordinaria para decirle a ese hombre:

"Mira bien."

"No estés tan ocupado esperando."

"Esto también es."

Porque ése es el truco que nadie explica.

La vida rara vez tiene música de fondo.

No anuncia sus mejores momentos.

No coloca banderas sobre los días importantes.

Los esconde.

Los disfraza de rutina.

Los envuelve en conversaciones aparentemente intrascendentes, en desayunos repetidos, en personas que creemos que veremos siempre.

Y sólo muchos años después comprendemos que aquello era el tesoro.

Por eso últimamente he dejado de perseguir ciertas grandezas.

No porque las desprecie.

Simplemente porque encontré algo más interesante.

Prestar atención.

A la luz que entra por la ventana.

Al libro que estoy leyendo.

A la voz de un amigo.

Al silencio de la casa cuando todos duermen.

A la suerte improbable de estar aquí una mañana más.

Hay una serenidad particular en aceptar que no estamos ensayando para ninguna función.

Que no hay una vida verdadera esperando detrás de esta vida.

Que éste es el escenario.

Que ésta es la obra.

Que la función comenzó hace mucho tiempo.

Y que, para nuestra sorpresa, llevamos décadas participando en ella.

A veces creo que la madurez consiste únicamente en eso.

En dejar de preguntar cuándo empieza todo.

Y sentarse, por fin, a disfrutar de la película que ya lleva media hora proyectándose.

domingo, 3 de mayo de 2026

189. El amigo que nos contaba las películas

Había una hora en la tarde —una hora que no estaba en los relojes— en que el mundo se volvía más liviano y bastaba con sentarse en la vereda para que empezara la función. No teníamos tele en colores ni videocasetera propia, pero teníamos algo mejor: te teníamos a ti, llegando con los bolsillos llenos de escenas, con los ojos todavía vibrando de lo que habías visto y que ahora, misteriosamente, nos pertenecía a todos.

No contabas las películas, las desatabas. Las abrías como si fueran un animal vivo y las dejabas correr por la calle de tierra, entre las bicicletas tiradas y los perros que ladraban sin entender del todo. De pronto eras uno y otro, cambiabas de voz, de cuerpo, de rabia; te convertías en persecución, en disparo, en caída desde un edificio que no existía más que en tu forma de tirarte al suelo. Y yo, que no había visto nada, lo veía todo: la cámara era tu cara, el montaje tus manos, los efectos especiales ese golpe seco contra el pavimento.

Nos decíamos Stallone y Schwarzenegger con una seriedad que ahora daría risa, si no fuera porque entonces era verdad. Éramos flacos como fósforos, pura cabeza y ganas, pero en ese teatro sin butacas ni pantalla éramos invencibles. Bastaba con que gritaras “¡ahora!” para que el aire se volviera peligroso y la esquina, de golpe, una ciudad sitiada.

Había algo secreto en todo eso, algo que no supimos nombrar: yo no veía películas, te veía a ti viéndolas. Y en ese desvío —en ese rodeo mínimo— ocurría lo importante. No era la historia, ni los héroes, ni siquiera las explosiones que imitabas con la boca; era la forma en que el mundo pasaba por alguien antes de llegar a otro. Como si mirar no fuera un acto solitario, sino una cadena, una complicidad.

A veces pienso que crecimos el día en que ya no hizo falta que volvieras a contarlas. Cuando cada uno empezó a verlas por su cuenta, en pantallas más nítidas, con sonidos más reales, con colores que no necesitaban ser inventados. Y sin embargo —qué raro— algo se volvió más opaco. Porque ahora las películas entran directas, sin ese filtro tuyo que las volvía respirables, exageradas, nuestras.

No sé en qué momento dejamos de reunirnos a esa hora que no figuraba en los relojes. Quizás la taparon otras horas más urgentes, más adultas, con nombres serios. Pero a veces, cuando una escena se estira un poco más de la cuenta o un personaje se queda quieto mirando algo que no vemos, siento que te adelantas, que carraspeas apenas, que estás a punto de empezar de nuevo: “No, espera, esto es mejor así…”.

Y entonces —por un segundo apenas— la pantalla pierde autoridad, se corre, y vuelvo a mirar como antes: no con mis ojos, sino con los tuyos, que siempre llegaban primero.

viernes, 17 de abril de 2026

188. Nostalgia

Hay días en que uno despierta con la sospecha de haber llegado tarde a su propia vida. No es exactamente tristeza —sería más fácil si lo fuera—, sino una especie de nostalgia sin objeto, un recuerdo que no encuentra su fotografía en ningún álbum. A eso, dicen algunos, lo llaman anemoia, pero el nombre apenas roza la superficie de lo que se escapa.

