jueves, 21 de marzo de 2013

17. Una casita en cualquier parte



No puedo decidir donde construiría mi casa si me dieran a elegir cualquier lugar fuera del mundo cotidiano. Y es que no hay paisaje que no ejerza una fascinación embrujante en mi persona. Contemplo el mar y su susurro incesante, las montañas imponentes y solitarias, los valles extensos y silenciosos, los bosques antiguos y misteriosos,  los ríos… eternos ríos que atraviesan paisajes, uniendo y transformando, llenándolo todo de vida a su paso. Entonces pienso que podría ser un nómade que se mueve con las estaciones a lugares distintos y distantes… o que en definitiva lo que me gusta es la naturaleza, y en cualquier lugar donde encuentre paz y no deje de maravillarme con la vida es donde quiero estar. 


Otoño Primaveral

Miro hacia el cielo y parece que ha llegado el otoño.
Miles de hojas amarillas caen al mismo tiempo.
Han tapado el azul del cielo.
Pero no caen, no llegan hasta el suelo.
Las hojas se resuspenden y se alzan en vuelo.
Y entonces lo descubro y me quedo asombrado.
Son miles de  mariposas que han inundando los prados.
Llenan el infinito de vida.
Tapizan los caminos de colores.
Desbordan el paisaje de elegancia.


viernes, 15 de marzo de 2013

16. Un espacio para la pausa

A veces las series de televisión, la sociedad en general, los medios y los miedos nos muestran un modelo de vida acelerada - o como me gusta llamarla - un New York style. Nos dejamos atrapar por ella... por la teoría exitista del éxito inmediato y fácil. Todo era para ayer, en el trabajo, en los estudios, en la escalada social e intelectual. No hay espacio para darse un respiro ni para el fracaso. Aquí todos somos exitosos y gente apurada, ocupada siempre.
Un niño persigue una paloma con el rostro iluminado, y estalla en una estruendosa carcajada que más bien podría llamarse un grito jubiloso, cuando - en el momento justo en que casi la podía tocar - ella emprende el vuelo. Un poco más allá estoy yo, observando que por ese mismo lugar van pasando diez personas más, impávidas ante ese acto sublime para el niño. Nadie sonríe. A nadie le impresiona. Nadie presta atención. Y pienso que tal vez, ellos y yo hicimos lo mismo hace años, cuando esa tierna edad nos era un eterno descubrimiento. Ahora, ellos y yo vemos la paloma y no nos causa nada. Un poco de aversión tal vez, a un ave con tantos parásitos. Y mientras pienso en ello, el niño ha vuelto a la carga y otra de sus carcajadas me trae de vuelta al presente.




La copa de los árboles
Existe cierto placer en tenderse boca arriba
Los brazos cruzados tras la nuca
La espalda encorvada
Y la mirada bamboleante
Moviéndose al ritmo del dosel en las alturas