Mil novecientos setenta y seis era un año turbulento en Chile. Tres años antes se había producido el golpe militar donde cientos de personas fueron torturadas, desaparecieron, murieron o fueron exiliados. Aquella década fue de Dictaduras Militares en toda América del Sur, cambiando el panorama social y político de las décadas siguientes. En aquellas circunstancias llegaba un domingo de octubre, cuando la primavera recién comenzaba.
Con el paso de los años, mis ojos han visto mares y montañas, ríos enormes de color
turquesa y otros donde el barro parece líquido en movimiento, bosques extensos
y majestuosos, llanuras y páramos donde la vista se pierde sin ver nada más, el
desierto florido y sus dunas inacabables, islas y continentes, ciudades enormes
y pueblos minúsculos. Pero en un comienzo todo lo que veían era el barrio. Un lugar
con calles de tierra que en invierno era barro y en primavera era polvo en el
aire. Allí las casas eran una mezcla de madera, cemento y latas, cada una
construida según la posibilidad de su dueño. Las tardes eran de volantines (barriletes) elevados al cielo, bolitas lanzadas en un orificio en la tierra y fútbol sin reglas donde no importaba el resultado del marcador porque todo se decidía con el "último gol gana todo".