Me pasa, por ejemplo, cuando escucho una música que parece venir de un tiempo que nunca fue mío, y sin embargo insiste en alojarse como si hubiera aprendido a latirme desde antes. O cuando una calle cualquiera, en una ciudad que conozco demasiado bien, decide de pronto comportarse como un decorado ajeno, como si perteneciera a otra historia que olvidé protagonizar.

Hay algo profundamente absurdo en extrañar lo no vivido. Es como si la memoria, cansada de obedecer al pasado, hubiera empezado a inventarse sus propios recuerdos. Y uno, que siempre creyó en la fidelidad de ciertas emociones, termina aceptando esa trampa con una docilidad casi tierna.

Quizá la anemoia no sea más que una grieta en el tiempo —una de esas pequeñas fisuras por donde se cuela lo que pudo haber sido y no fue—. O tal vez sea al revés: una prueba de que no estamos hechos solamente de lo vivido, sino también de aquello que rozamos apenas, de lo que imaginamos con suficiente intensidad como para volverlo casi cierto.

A veces pienso que esa nostalgia sin pasado es, en el fondo, una forma de deseo. No de regresar, porque no hay adónde, sino de pertenecer. Como si en algún pliegue secreto del mundo existiera una versión de nosotros que sí llegó a tiempo, que sí habitó esas escenas que ahora solo podemos intuir.

Entonces uno sigue, como siempre, caminando por esta vida que es la única verificable, pero con la leve sospecha de estar recordando otra. Y en ese equívoco —que no se corrige ni se explica— hay, curiosamente, una forma de consuelo.


jueves, 16 de abril de 2026

187. 4 años de AV

Han pasado solo cuatro años y uno comienza a ver esas diferencias que no nos pertenecen, una biografía completa, con sus pequeñas derrotas, sus alegrías mínimas, sus obsesiones privadas. Hay gestos que se identifican con la memoria heredada: este es de la abuela, este de la madre, acá del padre, ese es muy propio de ella. Y allí, en esos que solo son de ella comienzo a ver que ya está siendo protagonista absoluta de su propio presente, mientras uno apenas ocupa un rol importante en su campo de visión.

Hay algo hermoso en esa expansión súbita de lo real, como si el mundo se multiplicara en todas direcciones sin pedir permiso. Cada vida algo distinto. 

Quizá vivir consista precisamente en eso: en aceptar que hay infinitas vidas sucediendo al mismo tiempo que la nuestra, y que podemos acercarnos y ser parte, o testigos, pero no podemos habitarlas todas sin desaparecer en el intento.

Así hemos armado rompecabezas, jugando a la memoria y adivina quién, preparado una leche para empezar y terminar el día, correr evitando la pinta, escondernos y armar castillos de imanes, jugar al restaurante o a ser médico o paciente, y tantos otros....

Mi alegría es ver cada nuevo logro, risa, conversación, juego, y vida en estos cuatro años, empezando hoy otro nuevo ciclo... Feliz cumpleaños.


martes, 7 de abril de 2026

186. carta a la perspectiva

A veces pienso que la vida no avanza en línea recta, sino en pequeños pliegues que uno apenas percibe, como esas arrugas en la sábana que sólo se revelan cuando la luz entra de costado. Hay decisiones que parecen enormes —casi teatrales—, pero que con el tiempo se deshilachan en lo cotidiano, mientras que otras, mínimas, casi invisibles, terminan sosteniendo el andamiaje secreto de lo que somos.

Hoy, por ejemplo, me detuve en algo tan sencillo como el modo en que el agua cae dentro de un vaso. No fue el agua, claro, sino la forma en que decidí mirarla. Porque uno no ve las cosas: uno elige desde dónde verlas, y en esa elección ya hay un destino insinuándose. Cambiar de perspectiva es, en cierto modo, cambiar de historia sin moverse del sitio.

Me pregunto si no vivimos rodeados de versiones posibles de nosotros mismos, esperando apenas un leve giro de la mirada. Como si cada experiencia fuera un objeto con más de una cara, y nosotros, obstinados, nos empeñáramos en contemplar siempre la misma. Tal vez por eso algunas decisiones nos pesan: no por lo que son, sino por lo que dejamos de ver en ellas.

Hay una trampa delicada en lo simple. Creemos que lo simple es menor, prescindible, cuando en realidad es lo único que no se repite. Ese gesto de cerrar una puerta, esa pausa antes de responder, esa caminata sin propósito aparente… todo eso compone una suerte de idioma secreto que rara vez nos detenemos a traducir.

Pienso que vivir podría ser, apenas, aprender a inclinar un poco la cabeza. No mucho —lo suficiente para que el mundo deje de parecer fijo. Lo suficiente para descubrir que, en cada decisión, incluso en las más triviales, hay un eco de algo más vasto, algo que no termina de decirse pero que insiste.

Quizás la perspectiva no cambie las cosas, pero sí cambia el lugar desde donde las sostenemos. Y a veces, eso basta.

