Muchas tardes me encontraron a la orilla del Danubio o nadando en sus quietas aguas. Solía sentarme en la orilla y observar el reflejo del cielo en sus aguas. A veces, una pareja de cisnes blancos pasaban nadando río arriba hasta perderse de vista. Era común al atardecer ver un aumento de gente haciendo deporte en su orilla, o juntándose a beber algo. A veces también corría por la orilla con la mente en Chile y en un futuro incierto. Hubieron unos días de fiestas y recitales con muchos escenarios en el parque central (el río está dividido en dos brazos por un parque central en un sector) donde la noche se hacia día. Una de esas noches llovió torrencialmente y los relámpagos atravesaron el cielo como ramas de árboles por unos segundos. En ese mismo parque central jugábamos a la pelota con un grupo de latinos residentes en la ciudad de vez en vez, dónde el español y la alegría de chilenos, colombianos, peruanos, bolivianos y ecuatorianos llevaban un trocito de América a esa zona.
Los cuervos eran las aves de los parques y las plazas reemplazando a las clásicas palomas. Las enormes catedrales de estilo neogótico con estas negras aves en sus gárgolas parecían el escenario de una película de misterio o terror. Es común caminar un par de cuadras y encontrase con más de una iglesia cuya arquitectura se remonta a un par de siglos atrás. La belleza arquitectónica de la ciudad es un conjunto que no deja indiferente a nadie, en una ciudad que ha sobrevivido a varias invasiones y a dos guerras mundiales.
La Floridita era el lugar de encuentro para bailar salsa y juntarse con los amigos. El alemán y el español se oían por igual en su salón atestado de gente moviéndose al son de unos timbales y unas trompetas marcando un contagioso ritmo cubano. La cintura se meneaba de un lado a otro y las vueltas coreografiaban un ambiente de alegría y baile en una noche que la piel morena se mezclaba con la palidez y los ojos azules por todo el lugar.
El palacio de Schonbrunn es enorme, hermoso, y evidencia la majestuosidad de una época pasada de reyes. Sus enormes jardines y numerosas fuentes fueron el escenario de mi primer encuentro con una ardilla que bajó a recoger unas semillas por unos instantes para luego subir a un enorme árbol nuevamente. Un segundo encuentro lo tuve en el parque de los judíos cuando una tarde caminabamos con mi hermana. Más tarde ese mismo día nos recostamos bajo la sombra de un árbol en el pasto mientras veíamos a la gente pasear sus perros como cada tarde. Poco después nos encontramos con amigos y disfrutamos una merienda típica del lugar. No puedo recordar nada de lo que hablamos, pero si las risas de esa tarde y la sensación de haber vivido un gran día.
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| Palacio de Schonbrunn y parte de sus jardines |
Un grupo de exiliados compartieron historias y canciones en Septiembre durante las fiestas patrias. Los pañuelos al aire durante las cuecas, y las voces al unisono mientras las letras de Sol y Lluvia, Victor Jara y Violeta Parra (entre otros) eran coreadas con sentimiento y una fuerza que llenaba el ambiente. Muchos eran poetas, artistas y músicos en una tierra que ya no era extraña para ellos, pero que nunca llamarían patria u hogar. Para ellos seguía siendo aquel lejano país bañado por el mar y rodeado de montañas la tierra donde el corazón tenía una raíz profunda y sincera.
El amanecer me encontraba en una plaza donde acompañaba a un grupo de orientales en movimientos pausados y la mente en calma al ritmo del TaiChi. El aroma de las flores entraba de lleno a nuestros pulmones y el sonido del agua de una fuente cercana complementaba el momento de meditación en movimiento. El maestro de avanzada edad solía hablarme de lo rápido que pasaba la vida, y lo importante de mantener la armonía interior y exterior. Palabras que sembraron una semilla que con el tiempo creció.
Octubre llegó y desde el cielo unas tímidas gotas fueron testigos del cumplimiento de treinta y dos años dando vueltas alrededor del sol. La gente llegó con el atardecer y la guitarra acompañó gran parte de la velada. Pronto llegaría el día de regresar a casa, para más tarde volver a salir de ella para siempre.
