domingo, 11 de agosto de 2019

140. Mantenga a los libros al alcance de los niños

Pienso en mis hijos. Pienso en cada padre que tiene hijos. Pienso en aquellos que aún les leen un cuento o una bella historia antes de dormir o al despertar, y no solo los sientan frente a ese espejo negro llamado televisor. Pienso en aquellos que les cantan canciones, que escuchan con ellos buena música, que los abrazan con ternura y fruición, que los besan y sonríen y les dicen cada día te amo. Pienso en aquellos padres que hacen que sus hijos tengan una bella infancia, que les enseñan ideales y a ser mejores. Aquellos que se sientan a leer Mafalda, o Enriqueta, o algunos hermosos cuentos ilustrados de la sección infantil y que despiertan la imaginación y el amor por esas ilustraciones tan bellas. Porque solo se es niño una vez, y luego se es adulto toda la vida, aunque algunos pocos mantengan ese niño interior despierto toda la vida, asombrándose, aprendiendo, viviendo.


Yo lo he intentado, mantener ese niño bien despierto, bien activo. Leerle a mis hijos, escribirles, hablarles desde todas partes y hacerles sentir todo mi amor. Yo sigo leyendo aquellos libros que me hacen viajar, que me hacen soñar, que me hacen vivir cientos de vidas. Mi casa está llena de libros que están al alcance de la mano, de sus manos, de las mías, de las de mis amigos que llegan a casa para compartir una velada, una cena, una tarde cualquiera. Simplemente eso: mantengo los libros al alcance de los niños.

jueves, 8 de agosto de 2019

139. Reflexionar: tiempo al tiempo

En Octubre de 2015 comencé un periodo de reflexión que me permitiera mejorar. En aquel entonces sufría de ataques de angustia y pánico de manera diaria, y no era capaz de subir a un microbus, y menos de poder bajar al subte para movilizarme. Las únicas opciones eran la bicicleta, caminar o un automóvil. Las sensaciones comenzaban con gran pesadez mental y mucho sufrimiento corporal, sensaciones de descompensación física como bajas de presión, palpitaciones, taquicardia, sudoración, debilidad, dolor central y periférico, impresión de colapso físico inminente. Me había realizado toda clase de exámenes físicos y todos salían bien, "normales". Desde entonces han pasado cuatro años, y parece un tiempo tan lejano. Me siento agradecido de no sentir nada de eso hoy. Coincidentemente, mas o menos en aquel tiempo fue la última vez que nos vimos en Viña del Mar. Recuerdo que jugamos en la plaza de 15 Norte, y conversamos mucho, reímos y T me preguntó si nos volveríamos a ver la otra semana. Le dije que sí, (de verdad creía que sí),  pero no llegó a suceder sino hasta febrero de 2016 cuando la visita de mi padre desde Austria permitió que nos viéramos en Viña, nuevamente en 15 Norte.
Hoy es agosto de 2019. Recuerdo otro agosto, en 1999, cuando decidimos comenzar un camino que cambió nuestras vidas, hace exactamente 20 años. En aquel entonces 20 años era toda nuestra vida.
Quizá cuando tenga tres veces 20 años logre mirar un poco mejor todo este panorama que nos entrega el cuadro de la vida. Me he enterado de cosas que me alegran, desde la distancia, desde el anonimato. Logros y con ello nuevas historias en sus propias vidas que me hacen sentir feliz.
Mi padre me ha preguntado si he pensado qué haré en mi vejez. Creo que se lo está preguntando él y entonces piensa en voz alta, sabiendo que yo ya he pensado en ello aunque no tengo una respuesta concreta, sé que quiero una vejez tranquila, en cualquier lugar en donde pueda amar la vida y a la gente que me rodea. Algún lugar donde pueda salir a caminar y a andar en bicicleta, donde pueda nadar, pescar, leer un libro por las tardes en compañía de un mate y de la mujer que amo. Al envejecer pienso en S y en nuestra vida juntos, en nuestros logros paso a paso desde una noche fría de luna llena en abril de 2012. Si soy afortunado envejeceremos juntos, pero no es algo que pueda saber hoy con certeza. Las cosas del tiempo son una incertidumbre. Miro un reloj que me regaló mi padre hace años y pienso que me gustaría decir que perteneció a mi abuelo antes, y lo hemos heredado. Pero la verdad es que fue mi padre el que lo compró en Turquía y me lo regaló aquella vez que vino de visita a Chile, en febrero de 2016.
El mes pasado estuve en Concepción y vi lo grande que está una parra que llevé desde el patio de mi casa en Ñuñoa hasta la casa de Barrio Norte. Ayer por la tarde miraba un árbol que plante en 2010 cuando llegué a aquella casa en Ñuñoa. Desde entonces salí y entré de aquella casa mientras el árbol creció silencioso. Hoy no tiene hojas, pero en primavera brotarán y volverá a dar sombra y frutos. Su historia está ligada a la mía, nos hemos visto cada día durante estos años en silencio. A veces me siento bajo su tronco y toco la guitarra mientras tomo unos mates. Otras leo un libro o solo veo pasar a la gente desde lejos.
Hoy es agosto de 2019, pero este post lo escribí bastante antes, una mañana de frío y sol en que tenía ganas de dejar que mis dedos se pasearan por el teclado plasmando mis pensamientos y mi visión del tiempo a través del tiempo, y de como me siento agradecido por sentirme mejor, de vivir una vida plena aunque exiliada, de amar sin reparos ni contemplaciones, de ser niño y viejo a la vez en un mismo post, en un mismo escrito, en un mismo tiempo y a la misma vez.