martes, 2 de junio de 2026

190. Sentarse a disfrutar

Hay una edad extraña en la que uno deja de mirar el horizonte.

No porque haya perdido la esperanza.

Todo lo contrario.

Simplemente descubre que la vida estaba ocurriendo aquí.

Mientras esperaba.

Durante mucho tiempo viví como quien aguarda la llegada de un tren.

No un tren concreto, claro. Un tren metafórico, que es la peor clase de trenes porque nunca aparecen en los horarios.

Esperaba el momento en que me sintiera adulto.

Esperaba el momento en que entendiera las cosas.

Esperaba la casa adecuada, el trabajo adecuado, los amigos adecuados, la ciudad adecuada.

Más adelante, me decía.

Todavía no.

Y así fueron pasando los años.

Lo curioso es que, cuando uno mira hacia atrás, descubre que los días que parecían provisionales eran la vida.

Aquella tarde insignificante de 1998.

La caminata olvidada de un martes cualquiera.

La canción que sonaba mientras uno lavaba platos.

La conversación que parecía no conducir a ninguna parte.

Todo eso.

No eran borradores.

Eran capítulos.

Hace poco encontré una fotografía antigua.

No ocurría nada especial en ella.

Nadie estaba conquistando una montaña.

Nadie recibía un premio.

Nadie pronunciaba una frase memorable.

Simplemente aparecíamos unos cuantos amigos sentados en una mesa de plástico bajo una sombra de verano.

Y sin embargo sentí una punzada inesperada.

No porque extrañara aquella época.

Sino porque comprendí algo.

Mientras esa fotografía se tomaba, yo probablemente pensaba que mi verdadera vida estaba por delante.

Y ahora, desde aquí, daría cualquier cosa por regresar durante cinco minutos a aquella tarde ordinaria para decirle a ese hombre:

"Mira bien."

"No estés tan ocupado esperando."

"Esto también es."

Porque ése es el truco que nadie explica.

La vida rara vez tiene música de fondo.

No anuncia sus mejores momentos.

No coloca banderas sobre los días importantes.

Los esconde.

Los disfraza de rutina.

Los envuelve en conversaciones aparentemente intrascendentes, en desayunos repetidos, en personas que creemos que veremos siempre.

Y sólo muchos años después comprendemos que aquello era el tesoro.

Por eso últimamente he dejado de perseguir ciertas grandezas.

No porque las desprecie.

Simplemente porque encontré algo más interesante.

Prestar atención.

A la luz que entra por la ventana.

Al libro que estoy leyendo.

A la voz de un amigo.

Al silencio de la casa cuando todos duermen.

A la suerte improbable de estar aquí una mañana más.

Hay una serenidad particular en aceptar que no estamos ensayando para ninguna función.

Que no hay una vida verdadera esperando detrás de esta vida.

Que éste es el escenario.

Que ésta es la obra.

Que la función comenzó hace mucho tiempo.

Y que, para nuestra sorpresa, llevamos décadas participando en ella.

A veces creo que la madurez consiste únicamente en eso.

En dejar de preguntar cuándo empieza todo.

Y sentarse, por fin, a disfrutar de la película que ya lleva media hora proyectándose.

domingo, 3 de mayo de 2026

189. El amigo que nos contaba las películas

Había una hora en la tarde —una hora que no estaba en los relojes— en que el mundo se volvía más liviano y bastaba con sentarse en la vereda para que empezara la función. No teníamos tele en colores ni videocasetera propia, pero teníamos algo mejor: te teníamos a ti, llegando con los bolsillos llenos de escenas, con los ojos todavía vibrando de lo que habías visto y que ahora, misteriosamente, nos pertenecía a todos.

No contabas las películas, las desatabas. Las abrías como si fueran un animal vivo y las dejabas correr por la calle de tierra, entre las bicicletas tiradas y los perros que ladraban sin entender del todo. De pronto eras uno y otro, cambiabas de voz, de cuerpo, de rabia; te convertías en persecución, en disparo, en caída desde un edificio que no existía más que en tu forma de tirarte al suelo. Y yo, que no había visto nada, lo veía todo: la cámara era tu cara, el montaje tus manos, los efectos especiales ese golpe seco contra el pavimento.

