Este año fuimos solo nosotros cuatro, como si el mundo se hubiera hecho más chico, pero más profundo. Un cumpleaños íntimo, decimos, y en ese íntimo caben los abrazos que viajan por videollamada, los mensajes que zumban como abejas queriendo estar cerca. Nadie más en la mesa, pero todos, de algún modo, en el corazón del día.
El sol, a veinticuatro grados, se quedó largo rato entre las macetas y los juegos, y la casa se llenó de esa tibieza que parece una caricia que no pide permiso. A la noche, el frío vino como siempre: callado y azul, pero en casa se está bien, como dentro de una canción que ya conocemos.
AV conversa. Conversa en serio. Tiene palabras que rebotan como pelotas suaves, y aunque cambia las “ch” por “t”, como si fueran piezas de un rompecabezas con otro diseño, uno entiende todo. Dice “totolate” y “tiquitita”, pero “leche” la dice perfecta, como si esa palabra tuviera una casa aparte, con techo propio y ventanas abiertas. Y claro, la leche cada dos horas, como un reloj blanco que no falla.
Va al jardín a jornada completa, lo cual suena a oficina de juegos y dibujos. Le gusta pintar, bailar, y más que todo cantar. Canta como si se le fuera el alma por la boca pero sin que duela, y de vez en cuando se cuela un Diego Topa, una Diana y Roma, un Sherif Labrador, Bluey, los Meñiques. Todo cabe en su repertorio. Sabe contar hasta cincuenta, y cuando encuentra palabras en inglés las señala como si fueran bichitos de otro color. Le gustan los cuentos: los de Paw Patrol, los de las niñas que juegan en casa. Camina con su muñeca en cochecito, como si el mundo fuera una gran calle para pasear afectos. Duerme con su peluche de Minnie Mouse, y no se duerme sin él, como si la noche necesitara testigos.
No duerme siesta. No usa pañales, salvo por las noches, cuando el cuerpo ya no pelea con el sueño. Ha crecido, mucho. A veces ordena, a veces no. Juega sola, juega con su hermana, juega como si jugar fuera una forma de resistir el paso del tiempo. Le gusta la pinta, la escondida, cocinar aire, preparar pociones con cosas invisibles. No le gustan mucho las fotos, como si supiera que hay cosas que no se pueden encerrar en un clic.
Va al parque como quien va a un santuario. En especial al pasaje con gallinas, que para ella son como primas emplumadas. Anda descalza, como si el suelo fuera parte de su cuerpo. Dice "te amo" con una frecuencia que desarma. Se duerme a las nueve, se despierta a las siete, brinca en la cama cuando puede, y a veces cuando no puede también.
No se ha resfriado casi en todo un año, y cuando lo hace, el resfriado parece pedir permiso y pasar de puntillas. Mide noventa y cinco centímetros. Pesa quince kilos. Y todo eso cabe en ella, en esa pequeña persona que ya es un mundo con leyes propias, con risa propia, con amor suficiente para iluminar una casa entera.