domingo, 28 de diciembre de 2025
183. Carta de un pequeño recorrido
jueves, 14 de agosto de 2025
182. Ser pasajero
domingo, 10 de agosto de 2025
181. día del niño interior
viernes, 25 de julio de 2025
180. Carta en el B-day xvi de TD
Ñuñoa, un día como cualquiera, pero tuyo
Querido hijo,
Hoy cumples 16 años y yo, que soy un poco dado a la cuenta regresiva y a pensar en ti en estas fechas especiales, no puedo evitar pensar cuánto tiempo ha pasado desde que llegaste a este mundo —o mejor, desde que, al igual que cuando llegaron tus hermanos, lo hiciste más habitable. No sé si te lo imaginarás, yo siempre tengo esperanzas que sí, pero hay una ternura que se me acumula en el pecho cuando te pienso y te veo en plena fuga hacia el mundo, en esa edad donde se empieza a caminar con preguntas y no sólo con los pies.
Dieciséis es una cifra con rebote, como esas pelotas que no sabes hacia dónde irán después del segundo pique. Estás justo en ese lugar medio raro, entre el chico que fuiste y el tipo que estás armando. Es difícil, lo sé. A veces te vas a sentir partido entre lo que esperas de ti y lo que los otros esperan, y a veces no va a encajar ninguna de las dos cosas. Te va a doler un poco. Es parte del oficio de vivir.
Te escribo esta carta como quien lanza una semilla al aire, pero con la esperanza de que no se pierda al enterrarse, sino que florezca y la leas con un café, una risa, o una duda en la mano. Me gustaría que llevaras algunas cosas en la valija invisible que todos tenemos (sí, incluso tú, aunque creas que no la usas):
-
Aprende a escuchar lo que no se dice. No todo lo importante se pronuncia. A veces está en una pausa, en un gesto mínimo, en un silencio que pesa. Eso vale para los otros… y para ti.
-
No seas demasiado obediente. Pero ojo, tampoco seas rebelde por sistema. Elige bien a qué cosas les dices que no, y asegúrate de que ese no te defienda, no te encierre.
-
Juega, incluso cuando te digan que ya no es tiempo. Los adultos —ese gremio desorientado al que inevitablemente vas a entrar— suelen olvidar que el juego no es pérdida de tiempo, sino su mejor uso.
-
El amor es un desorden hermoso. No hay manual, ni instrucciones, ni garantía. Pero si lo sientes de verdad, no lo abandones por miedo a perder. Todo lo que vale se arriesga.
-
Lee, si puedes, y escribe, si quieres. No por mí, por ti. Los libros no dan respuestas, pero a veces acompañan mejor que muchos humanos. Y escribir —aun cuando sea solo para uno mismo— es una forma de entender el caos.
-
No te preocupes por “ser alguien”. Ya eres. Sos vos. No necesitas destacarte, ni competir, ni compararte. Viví como si tu nombre fuera una flor rara: no se parece a ninguna otra, ni falta que le hace.
Te veo, cuando se puede, cuando algo se deja ver, desde la distancia y el cariño, y me emociona pensar cómo será tu forma de mirar el mundo, con una mezcla de curiosidad y pudor, de coraje y desconcierto. Estás vivo, y eso ya es una forma de belleza.
No tengo herencias de oro para dejarte, pero ojalá esta carta te sirva algún día como un abrigo liviano para cuando se te enfríe el alma. O como un papelito doblado en el bolsillo que diga: “Sí, todo esto tiene sentido, incluso cuando no lo parece”.
Brinda por ti, esta noche y siempre. Yo lo haré también, desde donde esté, con un mate, un café, o un vino tinto algo torpe y una sonrisa que no necesita traducción.
Con todo lo que tengo y lo que no he sabido tener,
Tu viejo,
Alejandro.
martes, 8 de julio de 2025
179. 5 años de AE
Este año fuimos cuatro más dos más uno más dos, como si el amor también se pudiera contar con los dedos de una mano extendida al sol. Estuvimos los cuatro de siempre, más la abuela Mi que dice poco pero dice justo, el abuelo Ch que se ríe como si supiera un secreto, la abuela Ma con su voz de casa, y la tía Ju con el tío To, que trae siempre historias de la playa como si nos compartieran un trozo de arena, sal y viento. Un cumpleaños íntimo, decimos, pero íntimo no significa pequeño sino profundo: con la gente que se ama como se ama lo tibio en una tarde que va girando hacia el frío.
