Ya es Otoño, otra vez.
Y también un borrador con ese nombre, pequeño proyecto de novela, como si el título hubiera llegado primero, tocando la puerta en la forma de una brisa tibia que ya no era del verano.
La vida, claro, se repite pero no se copia. Ciclos que no calcan, que regresan distintos. Hasta hace poco todavía pensaba en lo mucho que me gusta el verano: andar como los gatos, con lo mínimo, sandalia, pantalón corto, polera. Todo el día, toda la noche, como si el cuerpo también quisiera vacaciones.
Claro que enero y febrero tienen esa hora ingrata donde el calor muerde, donde el patio arde y uno se esconde. Pero después baja el sol, se aquieta el aire, y las noches —ah, las noches— son casi un lugar para vivir.
Ahora no. Ahora son las tardes las que nos regalan un poco de tregua. Las noches y las madrugadas se llenan de frío, de bufandas, de suspiros que se ven. Hay días en que no calienta ni la memoria del verano.
Nos vestimos de manga larga, de pantalón largo, como si cada prenda fuera una hoja más que cae sobre el cuerpo.
Pero hay belleza. Siempre hay belleza en el otoño si uno sabe dónde mirar.
La luz que se pone más dorada, más oblicua.
Los árboles que se inventan otros colores.
El viento que cuenta historias.
Los mates que vuelven como un rito.
El yoga al atardecer, con el sol cruzando los dedos de las ramas.
Las películas que regresan porque afuera se oscurece más temprano.
Y hay flores, sí, como si también ellas quisieran decir: “Todavía estamos”.
AE comenzó un colegio nuevo. Queda cerca, así que cada mañana y cada regreso es una caminata de un kilómetro, ida y vuelta, como si el trayecto también educara.
Calle arbolada, pasos compartidos, palabras al vuelo.
A ella le gusta ir, aprender, conocer. Tiene algo en la mirada que busca, que pregunta sin hablar.
AV sigue en el jardín. Le gusta menos, dice que no, que prefiere estar con nosotras, con su mundo pequeño y enorme a la vez.
Los horarios se intercalan, los tiempos se recortan, como un rompecabezas armado a diario.
Pero ellas ya juegan juntas.
Nos dan espacio.
Y en ese espacio, se cuela algo de silencio.
Algo de nosotros.
Podemos trabajar.
Podemos hacer lo que se debe.
Y a veces también lo que se quiere.
Este año, por primera vez, los cuatro abuelos bajo el mismo techo. Enero los trajo como se traen las lluvias suaves: sin aviso, sin certeza de repetición.
Estaban todos.
Y nosotros.
Y las niñas.
Hubo momentos lindos, de esos que se esconden en las rendijas del tiempo.
¿Volverá a suceder?
Lo dudo.
¿Quién puede saber lo que vendrá?
Nadie.
Pero lo que vino, lo que fue, se queda.