O a veces no, pero al menos es un comienzo.


domingo, 8 de febrero de 2026

185. carta a los lugares y recuerdos

Te escribo como quien abre una caja chica y desordenada: no para explicar, sino para dejar que salgan las cosas tal como quedaron. Son recuerdos breves, simples, unidos más por la sensación que por la historia. Lugares que no vuelven enteros, pero insisten en un olor, una luz, un sonido. No hay mapas ni conclusiones; sólo lo que se queda cuando uno ya se fue. Aquí van, uno detrás de otro, como si el viaje aún siguiera.

memorias breves, simples.

De La Serena me queda la luz pareja de la mañana y el rumor constante del mar, siempre al fondo.
De Coquimbo, el puerto al atardecer y el olor a pescado mezclado con sal.
De Valparaíso, las escaleras infinitas y la ropa colgando que se mueve con el viento.
De Viña, las veredas prolijas y el sonido del mar chocando contra las rocas del borde costero.

De Ñuñoa, las tardes tibias, los árboles viejos y el ruido suave de una hamaca o columpio en la plaza.
De Concepción, el cielo bajo, la lluvia fina y las conversaciones largas bajo techo.
De San Pedro, el silencio ancho, el polvo en los zapatos y un sol que no afloja.
De Valdivia, el olor a río, la humedad constante y los leones marinos durmiendo.
De Puerto Varas, el lago quieto, los volcanes mirando y la lluvia fina e interminable.
De las Torres del Paine, el viento indomable, la nieve que cubría todo y la luz del atardecer.

De Mendoza, el calor seco, la sombra de los plátanos y el vino lento al final del día.
De Buenos Aires, las veredas rotas, el café eterno y una mezcla de nostalgia y apuro.
De Berazategui, las calles tranquilas, el verde cercano y el paso del tren por las tardes.
De Mar del Plata, el viento fuerte, las gaviotas y el mar siempre un poco gris.
De San Rafael, las acequias, el calor espeso y las noches claras.
De Colón, el río marrón, las tardes lentas y el verano pegajoso con luciérnagas.
De Malargüe el aire seco, la ruta interminable.

De Colonia, las calles empedradas, el silencio temprano y la luz suave sobre el río.
De Montevideo, la rambla infinita, el mate constante y una melancolía tranquila.
De Punta del Este, la lluvia repentina, el cielo enorme y la sensación de estar lejos de todo.

De Viena, el orden, los cafés silenciosos y el sonido de los pasos sobre piedra.
De Praga, el frío en la cara, los puentes antiguos y una belleza un poco oscura.

Y todavía hay tantos otros lugares que quedan fuera, con sus propios recuerdos, sensaciones y belleza. Pero quería rescatar al menos estos, como un recorte de vida minúsculo.

Un abrazo.






lunes, 2 de febrero de 2026

184. Carta a los 18 años de T

Amado hijo,

Eso es lo primero, recordarte lo mucho que te amo. No lo dudes.

Hoy cumples 18 y el calendario hace una pequeña pirueta: te coloca en el borde de algo nuevo mientras a mí me recuerda que este año llegaré a los 50. No como una cuenta que pesa, sino como esas marcas en la pared que dicen “hasta aquí hemos vivido”, y lo dicen con una sonrisa cansada pero sincera.

Yo también tuve 18 una vez, en 1994. El mundo no era tan distinto como podría parecerte ahora: había miedos, promesas, ganas de cambiarlo todo y la sospecha —siempre esa sospecha— de que el tiempo iba a correr más rápido de lo que uno imagina. La tecnología era otra, claro: menos pantallas, más espera; menos ruido inmediato, más silencios largos. Pero el corazón humano, ese artefacto antiguo, funcionaba igual. Se aceleraba por las mismas cosas y se rompía, más o menos, por las mismas.

Hoy te toca a ti pararte en ese umbral. Y la vida, fiel a su estilo un poco caótico, sigue llevándonos por senderos donde se mezclan la incertidumbre y la alegría, las penas y los desafíos. No hay mapa definitivo: solo señales que aparecen cuando ya estamos pasando. Uno aprende caminando, y a veces aprende tarde, pero aprende.

No importa si hoy estás lleno de planes o si la duda te acompaña como una sombra educada. Ambas cosas son buenas compañeras. Lo importante —y esto te lo digo sin manual, porque no existe— es no perder de vista lo simple, eso que de verdad llena el alma: mirar el cielo sin apuro, jugar aunque nadie lo pida, reír hasta que duela la panza, abrazar como si el mundo pudiera detenerse ahí unos segundos. En esas cosas pequeñas suele esconderse lo esencial.

No tengo grandes certezas para regalarte en este cumpleaños. Solo esta confianza tranquila: vas a equivocarte, vas a acertar, vas a sorprenderte a ti mismo. Y mientras tanto, aquí estaré, caminando en otra vereda del mismo tiempo, aprendiendo también.