Veinte grados, el sol como una caricia bien medida, sin exagerar. Pero a la noche el frío, que viene de puntillas desde la montaña nevada, se nota. Igual en casa se está bien, como si las paredes supieran lo que tienen que hacer.
AE, ahora, es una niña sociable, como si llevara un radar secreto para detectar las emociones de los otros. Tiene esa compasión que a veces le desborda, y no sabe todavía qué hacer con tanto. Obedece con alegría, da gracias como si fueran piedritas de río, y ríe, ríe mucho, con una risa que inventa el día de nuevo. Canta sin razón, baila con el viento, juega con el agua, la tierra, el sol, las muñecas, como si todo fuera un mismo idioma. Con su hermana es buena, muy buena, como una maestra diminuta que enseña sin corregir. Tiene una paciencia de esas que no se compran, ni se aprenden, ni se explican. Le gustan las cosas reales, las que se tocan, se huelen, se ensucian. Las pantallas no le ganan todavía, y eso, en estos días, es casi milagro.
El parque es su escenario favorito: el tobogán como una ola quieta, el monopatín que vuela bajito, la bicicleta que le susurra secretos en cada pedaleo. Le gusta la escondida, los cuentos leídos con voz de teatro, los gatos que se dejan acariciar, los unicornios que no existen pero deberían, los arcoíris que sí, y la vuelta a la manzana, que es más que una vuelta si se camina con alguien querido. Ir al colegio es un vaivén: le gusta, sí, pero a veces no quiere, porque hay compañeros duros, casi de piedra, que se burlan sin saber el daño que hacen. Todavía no aprende a decir basta, a marcar el límite, a defender su pequeño territorio, pero ya pronto, sin duda.
Su paladar tiene reino propio: el ramen como un abrazo caldoso, la salsa de tomate que es como una fiesta roja, los fideos largos que se escapan del tenedor con elegancia. Le gusta la sopa, el pan con palta, las galletas redondas que parecen lunas, el helado con pelotitas que crujen como estrellas, el queque, las medialunas, todo lo dulce como si el azúcar llevara alguna promesa. Y sí, paso a paso, intentamos que entienda que hay que querer al dulce, pero sin dejar que mande.
Los Octonautas la siguen fascinando, como si el fondo del mar fuera su barrio. Las películas: Moana, El Libro de la Selva, viejas amigas que visitan el sofá. Ya no duerme siesta, salvo alguna trampa del cansancio. Se levanta como a las ocho, se duerme a las nueve, pide un abrazo para caer en ese otro mundo que es el sueño. A veces uno se queda allí, abrazándola, solo para recordar que está creciendo, pero todavía cabe entera entre los brazos.
El día del cumpleaños hicimos asado, mates, café, torta de Mickey. La montaña allá, blanca de tan alta. El cielo con luna creciente, casi llena, como si supiera que el día merecía un broche de luz. No hacía frío. Era uno de esos días que se quedan, como postales en la memoria, o como esas palabras que no se escriben, pero se sienten.
lunes, 5 de mayo de 2025
178. La sospecha del sentido
No sé si a usted le pasa, pero hay días en que uno se levanta con la sospecha terca de que todo lo aprendido (en el colegio, con los padres, de los libros que no escogió), fue un error bien maquillado. Mucho no ha sido con malicia; mas bien es el traspaso de una cultura heredada mucho antes que nosotros llegáramos a habitar. Pero cuando piensas en ello, se te queda un sabor extraño, como el de una interrogante que no se borra con el café, o como el de un perfume raro, que huele y sabe a duda.
Y es que uno empieza a sospechar, tarde o temprano, que el sentido - ese gran tirano de la filosofía - no viene incluido con la vida. Hay quienes lo buscan en la iglesia, o en una causa, o en un forma de vida que busca la tibieza del otro, aunque solo sea por un momento.
Siempre quise ser una buena persona, aunque esa palabra - buena - sea tan elástica, tan sospechosa como una promesa que uno se hace a sí mismo frente al abismo, o frente al espejo. Quise hacer las cosas bien, tener una vida mas o menos decente, de esas que se pueden contar sin bajar la voz ni desviar la mirada. Siempre confié en lo que me enseñaron de la vida, de Dios, de la humanidad, de la ciencia y de la sociedad, como en una brújula de vida, como en aquello que le daba sentido a la existencia. Pero entonces, un día, las cosas no parecen ser tan blancas o negras. Incluso parecen menos seguras, con menos cuerpo y mucho más volátiles. Y luego, otras experiencias te enseñan que tampoco importa mucho aquello que recuerdas como una verdad con sentido, porque la vida no parece ser mucho más que la versión de un recuerdo mal rebobinado, adaptado a aquel que relata aquella supuesta verdad en forma de recuerdo, que trae un detalle nuevo, una nueva omisión, un temblor distinto de la voz que lo relata.
