Ñuñoa, un día como cualquiera, pero tuyo
Querido hijo,
Hoy cumples 16 años y yo, que soy un poco dado a la cuenta regresiva y a pensar en ti en estas fechas especiales, no puedo evitar pensar cuánto tiempo ha pasado desde que llegaste a este mundo —o mejor, desde que, al igual que cuando llegaron tus hermanos, lo hiciste más habitable. No sé si te lo imaginarás, yo siempre tengo esperanzas que sí, pero hay una ternura que se me acumula en el pecho cuando te pienso y te veo en plena fuga hacia el mundo, en esa edad donde se empieza a caminar con preguntas y no sólo con los pies.
Dieciséis es una cifra con rebote, como esas pelotas que no sabes hacia dónde irán después del segundo pique. Estás justo en ese lugar medio raro, entre el chico que fuiste y el tipo que estás armando. Es difícil, lo sé. A veces te vas a sentir partido entre lo que esperas de ti y lo que los otros esperan, y a veces no va a encajar ninguna de las dos cosas. Te va a doler un poco. Es parte del oficio de vivir.
Te escribo esta carta como quien lanza una semilla al aire, pero con la esperanza de que no se pierda al enterrarse, sino que florezca y la leas con un café, una risa, o una duda en la mano. Me gustaría que llevaras algunas cosas en la valija invisible que todos tenemos (sí, incluso tú, aunque creas que no la usas):
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Aprende a escuchar lo que no se dice. No todo lo importante se pronuncia. A veces está en una pausa, en un gesto mínimo, en un silencio que pesa. Eso vale para los otros… y para ti.
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No seas demasiado obediente. Pero ojo, tampoco seas rebelde por sistema. Elige bien a qué cosas les dices que no, y asegúrate de que ese no te defienda, no te encierre.
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Juega, incluso cuando te digan que ya no es tiempo. Los adultos —ese gremio desorientado al que inevitablemente vas a entrar— suelen olvidar que el juego no es pérdida de tiempo, sino su mejor uso.
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El amor es un desorden hermoso. No hay manual, ni instrucciones, ni garantía. Pero si lo sientes de verdad, no lo abandones por miedo a perder. Todo lo que vale se arriesga.
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Lee, si puedes, y escribe, si quieres. No por mí, por ti. Los libros no dan respuestas, pero a veces acompañan mejor que muchos humanos. Y escribir —aun cuando sea solo para uno mismo— es una forma de entender el caos.
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No te preocupes por “ser alguien”. Ya eres. Sos vos. No necesitas destacarte, ni competir, ni compararte. Viví como si tu nombre fuera una flor rara: no se parece a ninguna otra, ni falta que le hace.
Te veo, cuando se puede, cuando algo se deja ver, desde la distancia y el cariño, y me emociona pensar cómo será tu forma de mirar el mundo, con una mezcla de curiosidad y pudor, de coraje y desconcierto. Estás vivo, y eso ya es una forma de belleza.
No tengo herencias de oro para dejarte, pero ojalá esta carta te sirva algún día como un abrigo liviano para cuando se te enfríe el alma. O como un papelito doblado en el bolsillo que diga: “Sí, todo esto tiene sentido, incluso cuando no lo parece”.
Brinda por ti, esta noche y siempre. Yo lo haré también, desde donde esté, con un mate, un café, o un vino tinto algo torpe y una sonrisa que no necesita traducción.
Con todo lo que tengo y lo que no he sabido tener,
Tu viejo,
Alejandro.