viernes, 17 de abril de 2026

188. Nostalgia

Hay días en que uno despierta con la sospecha de haber llegado tarde a su propia vida. No es exactamente tristeza —sería más fácil si lo fuera—, sino una especie de nostalgia sin objeto, un recuerdo que no encuentra su fotografía en ningún álbum. A eso, dicen algunos, lo llaman anemoia, pero el nombre apenas roza la superficie de lo que se escapa.

Me pasa, por ejemplo, cuando escucho una música que parece venir de un tiempo que nunca fue mío, y sin embargo insiste en alojarse como si hubiera aprendido a latirme desde antes. O cuando una calle cualquiera, en una ciudad que conozco demasiado bien, decide de pronto comportarse como un decorado ajeno, como si perteneciera a otra historia que olvidé protagonizar.

Hay algo profundamente absurdo en extrañar lo no vivido. Es como si la memoria, cansada de obedecer al pasado, hubiera empezado a inventarse sus propios recuerdos. Y uno, que siempre creyó en la fidelidad de ciertas emociones, termina aceptando esa trampa con una docilidad casi tierna.

Quizá la anemoia no sea más que una grieta en el tiempo —una de esas pequeñas fisuras por donde se cuela lo que pudo haber sido y no fue—. O tal vez sea al revés: una prueba de que no estamos hechos solamente de lo vivido, sino también de aquello que rozamos apenas, de lo que imaginamos con suficiente intensidad como para volverlo casi cierto.

A veces pienso que esa nostalgia sin pasado es, en el fondo, una forma de deseo. No de regresar, porque no hay adónde, sino de pertenecer. Como si en algún pliegue secreto del mundo existiera una versión de nosotros que sí llegó a tiempo, que sí habitó esas escenas que ahora solo podemos intuir.

Entonces uno sigue, como siempre, caminando por esta vida que es la única verificable, pero con la leve sospecha de estar recordando otra. Y en ese equívoco —que no se corrige ni se explica— hay, curiosamente, una forma de consuelo.


jueves, 16 de abril de 2026

187. 4 años de AV

Han pasado solo cuatro años y uno comienza a ver esas diferencias que no nos pertenecen, una biografía completa, con sus pequeñas derrotas, sus alegrías mínimas, sus obsesiones privadas. Hay gestos que se identifican con la memoria heredada: este es de la abuela, este de la madre, acá del padre, ese es muy propio de ella. Y allí, en esos que solo son de ella comienzo a ver que ya está siendo protagonista absoluta de su propio presente, mientras uno apenas ocupa un rol importante en su campo de visión.

Hay algo hermoso en esa expansión súbita de lo real, como si el mundo se multiplicara en todas direcciones sin pedir permiso. Cada vida algo distinto. 

Quizá vivir consista precisamente en eso: en aceptar que hay infinitas vidas sucediendo al mismo tiempo que la nuestra, y que podemos acercarnos y ser parte, o testigos, pero no podemos habitarlas todas sin desaparecer en el intento.

Así hemos armado rompecabezas, jugando a la memoria y adivina quién, preparado una leche para empezar y terminar el día, correr evitando la pinta, escondernos y armar castillos de imanes, jugar al restaurante o a ser médico o paciente, y tantos otros....

Mi alegría es ver cada nuevo logro, risa, conversación, juego, y vida en estos cuatro años, empezando hoy otro nuevo ciclo... Feliz cumpleaños.


martes, 7 de abril de 2026

186. carta a la perspectiva

A veces pienso que la vida no avanza en línea recta, sino en pequeños pliegues que uno apenas percibe, como esas arrugas en la sábana que sólo se revelan cuando la luz entra de costado. Hay decisiones que parecen enormes —casi teatrales—, pero que con el tiempo se deshilachan en lo cotidiano, mientras que otras, mínimas, casi invisibles, terminan sosteniendo el andamiaje secreto de lo que somos.

Hoy, por ejemplo, me detuve en algo tan sencillo como el modo en que el agua cae dentro de un vaso. No fue el agua, claro, sino la forma en que decidí mirarla. Porque uno no ve las cosas: uno elige desde dónde verlas, y en esa elección ya hay un destino insinuándose. Cambiar de perspectiva es, en cierto modo, cambiar de historia sin moverse del sitio.

Me pregunto si no vivimos rodeados de versiones posibles de nosotros mismos, esperando apenas un leve giro de la mirada. Como si cada experiencia fuera un objeto con más de una cara, y nosotros, obstinados, nos empeñáramos en contemplar siempre la misma. Tal vez por eso algunas decisiones nos pesan: no por lo que son, sino por lo que dejamos de ver en ellas.

Hay una trampa delicada en lo simple. Creemos que lo simple es menor, prescindible, cuando en realidad es lo único que no se repite. Ese gesto de cerrar una puerta, esa pausa antes de responder, esa caminata sin propósito aparente… todo eso compone una suerte de idioma secreto que rara vez nos detenemos a traducir.

Pienso que vivir podría ser, apenas, aprender a inclinar un poco la cabeza. No mucho —lo suficiente para que el mundo deje de parecer fijo. Lo suficiente para descubrir que, en cada decisión, incluso en las más triviales, hay un eco de algo más vasto, algo que no termina de decirse pero que insiste.

Quizás la perspectiva no cambie las cosas, pero sí cambia el lugar desde donde las sostenemos. Y a veces, eso basta.

O a veces no, pero al menos es un comienzo.