Feliz vida, hijo. Que tus 18 sean menos una meta y más una puerta abierta.

Con amor.


domingo, 28 de diciembre de 2025

183. Carta de un pequeño recorrido

Carta a 49 años de mirar el mundo.

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Nací en Concepción, en 1976, aunque decirlo así es una forma demasiado lineal de empezar. Igualmente sirve de contexto. 

Mis primeros recuerdos no tienen fechas ni rostros definidos; son más bien lugares que se desplazan, como si la memoria tuviera ruedas invisibles. La casa de calle Tucapel, después las dos de Ejército. Cambiar de casa era cambiar de mundo, aunque el mundo siguiera siendo el mismo barrio, las mismas calles de tierra, los mismos árboles donde los gorriones se posaban como si nada fuera urgente.

Recuerdo el cielo exageradamente azul, las nubes blancas, el bracero encendido en la tarde y el olor a naranja quemada entre las cenizas. El gato cerca, buscando calor; el perro en el patio, dentro de su pequeña casa, para no mojarse. Quizá ahí aparecieron mis primeras intuiciones sobre lo distinta que podía ser la vida para unos y otros, aunque entonces no tuviera palabras para decirlo.

El vecindario era una extensión natural de la familia. Salir a comprar el pan y la leche en bolsa era también salir a conversar. Se jugaba en la calle, se golpeaban puertas sin timbre:
—¿Se puede?
—Pase no más.

Las casas de los amigos eran una prolongación de la propia casa, o tal vez al revés. Allí se aprendía a estar con otros sin demasiadas explicaciones, sin manuales, sin horarios. Fueron años de comunidad. La familia se reunía durante la semana y los domingos. Los vecinos se saludaban, conversaban, tomábamos once juntos algunas tardes. Íbamos al estadio o a las canchas del barrio. La infancia transcurría entre fútbol, volantines, bolitas y trompos; entre patios embarrados, lluvia persistente, novelas de la tarde, Sábado Gigante y, casi en silencio, la separación de mis padres. Algo que no entendía, pero que aceptaba como parte de la manera en que el mundo parecía funcionar.

La escuela fue, como para muchos de mi generación, una prolongación del orden militar. Trece años de filas por estatura, uniformes impecables, corte de cabello vigilado.
—Buenos días, jóvenes.
—Buenos días, profesor.
—Pueden tomar asiento.
—Gracias, profesor.

Nos sentábamos derechos, las manos sobre la mesa, esperando la próxima instrucción. El mundo parecía organizarse así: alguien daba órdenes y otros aprendíamos a obedecerlas. Nos enseñaban de Dios, de la patria, y de que habíamos nacido en un país privilegiado en comparación con los vecinos. También nos dijeron que el mar era inagotable, que el agua sobraba, que se podía usar, gastar y botar sin consecuencias. Uno crece creyendo esas cosas y tarda décadas en desaprenderlas.

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Mis recuerdos son pequeños y persistentes. Poca televisión: Tom y Jerry, algunos dibujos animados en horarios escasos. Mucha radio. Música de la época. Tareas, juegos con amigos, y las comidas en casa de mi abuela Marta, donde todo tenía un sabor más lento. A veces íbamos al campo de Challito, en Ñipas, con la tía Martita; otras, al de Los Ángeles, con la abuela Juana. Conversaciones largas, risas, familia. Ahí aprendí algo que tardaría muchos años en entender de verdad: las relaciones importan más que los logros. Es una lástima haber dedicado tanto tiempo a sumar logros y tan poco a estar con quienes amaba.

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Durante mucho tiempo pensé que las mujeres dominaban el mundo. Ellas se quedaban en casa, organizaban la vida, administraban el dinero que los hombres salían a ganar en jornadas interminables. El trabajo remunerado me parecía algo indeseable, casi una condena. Yo quería quedarme en casa. ¿Para qué trabajar tanto, si apenas alcanzaba para vivir? Ni siquiera para un helado al salir al centro, menos para el cine. De ahí nació una idea simple: si había que trabajar, que fuera para algo más. Por eso la universidad se volvió una meta. Quizá ahí aprendí otra cosa, menos evidente: nadie tiene realmente todo resuelto.

En los años ochenta jugábamos en la calle. Calles de tierra, casi sin autos. Pasaban más carretones tirados por bueyes y caballos que vehículos. Cuando aparecía uno a lo lejos, lo sensato era entrar a la casa. Podía ser de esos autos de los que convenía esconderse, por el solo hecho de vivir ahí. La dictadura estaba presente como una sombra cotidiana: el miedo, la represión, el odio mezclado con temor hacia el comunismo. Los cortes de luz, las fogatas cada 11 de septiembre. Aún hoy me cuesta entender que una parte importante del país siga avalando aquello, tantos años después. Con el tiempo aprendí algo incómodo: lo que para unos es intolerable, para otros resulta perfectamente aceptable.

