lunes, 2 de septiembre de 2019

141. vientos de septiembre

Terminado agosto los días se vuelven más cálidos, las lluvias comienzan a quedar atrás y la gente siente esa sensación de fiesta en el ambiente. Pronto vendrán las fiestas patrias, las cuecas, las ramadas, el mote con huesillo y las empanadas, el cumpleaños de T, mi cumpleaños, el comienzo de las vacaciones, el verano, el fin del año. Es como si septiembre comenzara a poner en movimiento muchas cosas luego de una buena siesta de invierno, de estar bajo la mantita y con el mate mirando por la ventana la lluvia caer.

De niño el barrio era de tierra, y los vientos de septiembre levantaban esa polvareda que te dejaban todo sucio porque después del colegio todos llegábamos a jugar a la calle, con los bolsillos llenos de bolitas de muchos colores que lanzábamos contra un hoyo hecho en la tierra para ganar las bolitas del otro (del contricante) y así aumentar tu provision de bolitas. También hacíamos girar los trompos con largos cordeles, y elevábamos volantines detrás de casa, porque allí se abría naturalmente una plazoleta donde los cables de la luz estaban lo suficientemente alejados para poder encumbrar en el cielo de septiembre un volantín (o cometa o barrilete) multicolor. Si algún volantín se cortaba y se iba volando libre por el aire, todos corríamos detrás para atraparlo. Las calles se sucedían una tras otras con esa masa de niños corriendo con la vista fija en el cielo, siguiendo el destino de aquella cometa que volaba libre y que iba perdiendo altura poco a poco. Pero el viento era caprichoso y muchas veces lo llevaba hasta un techo inalcanzable, un patio desconocido, o hasta un árbol cuyas ramas destrozaban el delgado papel. Horas después aún seguían las historias de cómo casi lo habías atrapado, o cómo habías corrido más rápido y más lejos que otros que habían quedado en el camino. Las risas y las aventuras reales o inventadas pasaban a ser el tema tras la alocada persecución.

En aquel entonces habían menos automóviles, las calles de tierra estaban llenas de gente y no de vehículos. Las madres salían a comprar el pan y conversaban en alguna esquina sobre la vida. Los niños salíamos como de un grifo mal cerrado, por gotera, de a uno, llenando las calles. Un niño y una pelota bajo el brazo era todo lo necesario para comenzar a llenar la calle. El segundo en salir se acercaba al primero y se iban caminando hasta los árboles de mitad de cuadra porque estaban a la distancia ideal uno de otro, y se transformaban en los arcos de cada uno. La mano derecha arriba y detrás de la cabeza empuñada esperaba las palabras para salir al mismo tiempo y mostrar piedra, papel o tijera, de modo que el ganador elegía siempre la vereda norte donde el sol te daba en la espalda: esa era una pequeña ventaja contra el que quedaba de frente al sol molestándole los ojos. Y así comenzaba el duelo de tiros de arco a arco (imaginario) que en realidad era de árbol a árbol, de vereda a vereda. Entonces comenzaban a llegar otros y aquellos que recibían un gol debían salir y dar paso al nuevo que entraba a defender su arco y así intentar hacer un gol al otro. Y sin darnos cuenta, a veces llegaba la noche en ese ir y venir de un lado al otro, y si llegaban bastantes amigos se cambiaba el juego de los tiros por un partido donde la cancha no tenía límites, ni las tardes, ni los días, ni las noches. Hasta que las madres comenzaban a gritar desde las casas los nombres para que volvieran y solo quedaban unos pocos exhaustos y llenos de tierra, con las zapatillas que pesaban al menos un kilo más con toda la tierra adentro.