Nos decíamos Stallone y Schwarzenegger con una seriedad que ahora daría risa, si no fuera porque entonces era verdad. Éramos flacos como fósforos, pura cabeza y ganas, pero en ese teatro sin butacas ni pantalla éramos invencibles. Bastaba con que gritaras “¡ahora!” para que el aire se volviera peligroso y la esquina, de golpe, una ciudad sitiada.

Había algo secreto en todo eso, algo que no supimos nombrar: yo no veía películas, te veía a ti viéndolas. Y en ese desvío —en ese rodeo mínimo— ocurría lo importante. No era la historia, ni los héroes, ni siquiera las explosiones que imitabas con la boca; era la forma en que el mundo pasaba por alguien antes de llegar a otro. Como si mirar no fuera un acto solitario, sino una cadena, una complicidad.

A veces pienso que crecimos el día en que ya no hizo falta que volvieras a contarlas. Cuando cada uno empezó a verlas por su cuenta, en pantallas más nítidas, con sonidos más reales, con colores que no necesitaban ser inventados. Y sin embargo —qué raro— algo se volvió más opaco. Porque ahora las películas entran directas, sin ese filtro tuyo que las volvía respirables, exageradas, nuestras.

No sé en qué momento dejamos de reunirnos a esa hora que no figuraba en los relojes. Quizás la taparon otras horas más urgentes, más adultas, con nombres serios. Pero a veces, cuando una escena se estira un poco más de la cuenta o un personaje se queda quieto mirando algo que no vemos, siento que te adelantas, que carraspeas apenas, que estás a punto de empezar de nuevo: “No, espera, esto es mejor así…”.

Y entonces —por un segundo apenas— la pantalla pierde autoridad, se corre, y vuelvo a mirar como antes: no con mis ojos, sino con los tuyos, que siempre llegaban primero.

viernes, 17 de abril de 2026

188. Nostalgia

Hay días en que uno despierta con la sospecha de haber llegado tarde a su propia vida. No es exactamente tristeza —sería más fácil si lo fuera—, sino una especie de nostalgia sin objeto, un recuerdo que no encuentra su fotografía en ningún álbum. A eso, dicen algunos, lo llaman anemoia, pero el nombre apenas roza la superficie de lo que se escapa.

Me pasa, por ejemplo, cuando escucho una música que parece venir de un tiempo que nunca fue mío, y sin embargo insiste en alojarse como si hubiera aprendido a latirme desde antes. O cuando una calle cualquiera, en una ciudad que conozco demasiado bien, decide de pronto comportarse como un decorado ajeno, como si perteneciera a otra historia que olvidé protagonizar.

Hay algo profundamente absurdo en extrañar lo no vivido. Es como si la memoria, cansada de obedecer al pasado, hubiera empezado a inventarse sus propios recuerdos. Y uno, que siempre creyó en la fidelidad de ciertas emociones, termina aceptando esa trampa con una docilidad casi tierna.

Quizá la anemoia no sea más que una grieta en el tiempo —una de esas pequeñas fisuras por donde se cuela lo que pudo haber sido y no fue—. O tal vez sea al revés: una prueba de que no estamos hechos solamente de lo vivido, sino también de aquello que rozamos apenas, de lo que imaginamos con suficiente intensidad como para volverlo casi cierto.

A veces pienso que esa nostalgia sin pasado es, en el fondo, una forma de deseo. No de regresar, porque no hay adónde, sino de pertenecer. Como si en algún pliegue secreto del mundo existiera una versión de nosotros que sí llegó a tiempo, que sí habitó esas escenas que ahora solo podemos intuir.

Entonces uno sigue, como siempre, caminando por esta vida que es la única verificable, pero con la leve sospecha de estar recordando otra. Y en ese equívoco —que no se corrige ni se explica— hay, curiosamente, una forma de consuelo.


jueves, 16 de abril de 2026

187. 4 años de AV

Han pasado solo cuatro años y uno comienza a ver esas diferencias que no nos pertenecen, una biografía completa, con sus pequeñas derrotas, sus alegrías mínimas, sus obsesiones privadas. Hay gestos que se identifican con la memoria heredada: este es de la abuela, este de la madre, acá del padre, ese es muy propio de ella. Y allí, en esos que solo son de ella comienzo a ver que ya está siendo protagonista absoluta de su propio presente, mientras uno apenas ocupa un rol importante en su campo de visión.