Y entonces aparecen preguntas que no se dejan atrapar:
¿Todo vale en política?
¿La ética depende del contexto?
¿El deseo de orden es más fuerte que el de cooperación?

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En los noventa yo tenía catorce años. Volvió la democracia y el miedo comenzó a retirarse, reemplazado por la esperanza. Vinieron muchos cambios: el teléfono del barrio, luego el teléfono en cada casa; los primeros amores y desamores; los primeros viajes a ciudades vecinas, y la sensación de que el mundo ya no estaba tan lejano. La música y la cultura pop extranjera llegaron sin avisar: Fito, Charly, Soda Stereo, Nirvana, Guns… Y con ellos, preguntas que no tenían respuesta inmediata. La globalización se colaba en cada patio, en cada conversación, en cada libro que alguien conseguía. Lo extranjero era mejor que lo nacional, porque no traía discursos o reclamos políticos. Las radios cambiaron de AM a FM.

Sobre todo llegó el crédito, los electrodomésticos y la tecnología desde afuera. Más barato, pero duraba menos. Así nos fuimos acostumbrando a comprar, y tirar, reemplazar en vez de arreglar o re usar, mantener y cuidar.

Incluso los pañales dejaron de ser de género y pasaron a ser desechables. Mucho más cómodo. (Y contaminante).

Lo social también comenzó a dejarse de lado por lo individual.

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La pregunta insistente era: ¿qué voy a ser? Músico, escritor, científico, comerciante, maestro de la construcción y de arreglos varios. Todo parecía posible y, al mismo tiempo, improbable. La universidad llegó, la iglesia también. Fueron años de tardes de fútbol y ping-pong, radios encendidas, casetes grabados, ver pasar micros desde la vereda, campamentos de verano, inviernos junto a la estufa de parafina, películas vistas con atención casi religiosa, caminatas por la línea del tren. Los libros: Homero, Verne, Dumas, los rusos; poetas chilenos, autores argentinos. Borges, Cortázar. Descubrí que la literatura no era un adorno, sino una manera de entender la realidad.

Aprendí que la vida no es necesariamente satisfactoria, pero tiene momentos que llegan solos y otros que hay que ir a buscar. La felicidad es escasa: se construye, se intenta.

En 1994 entré a la Universidad de Concepción a estudiar ciencias. Trabajaba y estudiaba, dormía poco, pensaba mucho. Pasaba los días entre aulas, laboratorios, la biblioteca central y los pastos bajo los árboles. Con algunos amigos armamos una revista de literatura. Hubo debates políticos, largas conversaciones sobre el sentido de todo esto. Nada era seguro. ¿Terminaría la universidad? ¿Para qué tanto esfuerzo? Y ¿Dónde estaban los cambios prometidos para un Chile más inclusivo?
 
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En esa época, el servicio militar era obligatorio. Yo podía seguir estudiando en la universidad (me eximía del servicio militar) o ir a una misión.
En la iglesia, ir a una misión parecía un mandato moderno. Como la vida me daba un poco lo mismo en cualquier escenario, (menos en el del servicio militar), detuve mis estudios y me fui. En el peor de los escenarios, solo perdería dos años. En el mejor, sería una inversión en experiencia. Fueron buenos años, entre 1996 y 1998, entre mis diecinueve y veintiún años. Aprendí sobre esfuerzo, pobreza y riqueza, convivencia, hablar y escribir en inglés, y a escribir con todos los dedos en el teclado. Fue la primera vez que salí del barrio. Vi otro Chile: Viña, Valparaíso, Coquimbo, La Serena. También conocí algo de la vida en Estados Unidos a través de las personas, los gringos que venian de misioneros. 

Después volví. A la universidad. A eso que llamamos, con cierta ligereza, la vida real.

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El año 2000 trajo desilusión y esperanza al mismo tiempo. Chile crecía, pero no para todos. Llegaron los celulares, las cámaras digitales, mp3, televisores enormes, y con ellos, nuevas formas de mirar y mirarse: más rápidas, más solitarias. Concepción cambiaba, pero nadie preguntaba si uno estaba listo. Y yo tampoco estaba listo, claro, pero seguí igual.

La vida empezaba a ser muy distinta, y aunque pensábamos que ese futuro de ciencia ficción estaba llegando, todavía nos parecía algo lejano.

La sociedad ya no solo comenzaba a acumular cosas materiales, sino también titulos. Ya no bastaba solo con un título profesional para que te contraten, necesitabas una o varias especialidades. 

Ese decenio fue una acumulación: Magíster, Doctorado, matrimonio, hijos, separación. Como si la vida decidiera avanzar por suma y no por resta, sin advertirme que todo exceso se cobra después, con intereses. En 2006 nos fuimos a Santiago. Digo “nos” y no estoy seguro de quiénes éramos exactamente. La familia creció de tres a cinco, que es una forma elegante de decir que el tiempo se fragmentó.

