“¿Te
acuerdas cuando corríamos a pata pela’ por las calles polvorientas del
barrio?”. La Pregunta caía una tarde de lluvia mientras bebían un café en la
diagonal que unía el centro con la universidad. No contestó pero recordó la
época como si fuera ayer. Tardes lluviosas de sopaipillas y braceros encendidos
con olor a naranja quemada en el aire. Tardes secas con el viento levantando el
polvo que se te metía en los ojos y te dejaban el pelo tieso. Tardes de hambre
y escasez. Tardes de futbol y política. Tardes hablando del Ché y de la
revolución, de igualdad, de clandestinidad. Tardes en la universidad bajo el
campanil con los compañeros del MIR, en fiestas y malones donde más de alguna
vez terminó con el labio roto. Tardes recostado en la arena blanca de Lota con
el mar susurrando eternidad y retornos apretados en una micro multicolor.
Tardes besando labios conocidos y escuchando a Los Prisioneros. Tardes
corriendo por el parque Ecuador con nada más que el viento en la cara. Tardes
corriendo por esa misma diagonal mientras chupaba limón y huía de las
lacrimógenas. Tardes leyendo a Nicomedes Guzmán y a Oscar Castro. Tardes
caminando por la línea del tren, haciendo equilibrio en los rieles o saltando
de durmiente en durmientes; o mejor aun corriendo tras del tren para colgarse y
dejarse llevar sin miedo a las historias de niños que habían perdido las
piernas en esos juegos irresponsables. Tardes donde no había plata ni para
tomarse un café. El viento le movió los cabellos y sonrió ante una vida de
tardes interminables.
miércoles, 30 de abril de 2014
miércoles, 9 de abril de 2014
47. Abrileando
Ya es abril y Santiago se viste de otoño, con cielos rojizos, días más cortos, hojas y vientos en las calles, bufandas y gorros. Andar en bicicleta te hace sentir el gélido viento en los ojos y las mejillas. Ya no nos quedamos sentados bajo la parra mirando las estrellas hasta altas horas de la noche. Ahora nos quedamos bajo las frazadas tomando mate y viendo alguna película o leyendo algún libro.
Es más fácil ver amanecer y atardecer pues a esas horas ya estamos de camino a alguna parte. Las primeras lluvias llegan junto al viento del sur, y en las esquinas los carritos aparecen con café y sopaipillas para calentar el cuerpo. El olor a tierra mojada y las hojas regadas en el camino se mezclan en un mar de sensaciones que recuerdan que el verano acabó definitivamente este año.
Las clases han comenzado y los estudiantes inundan las calles con sus uniformes azules. Me es inevitable rememorar aquellas veces que iba a dejar a T de la mano al colegio, mientras ella saltaba y las trenzas le rebotan en los hombros. Lleva una sonrisa nerviosa que me recuerda lo que yo sentía en aquella misma época cuando comenzaba un nuevo año escolar: la sala, los compañeros, las nuevas materias.
Nos encontramos por esas cosas del destino en una ciudad portuaria. Las calles, las caminata, el mar, la luna llena, la noche fría, las risas, las canciones... supongo que todo se fue dando. Los fines de semana son los mejores momentos. Nos quedamos acostados hasta tarde, a veces escuchando la lluvia en los cristales de la ventana.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)