Hay algo hermoso en esa expansión súbita de lo real, como si el mundo se multiplicara en todas direcciones sin pedir permiso. Cada vida algo distinto. 

Quizá vivir consista precisamente en eso: en aceptar que hay infinitas vidas sucediendo al mismo tiempo que la nuestra, y que podemos acercarnos y ser parte, o testigos, pero no podemos habitarlas todas sin desaparecer en el intento.

Así hemos armado rompecabezas, jugando a la memoria y adivina quién, preparado una leche para empezar y terminar el día, correr evitando la pinta, escondernos y armar castillos de imanes, jugar al restaurante o a ser médico o paciente, y tantos otros....

Mi alegría es ver cada nuevo logro, risa, conversación, juego, y vida en estos cuatro años, empezando hoy otro nuevo ciclo... Feliz cumpleaños.


martes, 7 de abril de 2026

186. carta a la perspectiva

A veces pienso que la vida no avanza en línea recta, sino en pequeños pliegues que uno apenas percibe, como esas arrugas en la sábana que sólo se revelan cuando la luz entra de costado. Hay decisiones que parecen enormes —casi teatrales—, pero que con el tiempo se deshilachan en lo cotidiano, mientras que otras, mínimas, casi invisibles, terminan sosteniendo el andamiaje secreto de lo que somos.

Hoy, por ejemplo, me detuve en algo tan sencillo como el modo en que el agua cae dentro de un vaso. No fue el agua, claro, sino la forma en que decidí mirarla. Porque uno no ve las cosas: uno elige desde dónde verlas, y en esa elección ya hay un destino insinuándose. Cambiar de perspectiva es, en cierto modo, cambiar de historia sin moverse del sitio.

Me pregunto si no vivimos rodeados de versiones posibles de nosotros mismos, esperando apenas un leve giro de la mirada. Como si cada experiencia fuera un objeto con más de una cara, y nosotros, obstinados, nos empeñáramos en contemplar siempre la misma. Tal vez por eso algunas decisiones nos pesan: no por lo que son, sino por lo que dejamos de ver en ellas.

Hay una trampa delicada en lo simple. Creemos que lo simple es menor, prescindible, cuando en realidad es lo único que no se repite. Ese gesto de cerrar una puerta, esa pausa antes de responder, esa caminata sin propósito aparente… todo eso compone una suerte de idioma secreto que rara vez nos detenemos a traducir.

Pienso que vivir podría ser, apenas, aprender a inclinar un poco la cabeza. No mucho —lo suficiente para que el mundo deje de parecer fijo. Lo suficiente para descubrir que, en cada decisión, incluso en las más triviales, hay un eco de algo más vasto, algo que no termina de decirse pero que insiste.

Quizás la perspectiva no cambie las cosas, pero sí cambia el lugar desde donde las sostenemos. Y a veces, eso basta.

O a veces no, pero al menos es un comienzo.


domingo, 8 de febrero de 2026

185. carta a los lugares y recuerdos

Te escribo como quien abre una caja chica y desordenada: no para explicar, sino para dejar que salgan las cosas tal como quedaron. Son recuerdos breves, simples, unidos más por la sensación que por la historia. Lugares que no vuelven enteros, pero insisten en un olor, una luz, un sonido. No hay mapas ni conclusiones; sólo lo que se queda cuando uno ya se fue. Aquí van, uno detrás de otro, como si el viaje aún siguiera.

memorias breves, simples.

De La Serena me queda la luz pareja de la mañana y el rumor constante del mar, siempre al fondo.
De Coquimbo, el puerto al atardecer y el olor a pescado mezclado con sal.
De Valparaíso, las escaleras infinitas y la ropa colgando que se mueve con el viento.
De Viña, las veredas prolijas y el sonido del mar chocando contra las rocas del borde costero.