Tayra nació en 2001, en Concepción.
Tomás en 2008, en Viña del Mar.
Thiago en 2009, en Santiago.

Tres ciudades, tres nacimientos, tres maneras distintas de llegar al mundo. A veces me pregunto si eso no explica más de lo que creemos. Compramos una casa, autos, una moto. Compramos también la idea de que trabajar mucho era una forma de amor. Estudié, trabajé, volví a trabajar. Demasiado. Casi no vi crecer a mis hijos. Aprendí tarde que el tiempo vale más que el dinero y que las promesas, si no se cumplen, se vuelven ruido.


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Desde 2005 comenzamos a separarnos, aunque nadie lo dijo en voz alta. Hubo idas y vueltas, intentos que duraban lo que dura un buen propósito, mentiras piadosas, dolor sin épica. El mundo iba rápido y nosotros intentábamos no quedarnos atrás, sin notar que ya nos habíamos perdido. Había dinero, pero no tiempo; planes, pero no familia. En 2010 llegó el divorcio, que no fue un final sino un punto y coma.

Después vinieron los años desordenados: casas prestadas, piezas ajenas, ciudades que no alcanzaban a volverse propias, incluso la calle. Trabajé donde pude. Me sentí profundamente solo. Hay dos edades en las que recuerdo esa soledad con precisión casi clínica: a los diez años y a los treinta y tres. No es coincidencia: en la primera fue poco desde la separación de mis padres. La segunda, poco después de mi propia separación.

La vida no se detiene por consideración. Cuando aparece el trabajo, algo se alinea, aunque sea provisoriamente. Y uno entiende —o empieza a entender— que el fracaso no vino a destruirte, sino a explicarte algo que no habías querido escuchar.


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Santiago estaba en pleno cambio cuando llegamos a vivir. Cambio en el transporte, las calles, la forma en que la ciudad comenzaba una explosión de crecimiento. Eso también se nos adentró y nos cambió lo suficiente para reconocer que debimos poner un poco más de pausa.

A veces muchas luces nos ciegan.

Entonces me pareció creer que tenía una vida bastante consolidada, con los problemas comunes a una familia promedio, y confiaba que encontraríamos una manera de solucionarlo de manera objetiva y razonable.

El segundo semestre de 2008 viajé a Viena, Austria. No era un viaje cualquiera: me acompañaba la preocupación por mi padre, al que le habían detectado un cáncer. Por fortuna, la enfermedad se controló a tiempo, pero la experiencia dejó marcas invisibles, que uno solo nota después, como una brisa que mueve algo adentro. Viena era otra vida: calles limpias, cafés con mesas largas, un idioma que me parecía una canción rara, y la sensación de que todo estaba más ordenado, aunque no supiera aún qué hacía yo en ese patio ajeno. Latinoamérica me tiraba de la memoria, de las rutinas, de la esperanza de que todo mejore. Pero no podía estar en dos lugares a la vez. Al volver, nada había cambiado, y sin embargo yo era otro.

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Aquí hago un pausa o interludio con mis "casi" encuentros con la muerte. En 2009, recién regresaba de Viena y me dió peritonitis. Sobreviví por poco, me operaron de urgencia. En 2013 cometí un error y casi morimos por inhalación de monóxido de carbono.
Antes, en 2001 en Concepción y en 2012 en La Reina, Santiago, me atropellaron en bicicleta. En realidad, atropellaron mis bicicletas, yo reaccioné a tiempo y me salí del camino evitando ser atropellado.
En 2011 un automóvil se pasó un disco Pare. Iba en motocicleta.

¿Sirvieron de algo esas casi muertes?
Para ver que la vida es cambio, flexible, improbable, y que yo mismo debía dejar atrás mis malas creencias, mis malos aprendizajes y reemplazarlos por nuevos, más flexibles, reales, sencillos... Porque la vida es breve, difícil, a veces hermosa. Y puede ser más hermosa de manera cotidiana, pero hay que empezar de nuevo, mirar bien donde antes se miraba mal.

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Entre 2009 y 2012 el mundo se aceleró. Pero yo me calmé un poco. Más bicicleta, más motocicleta. Más vida, y también esas casi muertes.

El tiempo se lo llevaban el trabajo, las demandas en tribunales de familia. Pero también había música, viajes, encuentros, desencuentros. Cambios que parecían pequeños y, en retrospectiva, eran terremotos interiores. Incluso abandoné toda forma de iglesia, y comencé con una espiritualidad interior más real.

Lo peor era la incertidumbre: aunque me encantaba mi trabajo, el sueldo apenas alcanzaba para pagar pensión alimenticia, el colegio de los niños sin poder verlos aunque quisiera; arriendo, comida. Vivía en un equilibrio frágil, donde todo dependía de llegar a fin de mes, entregar lo que se debía, y empezar el ciclo otra vez.

