A veces las series de televisión, la sociedad
en general, los medios y los miedos nos muestran un modelo de vida acelerada -
o como me gusta llamarla - un New York style. Nos dejamos atrapar por
ella... por la teoría exitista del éxito inmediato y fácil. Todo era para ayer,
en el trabajo, en los estudios, en la escalada social e intelectual. No hay
espacio para darse un respiro ni para el fracaso. Aquí todos somos exitosos y gente
apurada, ocupada siempre.
Un niño persigue una paloma con el rostro
iluminado, y estalla en una estruendosa carcajada que más bien podría llamarse
un grito jubiloso, cuando - en el momento justo en que casi la podía tocar -
ella emprende el vuelo. Un poco más allá estoy yo, observando que por ese mismo
lugar van pasando diez personas más, impávidas ante ese acto sublime para el
niño. Nadie sonríe. A nadie le impresiona. Nadie presta atención. Y pienso que
tal vez, ellos y yo hicimos lo mismo hace años, cuando esa tierna edad nos era
un eterno descubrimiento. Ahora, ellos y yo vemos la paloma y no nos causa
nada. Un poco de aversión tal vez, a un ave con tantos parásitos. Y mientras
pienso en ello, el niño ha vuelto a la carga y otra de sus carcajadas me trae
de vuelta al presente.
La copa de
los árboles
Existe cierto placer en tenderse boca arriba
Los brazos cruzados tras la nuca
La espalda encorvada
Y la mirada bamboleante
Moviéndose al ritmo del dosel en las alturas