De Ñuñoa, las tardes tibias, los árboles viejos y el ruido suave de una hamaca o columpio en la plaza.
De Concepción, el cielo bajo, la lluvia fina y las conversaciones largas bajo techo.
De San Pedro, el silencio ancho, el polvo en los zapatos y un sol que no afloja.
De Valdivia, el olor a río, la humedad constante y los leones marinos durmiendo.
De Puerto Varas, el lago quieto, los volcanes mirando y la lluvia fina e interminable.
De las Torres del Paine, el viento indomable, la nieve que cubría todo y la luz del atardecer.

De Mendoza, el calor seco, la sombra de los plátanos y el vino lento al final del día.
De Buenos Aires, las veredas rotas, el café eterno y una mezcla de nostalgia y apuro.
De Berazategui, las calles tranquilas, el verde cercano y el paso del tren por las tardes.
De Mar del Plata, el viento fuerte, las gaviotas y el mar siempre un poco gris.
De San Rafael, las acequias, el calor espeso y las noches claras.
De Colón, el río marrón, las tardes lentas y el verano pegajoso con luciérnagas.
De Malargüe el aire seco, la ruta interminable.

De Colonia, las calles empedradas, el silencio temprano y la luz suave sobre el río.
De Montevideo, la rambla infinita, el mate constante y una melancolía tranquila.
De Punta del Este, la lluvia repentina, el cielo enorme y la sensación de estar lejos de todo.

De Viena, el orden, los cafés silenciosos y el sonido de los pasos sobre piedra.
De Praga, el frío en la cara, los puentes antiguos y una belleza un poco oscura.

Y todavía hay tantos otros lugares que quedan fuera, con sus propios recuerdos, sensaciones y belleza. Pero quería rescatar al menos estos, como un recorte de vida minúsculo.

Un abrazo.






lunes, 2 de febrero de 2026

184. Carta a los 18 años de T

Amado hijo,

Eso es lo primero, recordarte lo mucho que te amo. No lo dudes.

Hoy cumples 18 y el calendario hace una pequeña pirueta: te coloca en el borde de algo nuevo mientras a mí me recuerda que este año llegaré a los 50. No como una cuenta que pesa, sino como esas marcas en la pared que dicen “hasta aquí hemos vivido”, y lo dicen con una sonrisa cansada pero sincera.

Yo también tuve 18 una vez, en 1994. El mundo no era tan distinto como podría parecerte ahora: había miedos, promesas, ganas de cambiarlo todo y la sospecha —siempre esa sospecha— de que el tiempo iba a correr más rápido de lo que uno imagina. La tecnología era otra, claro: menos pantallas, más espera; menos ruido inmediato, más silencios largos. Pero el corazón humano, ese artefacto antiguo, funcionaba igual. Se aceleraba por las mismas cosas y se rompía, más o menos, por las mismas.

Hoy te toca a ti pararte en ese umbral. Y la vida, fiel a su estilo un poco caótico, sigue llevándonos por senderos donde se mezclan la incertidumbre y la alegría, las penas y los desafíos. No hay mapa definitivo: solo señales que aparecen cuando ya estamos pasando. Uno aprende caminando, y a veces aprende tarde, pero aprende.

No importa si hoy estás lleno de planes o si la duda te acompaña como una sombra educada. Ambas cosas son buenas compañeras. Lo importante —y esto te lo digo sin manual, porque no existe— es no perder de vista lo simple, eso que de verdad llena el alma: mirar el cielo sin apuro, jugar aunque nadie lo pida, reír hasta que duela la panza, abrazar como si el mundo pudiera detenerse ahí unos segundos. En esas cosas pequeñas suele esconderse lo esencial.

No tengo grandes certezas para regalarte en este cumpleaños. Solo esta confianza tranquila: vas a equivocarte, vas a acertar, vas a sorprenderte a ti mismo. Y mientras tanto, aquí estaré, caminando en otra vereda del mismo tiempo, aprendiendo también.

Feliz vida, hijo. Que tus 18 sean menos una meta y más una puerta abierta.

Con amor.