Lo peor era la incertidumbre sobre el cierre del centro de investigación donde trabajaba. Entre 2012 y 2018, cada año era el último. Hasta que fue el último.

Para entonces había cambiado la tecnología: celular con pantalla grande y táctil, notebook y tablets que cambiaron la forma de aprender y entretenerse, mediante streaming.

Las redes sociales que exigían tu tiempo, subir tu vida, tus viajes, lo que comes. Pero siempre perfecto: una mentira, no una realidad.

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Decidí algunas cosas, que el tiempo después iría derribando, pero que en ese momento me parecían razonables:

Vivir solo podía ser correcto, pero somos seres sociales. La vida compartida es más rica que la soledad.

Mi pareja, si la había de tener, debería ser independiente, sin deseos de nuevos hijos. Yo ya tenía tres que apenas veía.

Soñé con la idea de alternar la convivencia: días juntos, días separados, para preservar la individualidad y evitar la rutina fatal.

Toda relación debía ser tú, yo y nosotros: sin fusiones imposibles, sin perder la libertad que nos hace humanos.

La vida, pensé, debía ser simple, responsable, tranquila.



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En 2012 conocí a Silvina, en Playa Las Docas. Qué bueno que nos encontramos en ese momento y no antes. Al principio ella parecía cumplir todas las condiciones que había imaginado; luego, paradójicamente, esas mismas condiciones nos llevaron a decidir: vivir juntos o seguir caminos separados. No fue fácil; tuve que abandonar casi todas mis reglas. Ella es argentina, más joven, y en aquel entonces no quería hijos. Vivir juntos fue el primer paso de algo que no sabíamos cómo terminaría.

La vida siguió. Vinieron viajes por Chile y Argentina, hermosos paisajes, ciudades, comidas; años de aprendizaje, también nuevas dificultades: crisis de pánico, cuatro años de terapia. Aprendí que cuidar la salud mental no es opcional; que el cuerpo y la mente se cuidan como se cuida un árbol que da frutos cada temporada.

Desde 2015 todo se fue complicando demasiado. Mucha tecnología, cambio de hábitos sociales, despidos de nuestros trabajos. También muertes, estallido social, pandemia. Encierro, escritura, pausa. Pero, sorprendentemente, felicidad: sonrisas compartidas, conversaciones que se prolongaban hasta que la noche no daba más, pequeños momentos que parecían grandes. Vivir con ella es una de esas decisiones que uno no termina de agradecer lo suficiente, por lo improbable que parecía desde mis rígidas reglas.

Ocho años pasaron y llegaron los cambios más grandes: Aurora en 2020, Ana en 2022. Entre la felicidad y la inquietud, los días se alargaban y se comprimían al mismo tiempo. La depresión postparto se sumó al desafío, pero un tratamiento psicológico eficaz fue un salvavidas para ambos. Por suerte comenzaba un cambio en la percepción de la sociedad y del país: la salud mental era una prioridad y no un estigma.

Y así, la familia se transformó, se expandió, se reacomodó.

También hubo pérdidas: 2015, abuela Juana; 2017, abuela Marta; 2022, tía Martita. Aprendí que la muerte, aunque dolorosa, enseña algo que la vida no siempre logra: la importancia de los vínculos y del tiempo compartido.

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En 2023, después de sentirme otra vez atrapado en una vida que creía no querer, entendí algo fundamental: la gratitud cambia la forma de mirar la vida. 

Un hijo es demandante y difícil hasta los tres años; mi mantra fue: “Esto también pasará. Vendrán días mejores. Voy a volver a disfrutar de ser padre, pareja, familia”. Los días eran una mezcla de felicidad, enojo, cansancio, rutina. La vida es una gran broma que no terminas de entender.

Las pequeñas trajeron más visitas a nuestra casa: amigos, familia desde Austria, Concepción, Buenos Aires. Cumpleaños y nuevas amistades.
Aires para respirar y disfrutar como antes, cuando la gente se reunía para conversar y compartir.

También volvieron nuestros viajes. La vida vuelve a tener viejos sabores en nuevos lugares.

Quizá de eso se trata este recorrido: no de llegar a un destino, sino de aprender a mirar mientras se camina.

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2024 y 2025 han consolidado un cambio social y mundial que trae viejas interrogantes en nuevos escenarios.
Mi trabajo ahora se ha diversificado aprovechando las nuevas tecnologías.
Las pequeñas ya van a sus respectivos sistemas educativos, y veo a padres y profesores adaptarse a estos cambios.

Por ejemplo:
Los chicos pasan muchas horas ante pantallas, y no tienen tiempo de aburrimiento y creatividad. Mientras tanto, nuestras pequeñas juegan en el patio, vamos al parque, leemos cuentos y jugamos con títeres improvisados.

