Pienso en mis hijos. Pienso en cada padre que tiene hijos. Pienso en aquellos que aún les leen un cuento o una bella historia antes de dormir o al despertar, y no solo los sientan frente a ese espejo negro llamado televisor. Pienso en aquellos que les cantan canciones, que escuchan con ellos buena música, que los abrazan con ternura y fruición, que los besan y sonríen y les dicen cada día te amo. Pienso en aquellos padres que hacen que sus hijos tengan una bella infancia, que les enseñan ideales y a ser mejores. Aquellos que se sientan a leer Mafalda, o Enriqueta, o algunos hermosos cuentos ilustrados de la sección infantil y que despiertan la imaginación y el amor por esas ilustraciones tan bellas. Porque solo se es niño una vez, y luego se es adulto toda la vida, aunque algunos pocos mantengan ese niño interior despierto toda la vida, asombrándose, aprendiendo, viviendo.
Yo lo he intentado, mantener ese niño bien despierto, bien activo. Leerle a mis hijos, escribirles, hablarles desde todas partes y hacerles sentir todo mi amor. Yo sigo leyendo aquellos libros que me hacen viajar, que me hacen soñar, que me hacen vivir cientos de vidas. Mi casa está llena de libros que están al alcance de la mano, de sus manos, de las mías, de las de mis amigos que llegan a casa para compartir una velada, una cena, una tarde cualquiera. Simplemente eso: mantengo los libros al alcance de los niños.