domingo, 28 de diciembre de 2025

183. Carta de un pequeño recorrido

Carta a 49 años de mirar el mundo.

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Nací en Concepción, en 1976, aunque decirlo así es una forma demasiado lineal de empezar. Igualmente sirve de contexto. 

Mis primeros recuerdos no tienen fechas ni rostros definidos; son más bien lugares que se desplazan, como si la memoria tuviera ruedas invisibles. La casa de calle Tucapel, después las dos de Ejército. Cambiar de casa era cambiar de mundo, aunque el mundo siguiera siendo el mismo barrio, las mismas calles de tierra, los mismos árboles donde los gorriones se posaban como si nada fuera urgente.

Recuerdo el cielo exageradamente azul, las nubes blancas, el bracero encendido en la tarde y el olor a naranja quemada entre las cenizas. El gato cerca, buscando calor; el perro en el patio, dentro de su pequeña casa, para no mojarse. Quizá ahí aparecieron mis primeras intuiciones sobre lo distinta que podía ser la vida para unos y otros, aunque entonces no tuviera palabras para decirlo.

El vecindario era una extensión natural de la familia. Salir a comprar el pan y la leche en bolsa era también salir a conversar. Se jugaba en la calle, se golpeaban puertas sin timbre:
—¿Se puede?
—Pase no más.

Las casas de los amigos eran una prolongación de la propia casa, o tal vez al revés. Allí se aprendía a estar con otros sin demasiadas explicaciones, sin manuales, sin horarios. Fueron años de comunidad. La familia se reunía durante la semana y los domingos. Los vecinos se saludaban, conversaban, tomábamos once juntos algunas tardes. Íbamos al estadio o a las canchas del barrio. La infancia transcurría entre fútbol, volantines, bolitas y trompos; entre patios embarrados, lluvia persistente, novelas de la tarde, Sábado Gigante y, casi en silencio, la separación de mis padres. Algo que no entendía, pero que aceptaba como parte de la manera en que el mundo parecía funcionar.

La escuela fue, como para muchos de mi generación, una prolongación del orden militar. Trece años de filas por estatura, uniformes impecables, corte de cabello vigilado.
—Buenos días, jóvenes.
—Buenos días, profesor.
—Pueden tomar asiento.
—Gracias, profesor.

Nos sentábamos derechos, las manos sobre la mesa, esperando la próxima instrucción. El mundo parecía organizarse así: alguien daba órdenes y otros aprendíamos a obedecerlas. Nos enseñaban de Dios, de la patria, y de que habíamos nacido en un país privilegiado en comparación con los vecinos. También nos dijeron que el mar era inagotable, que el agua sobraba, que se podía usar, gastar y botar sin consecuencias. Uno crece creyendo esas cosas y tarda décadas en desaprenderlas.

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Mis recuerdos son pequeños y persistentes. Poca televisión: Tom y Jerry, algunos dibujos animados en horarios escasos. Mucha radio. Música de la época. Tareas, juegos con amigos, y las comidas en casa de mi abuela Marta, donde todo tenía un sabor más lento. A veces íbamos al campo de Challito, en Ñipas, con la tía Martita; otras, al de Los Ángeles, con la abuela Juana. Conversaciones largas, risas, familia. Ahí aprendí algo que tardaría muchos años en entender de verdad: las relaciones importan más que los logros. Es una lástima haber dedicado tanto tiempo a sumar logros y tan poco a estar con quienes amaba.

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Durante mucho tiempo pensé que las mujeres dominaban el mundo. Ellas se quedaban en casa, organizaban la vida, administraban el dinero que los hombres salían a ganar en jornadas interminables. El trabajo remunerado me parecía algo indeseable, casi una condena. Yo quería quedarme en casa. ¿Para qué trabajar tanto, si apenas alcanzaba para vivir? Ni siquiera para un helado al salir al centro, menos para el cine. De ahí nació una idea simple: si había que trabajar, que fuera para algo más. Por eso la universidad se volvió una meta. Quizá ahí aprendí otra cosa, menos evidente: nadie tiene realmente todo resuelto.

En los años ochenta jugábamos en la calle. Calles de tierra, casi sin autos. Pasaban más carretones tirados por bueyes y caballos que vehículos. Cuando aparecía uno a lo lejos, lo sensato era entrar a la casa. Podía ser de esos autos de los que convenía esconderse, por el solo hecho de vivir ahí. La dictadura estaba presente como una sombra cotidiana: el miedo, la represión, el odio mezclado con temor hacia el comunismo. Los cortes de luz, las fogatas cada 11 de septiembre. Aún hoy me cuesta entender que una parte importante del país siga avalando aquello, tantos años después. Con el tiempo aprendí algo incómodo: lo que para unos es intolerable, para otros resulta perfectamente aceptable.

Y entonces aparecen preguntas que no se dejan atrapar:
¿Todo vale en política?
¿La ética depende del contexto?
¿El deseo de orden es más fuerte que el de cooperación?

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En los noventa yo tenía catorce años. Volvió la democracia y el miedo comenzó a retirarse, reemplazado por la esperanza. Vinieron muchos cambios: el teléfono del barrio, luego el teléfono en cada casa; los primeros amores y desamores; los primeros viajes a ciudades vecinas, y la sensación de que el mundo ya no estaba tan lejano. La música y la cultura pop extranjera llegaron sin avisar: Fito, Charly, Soda Stereo, Nirvana, Guns… Y con ellos, preguntas que no tenían respuesta inmediata. La globalización se colaba en cada patio, en cada conversación, en cada libro que alguien conseguía. Lo extranjero era mejor que lo nacional, porque no traía discursos o reclamos políticos. Las radios cambiaron de AM a FM.

