miércoles, 9 de abril de 2014
47. Abrileando
Ya es abril y Santiago se viste de otoño, con cielos rojizos, días más cortos, hojas y vientos en las calles, bufandas y gorros. Andar en bicicleta te hace sentir el gélido viento en los ojos y las mejillas. Ya no nos quedamos sentados bajo la parra mirando las estrellas hasta altas horas de la noche. Ahora nos quedamos bajo las frazadas tomando mate y viendo alguna película o leyendo algún libro.
Es más fácil ver amanecer y atardecer pues a esas horas ya estamos de camino a alguna parte. Las primeras lluvias llegan junto al viento del sur, y en las esquinas los carritos aparecen con café y sopaipillas para calentar el cuerpo. El olor a tierra mojada y las hojas regadas en el camino se mezclan en un mar de sensaciones que recuerdan que el verano acabó definitivamente este año.
Las clases han comenzado y los estudiantes inundan las calles con sus uniformes azules. Me es inevitable rememorar aquellas veces que iba a dejar a T de la mano al colegio, mientras ella saltaba y las trenzas le rebotan en los hombros. Lleva una sonrisa nerviosa que me recuerda lo que yo sentía en aquella misma época cuando comenzaba un nuevo año escolar: la sala, los compañeros, las nuevas materias.
Nos encontramos por esas cosas del destino en una ciudad portuaria. Las calles, las caminata, el mar, la luna llena, la noche fría, las risas, las canciones... supongo que todo se fue dando. Los fines de semana son los mejores momentos. Nos quedamos acostados hasta tarde, a veces escuchando la lluvia en los cristales de la ventana.