La IA ha avanzado en todos los aspectos, y hoy es difícil distinguir lo real de lo artificial. Incluso Robots humanoides operan en fábricas, hospitales, y en hogares como servicios. Eso genera ansiedad por un futuro sin fuentes de trabajo en muchas áreas.
Me ha impresionado saber que todas las IA existentes han contaminado lo mismo que una gran ciudad como Nueva York.
Y hay importantes cambios en la geopolítica mundial.

Yo sigo vinculado a la ciencia, la tecnología, los libros, la vida minimalista. Eso me da ingresos que me permiten vivir una vida incierta, pero profundamente real.

En estos dos años he profundizado viejos proyectos que me motivan, y dan color y alegría a una vida sencilla.
Sigo con una esperanza de volver a ver a aquellos primeros hijos que hoy son adultos.


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En estos años vi cómo el mundo se transformaba a mi alrededor y dentro de mí. La tecnología se coló en la vida cotidiana: celulares, internet, redes sociales, aplicaciones que permitían ver crecer a los hijos a la distancia, aunque de cerca a veces todo se sintiera perdido. La globalización, que antes era una idea vaga en la radio y la televisión, ahora era tangible: música, cine, literatura, viajes, culturas que se mezclaban sin pedir permiso.

También vi cómo cambió la familia: modelos más flexibles, padres separados que aún aman a sus hijos, parejas que conviven a tiempo parcial, corresponsabilidad real en la crianza. Y entendí que estas transformaciones externas no solo marcan la historia, sino que intervienen directamente en la manera en que uno aprende a amar, a perder, a reconstruirse.

El barrio de mi infancia cambió también. Los árboles crecieron, otros desaparecieron, los ríos se transformaron. La tierra firme de la niñez ya no es igual, fue cubierta por el progreso del cemento, los edificios, los automóviles a gran velocidad por calles repletas.. y sin embargo uno se reconoce en ella, aunque sea solo en la memoria.

Ahora, mirando atrás, puedo ver un hilo: la vida avanza, el tiempo pasa, los lugares cambian, los amores vienen y se van, y uno aprende, lenta y a veces dolorosamente, que la felicidad es efímera, que el dolor enseña, que los vínculos importan más que los logros, y que la gratitud, incluso por lo más pequeño, abre ventanas a mundos que de otro modo seguirían cerrados.

Y mientras escribo esto, me pregunto, como siempre: ¿qué sentido tiene contar la vida si no es para intentar entenderla un poco más? ¿Si no es para mirar mientras caminamos? No hay certezas. Solo pasos. Y en ellos, acaso, está todo.


jueves, 14 de agosto de 2025

182. Ser pasajero

No me importa ser solo un pasajero
Alguien que visita brevemente este mundo
Y sin embargo 
Quiero disfrutarlo
Exprimir mi tiempo
Vivir cada experiencia
En cada sonrisa
 palabra
 latido
 sentimiento

Y expresar todo lo que siento

Por eso los libros
La música
Las tardes en la plaza
Las conversaciones
El amor de padre
El amor de pareja

Y los infaltables mates

En resumen
Llenar mi vida de bellas rutinas
De belleza cotidiana
De tranquila calma


domingo, 10 de agosto de 2025

181. día del niño interior

Si puedes mantener la paz interior cuando el mundo ruge a tu alrededor,
Y encontrar tu centro aunque todo cambie sin cesar;
Si puedes escuchar tu voz en medio del caos,
Y seguirla con valentía cuando las certezas se disuelven;
Si puedes nutrir tu alma sin buscar reconocimiento,
Sabiendo que tu valor no depende de la mirada ajena;

Si puedes conectar con la naturaleza
Y sentir el pulso de la tierra vibrando en tu ser,
Sin perder la presencia en el ahora,
Ni dejarte arrastrar por el ruido del futuro o el peso del pasado;
Si puedes ver en las luchas de los demás un reflejo de las tuyas,
Y dar sin esperar nada a cambio,
Comprendiendo que somos parte de un todo,
Y que el bienestar de uno es el bienestar de todos;

Si puedes sentir tu vulnerabilidad sin temor,
Y abrazar cada caída como una semilla de crecimiento;
Si puedes mirarte al espejo y ver, con ternura, tu humanidad,
No como juicio, sino como una aceptación amorosa,
Reconociendo que lo imperfecto también es bello,
Y que el cambio es el río que siempre fluye;

Si puedes aceptar tanto la victoria como la pérdida con humildad,
Y aprender de cada experiencia sin dejar de levantarte,
Y finalmente comprender que el tiempo vale más que el oro,
Entonces hallarás paz, claridad y compasión,
Y, lo que es más, sentirás que estás completo,
En armonía contigo mismo y con el mundo.