jueves, 17 de diciembre de 2015

76. Retrospectiva


Mil novecientos setenta y seis era un año turbulento en Chile. Tres años antes se había producido el golpe militar donde cientos de personas fueron torturadas, desaparecieron, murieron o fueron exiliados. Aquella década fue de Dictaduras Militares en toda América del Sur, cambiando el panorama social y político de las décadas siguientes. En aquellas circunstancias llegaba un domingo de octubre, cuando la primavera recién comenzaba.

Con el paso de los años, mis ojos han visto mares y montañas, ríos enormes de color turquesa y otros donde el barro parece líquido en movimiento, bosques extensos y majestuosos, llanuras y páramos donde la vista se pierde sin ver nada más, el desierto florido y sus dunas inacabables, islas y continentes, ciudades enormes y pueblos minúsculos. Pero en un comienzo todo lo que veían era el barrio. Un lugar con calles de tierra que en invierno era barro y en primavera era polvo en el aire. Allí las casas eran una mezcla de madera, cemento y latas, cada una construida según la posibilidad de su dueño. Las tardes eran de volantines (barriletes) elevados al cielo, bolitas lanzadas en un orificio en la tierra y fútbol sin reglas donde no importaba el resultado del marcador porque todo se decidía con el "último gol gana todo". 

Crecer en los ochenta era estar en medio de una sociedad que respiraba miedo. También descontento, dolor, y algo de esperanza. Aquella década fue el comienzo de la llegada de las primeras tecnologías: televisores a color y teléfonos en las casas, moldeando una nueva sociedad que comenzaría cada vez más a perder los espacios públicos como estilo de vida. Poco a poco los amigos ya no salian a la calle: se  quedaban en casa viendo programas de entretención sin contenido desde la comodidad del sofá y hablando con los amigos sin moverse de esa misma comodidad. Y así, poco a poco el fútbol también comenzó a desaparecer de las tardes del barrio.