Entonces nos asalta la idea - como un gato que se cuela en medio de la noche - que parece que, tal vez vivir, no es otra cosa que hacer las pases con uno mismo, con los aciertos, con los errores, con los olvidos, con la incerteza de los recuerdos. Incluso con la sospecha de que no hay verdades en la historia misma, en el relato del mundo. Y me pregunto si la vida puede ser otra cosa, más plena, más justa, más luminosa, solo porque necesitamos ese espejismo para seguir adelante, para levantarnos cada día sin que la sospecha del sentido nos devore.
Uno quiere una vida plena, claro, pero no cualquier plenitud. No quiere mentiras disfrazadas de verdades que brillan o con una falsa felicidad garantizada. No. Uno quiere una plenitud que no se caiga a pedazos cuando descubras que todo es solo una narración del mundo, de la historia, de la vida, la sociedad y la familia que no tiene mas sustento que el de creer ciegamente en ello.
Entonces, uno se puede volver escéptico, pero no cínico. Puede aprender a amar la duda como se ama una planta que crece lento pero fuerte. Nos volvemos humanistas sin corbata, cuidadores del otro sin la vara del pastor, sino que simplemente porque el otro importa tanto como nosotros, y también está en el camino de buscar respuestas e intentar no hundirse en el camino.
A veces sueño con una vida tranquila, sencilla, no de esas en que uno se va al campo a vivir con el perro y los libros de poemas - aunque muy tentador - , sino para que la vida vuelva a tener proporción de sentido, de habitar con los otros, de conectar con lo que nos toca vivir en este universo.
Así, vamos buscándole sentido a este asunto raro de estar vivos. A esta mala jugada de la que a veces nos ha tocado ser parte, donde no entendemos nada. Donde la justicia muchas veces no existe, y a pocos parece importarles. Y vivimos, con esa sospecha de que tal vez no haya respuesta definitiva, ni propósito, ni sentido, solo preguntas, verdades a medias y que siguen cambiando, para que finalmente el verdadero sentido de la vida sea aquel que cada uno de nosotros le otorgue a su propia vida.
Quizá, si algo me pesa, es haber creído que existe una especie de justicia cósmica. En mi ingenuidad, pensé que la vida se encargaba, que hay una lógica secreta y silenciosa, intangible, que hace que lo correcto finalmente suceda. Pero la vida, lo entiendo ahora, no toma partidos. No premia al que espera, ni castiga al que huye, o al injusto. Simplemente avanza, indiferente, como una corriente que no pregunta si sabemos nadar. Y lo que queda, una vez que ciertos momentos han pasado, es una suerte de inventario emocional: lo que se dijo, lo que no se dijo, los abrazos que se dieron, los gestos que faltaron, las palabras que no se dijeron, la calidez que ahora se ha ido, donde ya no hay destinatarios para ello. Supongo que de eso se trata en el fondo: de aprender a vivir con lo que fue, y con lo que supimos que era importante hasta que dejo de estar, o de serlo.
Es inevitable que algunas preguntas regresen una y otra vez, como un perro sin amo. Y aún así, seguimos andando, porque no hay otra forma de estar vivos.
miércoles, 16 de abril de 2025
177. 3 años de AV
Este año fuimos solo nosotros cuatro, como si el mundo se hubiera hecho más chico, pero más profundo. Un cumpleaños íntimo, decimos, y en ese íntimo caben los abrazos que viajan por videollamada, los mensajes que zumban como abejas queriendo estar cerca. Nadie más en la mesa, pero todos, de algún modo, en el corazón del día.
El sol, a veinticuatro grados, se quedó largo rato entre las macetas y los juegos, y la casa se llenó de esa tibieza que parece una caricia que no pide permiso. A la noche, el frío vino como siempre: callado y azul, pero en casa se está bien, como dentro de una canción que ya conocemos.
