miércoles, 21 de junio de 2017

103. Transitando otoños

Siempre parece haber un "último día" de algo. Ayer por ejemplo fue el último día de otoño y hoy ya es invierno. Pero son tantos los otoños transitados, tantos los que terminaron pero volvieron a empezar que me hacen recordar lo mucho que me gustan los ciclos, los cambios de estaciones, los otoños que he transitado. No tengo una predilección especial por los otoños, pero no imagino vivir un año tras otro sin ver las hojas volverse amarillas y caer de las ramas de los árboles tapizando los caminos de magia, mientras el frio viento de la tarde me trae unas ganas de prepararme un café o unos mates para calentar el cuerpo, y de comer unas sopaipillas (tortas fritas) con un poco de pebre o ají. Esas sensaciones no me las trae el verano. Y esa es una diferencia que me hace anhelar que en algún momento llegue otro otoño pasajero, que transite por mi vida trayéndome estas imágenes, estas sensaciones, estos recuerdos. Es cierto que este año el otoño trajo más lluvias adelantando el invierno y la nieve en la cordillera. Con la nieve tapizando la montaña, el viento que llega desde la cordillera es mucho más frío, logrando enfriar el café en menos de un minuto. La estufa se vuelve una compañera obligada de las breves tardes que anochecen rápido. Los fines de semanas nos quedamos acostados hasta tarde, cobijados bajo las sabanas mientras vemos alguna película abrazados. Afuera el viento acaricia la ventana y se cuela por entre imperceptibles rendijas moviendo un poco las cortinas. Pienso en otros otoños, cuando nos quedábamos acostados hasta tarde los cuatro y los dibujos animados eran programa obligado en la televisión. Desde entonces la casa siempre me parece un poco más vacía. Pero la vida sigue, y nuevos otoños traerán nuevos recuerdos, nuevas sensaciones, nuevos libros para leer sentado frente a la estufa. Este otoño - por ejemplo - leí "Los ríos profundos", una novela hermosamente escrita del escritor peruano José María Arguedas. Me gustaría transitar un otoño en Perú, en sus calles, con su gente y su cultura. Eso me recuerda que tuve un otoño en Buenos Aires, un hermoso otoño caminando por el parque Pereira que era un mar de hojas amarillas, y visitando la feria del libro en Palermo, que era otro mar de hojas, pero hojas impresas. Y un otoño en Viena, con sus parques y el hermoso Danubio. Otoños vividos que transitaron en otros sitios, en otras plazas, en otros tiempos.