Hay una edad extraña en la que uno deja de mirar el horizonte.
No porque haya perdido la esperanza.
Todo lo contrario.
Simplemente descubre que la vida estaba ocurriendo aquí.
Mientras esperaba.
Durante mucho tiempo viví como quien aguarda la llegada de un tren.
No un tren concreto, claro. Un tren metafórico, que es la peor clase de trenes porque nunca aparecen en los horarios.
Esperaba el momento en que me sintiera adulto.
Esperaba el momento en que entendiera las cosas.
Esperaba la casa adecuada, el trabajo adecuado, los amigos adecuados, la ciudad adecuada.
Más adelante, me decía.
Todavía no.
Y así fueron pasando los años.
Lo curioso es que, cuando uno mira hacia atrás, descubre que los días que parecían provisionales eran la vida.
Aquella tarde insignificante de 1998.
La caminata olvidada de un martes cualquiera.
La canción que sonaba mientras uno lavaba platos.
La conversación que parecía no conducir a ninguna parte.
Todo eso.
No eran borradores.
Eran capítulos.
Hace poco encontré una fotografía antigua.
No ocurría nada especial en ella.
Nadie estaba conquistando una montaña.
Nadie recibía un premio.
Nadie pronunciaba una frase memorable.
Simplemente aparecíamos unos cuantos amigos sentados en una mesa de plástico bajo una sombra de verano.
Y sin embargo sentí una punzada inesperada.
No porque extrañara aquella época.
Sino porque comprendí algo.
Mientras esa fotografía se tomaba, yo probablemente pensaba que mi verdadera vida estaba por delante.
Y ahora, desde aquí, daría cualquier cosa por regresar durante cinco minutos a aquella tarde ordinaria para decirle a ese hombre:
"Mira bien."
"No estés tan ocupado esperando."
"Esto también es."
Porque ése es el truco que nadie explica.
La vida rara vez tiene música de fondo.
No anuncia sus mejores momentos.
No coloca banderas sobre los días importantes.
Los esconde.
Los disfraza de rutina.
Los envuelve en conversaciones aparentemente intrascendentes, en desayunos repetidos, en personas que creemos que veremos siempre.
Y sólo muchos años después comprendemos que aquello era el tesoro.
Por eso últimamente he dejado de perseguir ciertas grandezas.
No porque las desprecie.
Simplemente porque encontré algo más interesante.
Prestar atención.
A la luz que entra por la ventana.
Al libro que estoy leyendo.
A la voz de un amigo.
Al silencio de la casa cuando todos duermen.
A la suerte improbable de estar aquí una mañana más.
Hay una serenidad particular en aceptar que no estamos ensayando para ninguna función.
Que no hay una vida verdadera esperando detrás de esta vida.
Que éste es el escenario.
Que ésta es la obra.
Que la función comenzó hace mucho tiempo.
Y que, para nuestra sorpresa, llevamos décadas participando en ella.
A veces creo que la madurez consiste únicamente en eso.
En dejar de preguntar cuándo empieza todo.
Y sentarse, por fin, a disfrutar de la película que ya lleva media hora proyectándose.