AV conversa. Conversa en serio. Tiene palabras que rebotan como pelotas suaves, y aunque cambia las “ch” por “t”, como si fueran piezas de un rompecabezas con otro diseño, uno entiende todo. Dice “totolate” y “tiquitita”, pero “leche” la dice perfecta, como si esa palabra tuviera una casa aparte, con techo propio y ventanas abiertas. Y claro, la leche cada dos horas, como un reloj blanco que no falla.
Va al jardín a jornada completa, lo cual suena a oficina de juegos y dibujos. Le gusta pintar, bailar, y más que todo cantar. Canta como si se le fuera el alma por la boca pero sin que duela, y de vez en cuando se cuela un Diego Topa, una Diana y Roma, un Sherif Labrador, Bluey, los Meñiques. Todo cabe en su repertorio. Sabe contar hasta cincuenta, y cuando encuentra palabras en inglés las señala como si fueran bichitos de otro color. Le gustan los cuentos: los de Paw Patrol, los de las niñas que juegan en casa. Camina con su muñeca en cochecito, como si el mundo fuera una gran calle para pasear afectos. Duerme con su peluche de Minnie Mouse, y no se duerme sin él, como si la noche necesitara testigos.
No duerme siesta. No usa pañales, salvo por las noches, cuando el cuerpo ya no pelea con el sueño. Ha crecido, mucho. A veces ordena, a veces no. Juega sola, juega con su hermana, juega como si jugar fuera una forma de resistir el paso del tiempo. Le gusta la pinta, la escondida, cocinar aire, preparar pociones con cosas invisibles. No le gustan mucho las fotos, como si supiera que hay cosas que no se pueden encerrar en un clic.
Va al parque como quien va a un santuario. En especial al pasaje con gallinas, que para ella son como primas emplumadas. Anda descalza, como si el suelo fuera parte de su cuerpo. Dice "te amo" con una frecuencia que desarma. Se duerme a las nueve, se despierta a las siete, brinca en la cama cuando puede, y a veces cuando no puede también.
No se ha resfriado casi en todo un año, y cuando lo hace, el resfriado parece pedir permiso y pasar de puntillas. Mide noventa y cinco centímetros. Pesa quince kilos. Y todo eso cabe en ella, en esa pequeña persona que ya es un mundo con leyes propias, con risa propia, con amor suficiente para iluminar una casa entera.
jueves, 10 de abril de 2025
176. enero, febrero, marzo
Rutina aproximada
8.00 Levantarse, movimiento fluido, leer algo breve.
9.00 Tomar desayuno en familia: café con leche, pan con palta y huevos, mate, bizcocho, galleta.
11.00 Aseo hostal, jardín, jugar con las pequeñas
13.00 Almuerzo, papas y pastas, ensalada, arroz, legumbres.
14.00 Encerrarse en casa para evitar el calor de la tarde. Ver series, películas, conversar, jugar, escuchar música.
17.00 Piscina!
18.00 - 20.00 Salir al patio a disfrutar del viento fresco, mate, pan con queso y jamón, huevos, paseo por el barrio
21.00 Cena y atardecer en el patio.
23.00 Cerrar rejas, mirar las estrellas y la luna, quedarse en el patio aún cálido.
23.30 Agradecer, estirar, darse una ducha, Dormir
---
Meses con muchos días de sol y calor, promedio 35 grados de temperatura (a la sombra), pero la casa es fresca y agradable, el patio cubierto por quitasoles y mallasombras.
Salud con dolor de pie y espalda en enero, alergia. Febrero con ejercicios para fortalecer el pie, espalda. Marzo sin dolor! al fin. resultaron los ejercicios.
---
ENERO y FEBRERO
Visita de papá, mamá, suegra y suegro. Los 4 abuelos en casa. las pequeñas felices. Conversar, comer, los días pasan rápidos y calurosos, siestas en las tardes para todos menos yo y AE, tardes calurosas, noches frescas, labores en el hostal, el sol quema, las plantas se secan, no florecen, sufren incluso a la sombra.
Todo enero estuvieron los abuelos de Buenos Aires, Mamá se fue a la playa en Las Cruces y luego a Concepción. Papá a Conce, Rere, Arauco, también Córdoba Argentina. Pasó pocos días con nosotros en casa, pero fueron lindos días.
En febrero muchas construcciones y reparaciones en casa: techo, bodega, habitación con baño privado, canaletas, y otros detalles.
Lo bueno es que no nos refriamos ni nada en verano, solo buena salud (excepto yo con alergia durante enero, nada tan sufrible) y dolor de fascitis plantar (eso si es muy molesto).
Las noches bellas, nos quedábamos viendo las estrellas, compartiendo y disfrutando de un bello verano.
