viernes, 8 de enero de 2016

77. Historias de bicicletas

Subirse por vez primera a una bicicleta es un gran reto. No importa que tenga ruedas pequeñas "de entrenamiento" a los lados para no caerse, la sensación es que esas ruedas van a fallar y nos vamos a caer igual. Poco a poco pedaleamos rompiendo con la fuerza de gravedad y manteniendo el equilibrio nos aventuramos de cara al viento para sentir que nunca hemos sido más libre en una calle.

No logro recordar bien mis primeros pedaleos, pero nunca olvidaré los de mi hija una tarde soleada de primavera. ¡Sujetame bien papá! me grita mientras con determinación comienza a mover sus piernas para dar velocidad a su bicicleta roja. Las rueditas quedan un poco en el aire mientras ella se tambalea y yo la sujeto del asiento para mantenerla equilibrada en el centro de sus dos ruedas. Al comienzo duda y cada tanto se asegura que yo la mantenga bien sujetada.Y entonces viene lo más dificil: un día, cuando ya confía plenamente que no la voy a soltar y ella se concentra solo en pedalear, yo siento que ella logra andar sola y ya no necesita de mi apoyo... y la suelto. Ella continúa sin darse cuenta que ya puede andar sola, alejándose por la calle que es muda testigo de este momento tan significativo.

N tenia una bicicleta de paseo que usabamos ella, su hermano y yo al mismo tiempo. En ella dabamos largos paseos los tres acomodándonos de las maneras más diversas para avanzar y hacer acrobacias al mismo tiempo, imaginando que la vida era un circo y nosotros los circenses.

Todos los días pasaba por una calle en bajada que tenía preferencia en el paso camino a la universidad. Los automóviles se detenían en los cruces de las calles laterales y era inevitable alcanzar gran velocidad. Un día un taxi pasó uno de los cruces sin detenerse y se cruzó en mi camino. Todo pareció suceder en cámara lenta, pero a la vez se sintió como menos de un segundo: el golpe en la rueda delantera, pasar volando por sobre el capó y caer del otro lado rodando en varias vueltas por la calle. Por fortuna lo único que se quebró ese día fue el total de los rayos de la rueda de la bicicleta.

En invierno llegaban las lluvias prolongadas. Pero cuando se vive en una ciudad lluviosa se aprende a moverse al ritmo que nos presenta la vida, y pedalear bajo la lluvia se vuelve parte de una cotidianidad que se disfruta. En efecto, más que la lluvia, eran los charcos que los automovilistas lanzaban hacia los lados lo que verdaderamente molestaba.