El cumpleaños de Silvi fue a medias, pues justo ese día se cortó la luz en todo el país!! todo Chile sin luz, así que caos total en el trafico, supermercados y lo que significa que algo de esa magnitud ocurra. Aún así, dos amigos de ella se presentaron unos momentos para saludar y compartir la torta, las cositas ricas que preparamos y que nos duraron toda la semana, porque casi todo sobró y lo guardamos en el refrigerador para ir comiendo un poco cada día.
MARZO
Con la llegada de los estudiantes, la casa se llena de vida, de movimiento, y las finanzas comienzan a arreglarse poco a poco. Siempre hay cosas que hacer y mantener, y este es además un mes de muchos pagos (colegio, patente, etc). Siguió el verano en este mes, las tardes calurosas, el sol no da treguas, y las pequeñas entran al jardín y al colegio. Nuevas etapas, nuevos desafíos, nuevas alegrías.
Tanto el año pasado como este comienzo de año han sido tranquilos en muchos aspectos, con una vida generalmente bella, no excento de los problemas naturales a vivir. Nuestros mayores problemas son las finanzas, lograr llegar a final de mes, pagar todos los compromisos adquiridos, tener para seguir arreglando la casa, vivir con mayor comodidad, sin el temor de quedarnos sin trabajo y con ello sin nada para comer, pagar, continuar. Pero confío en lo que hacemos, nos seguirá yendo cada vez mejor, y vivir tranquilos y con una felicidad cotidiana serena.
martes, 8 de abril de 2025
175. Otoño otra vez
Ya es Otoño, otra vez.
Y también un borrador con ese nombre, pequeño proyecto de novela, como si el título hubiera llegado primero, tocando la puerta en la forma de una brisa tibia que ya no era del verano.
La vida, claro, se repite pero no se copia. Ciclos que no calcan, que regresan distintos. Hasta hace poco todavía pensaba en lo mucho que me gusta el verano: andar como los gatos, con lo mínimo, sandalia, pantalón corto, polera. Todo el día, toda la noche, como si el cuerpo también quisiera vacaciones.
Claro que enero y febrero tienen esa hora ingrata donde el calor muerde, donde el patio arde y uno se esconde. Pero después baja el sol, se aquieta el aire, y las noches —ah, las noches— son casi un lugar para vivir.
Ahora no. Ahora son las tardes las que nos regalan un poco de tregua. Las noches y las madrugadas se llenan de frío, de bufandas, de suspiros que se ven. Hay días en que no calienta ni la memoria del verano.
Nos vestimos de manga larga, de pantalón largo, como si cada prenda fuera una hoja más que cae sobre el cuerpo.
Pero hay belleza. Siempre hay belleza en el otoño si uno sabe dónde mirar.
La luz que se pone más dorada, más oblicua.
Los árboles que se inventan otros colores.
El viento que cuenta historias.
Los mates que vuelven como un rito.
El yoga al atardecer, con el sol cruzando los dedos de las ramas.
Las películas que regresan porque afuera se oscurece más temprano.
Y hay flores, sí, como si también ellas quisieran decir: “Todavía estamos”.
AE comenzó un colegio nuevo. Queda cerca, así que cada mañana y cada regreso es una caminata de un kilómetro, ida y vuelta, como si el trayecto también educara.
Calle arbolada, pasos compartidos, palabras al vuelo.
A ella le gusta ir, aprender, conocer. Tiene algo en la mirada que busca, que pregunta sin hablar.
AV sigue en el jardín. Le gusta menos, dice que no, que prefiere estar con nosotras, con su mundo pequeño y enorme a la vez.
Los horarios se intercalan, los tiempos se recortan, como un rompecabezas armado a diario.
Pero ellas ya juegan juntas.
Nos dan espacio.
Y en ese espacio, se cuela algo de silencio.
Algo de nosotros.
Podemos trabajar.
Podemos hacer lo que se debe.
Y a veces también lo que se quiere.
Este año, por primera vez, los cuatro abuelos bajo el mismo techo. Enero los trajo como se traen las lluvias suaves: sin aviso, sin certeza de repetición.
Estaban todos.
Y nosotros.
Y las niñas.
Hubo momentos lindos, de esos que se esconden en las rendijas del tiempo.
¿Volverá a suceder?
Lo dudo.
¿Quién puede saber lo que vendrá?
Nadie.
Pero lo que vino, lo que fue, se queda.