Sobre todo llegó el crédito, los electrodomésticos y la tecnología desde afuera. Más barato, pero duraba menos. Así nos fuimos acostumbrando a comprar, y tirar, reemplazar en vez de arreglar o re usar, mantener y cuidar.

Incluso los pañales dejaron de ser de género y pasaron a ser desechables. Mucho más cómodo. (Y contaminante).

Lo social también comenzó a dejarse de lado por lo individual.

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La pregunta insistente era: ¿qué voy a ser? Músico, escritor, científico, comerciante, maestro de la construcción y de arreglos varios. Todo parecía posible y, al mismo tiempo, improbable. La universidad llegó, la iglesia también. Fueron años de tardes de fútbol y ping-pong, radios encendidas, casetes grabados, ver pasar micros desde la vereda, campamentos de verano, inviernos junto a la estufa de parafina, películas vistas con atención casi religiosa, caminatas por la línea del tren. Los libros: Homero, Verne, Dumas, los rusos; poetas chilenos, autores argentinos. Borges, Cortázar. Descubrí que la literatura no era un adorno, sino una manera de entender la realidad.

Aprendí que la vida no es necesariamente satisfactoria, pero tiene momentos que llegan solos y otros que hay que ir a buscar. La felicidad es escasa: se construye, se intenta.

En 1994 entré a la Universidad de Concepción a estudiar ciencias. Trabajaba y estudiaba, dormía poco, pensaba mucho. Pasaba los días entre aulas, laboratorios, la biblioteca central y los pastos bajo los árboles. Con algunos amigos armamos una revista de literatura. Hubo debates políticos, largas conversaciones sobre el sentido de todo esto. Nada era seguro. ¿Terminaría la universidad? ¿Para qué tanto esfuerzo? Y ¿Dónde estaban los cambios prometidos para un Chile más inclusivo?
 
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En esa época, el servicio militar era obligatorio. Yo podía seguir estudiando en la universidad (me eximía del servicio militar) o ir a una misión.
En la iglesia, ir a una misión parecía un mandato moderno. Como la vida me daba un poco lo mismo en cualquier escenario, (menos en el del servicio militar), detuve mis estudios y me fui. En el peor de los escenarios, solo perdería dos años. En el mejor, sería una inversión en experiencia. Fueron buenos años, entre 1996 y 1998, entre mis diecinueve y veintiún años. Aprendí sobre esfuerzo, pobreza y riqueza, convivencia, hablar y escribir en inglés, y a escribir con todos los dedos en el teclado. Fue la primera vez que salí del barrio. Vi otro Chile: Viña, Valparaíso, Coquimbo, La Serena. También conocí algo de la vida en Estados Unidos a través de las personas, los gringos que venian de misioneros. 

Después volví. A la universidad. A eso que llamamos, con cierta ligereza, la vida real.

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El año 2000 trajo desilusión y esperanza al mismo tiempo. Chile crecía, pero no para todos. Llegaron los celulares, las cámaras digitales, mp3, televisores enormes, y con ellos, nuevas formas de mirar y mirarse: más rápidas, más solitarias. Concepción cambiaba, pero nadie preguntaba si uno estaba listo. Y yo tampoco estaba listo, claro, pero seguí igual.

La vida empezaba a ser muy distinta, y aunque pensábamos que ese futuro de ciencia ficción estaba llegando, todavía nos parecía algo lejano.

La sociedad ya no solo comenzaba a acumular cosas materiales, sino también titulos. Ya no bastaba solo con un título profesional para que te contraten, necesitabas una o varias especialidades. 

Ese decenio fue una acumulación: Magíster, Doctorado, matrimonio, hijos, separación. Como si la vida decidiera avanzar por suma y no por resta, sin advertirme que todo exceso se cobra después, con intereses. En 2006 nos fuimos a Santiago. Digo “nos” y no estoy seguro de quiénes éramos exactamente. La familia creció de tres a cinco, que es una forma elegante de decir que el tiempo se fragmentó.

Tayra nació en 2001, en Concepción.
Tomás en 2008, en Viña del Mar.
Thiago en 2009, en Santiago.

Tres ciudades, tres nacimientos, tres maneras distintas de llegar al mundo. A veces me pregunto si eso no explica más de lo que creemos. Compramos una casa, autos, una moto. Compramos también la idea de que trabajar mucho era una forma de amor. Estudié, trabajé, volví a trabajar. Demasiado. Casi no vi crecer a mis hijos. Aprendí tarde que el tiempo vale más que el dinero y que las promesas, si no se cumplen, se vuelven ruido.


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Desde 2005 comenzamos a separarnos, aunque nadie lo dijo en voz alta. Hubo idas y vueltas, intentos que duraban lo que dura un buen propósito, mentiras piadosas, dolor sin épica. El mundo iba rápido y nosotros intentábamos no quedarnos atrás, sin notar que ya nos habíamos perdido. Había dinero, pero no tiempo; planes, pero no familia. En 2010 llegó el divorcio, que no fue un final sino un punto y coma.

Después vinieron los años desordenados: casas prestadas, piezas ajenas, ciudades que no alcanzaban a volverse propias, incluso la calle. Trabajé donde pude. Me sentí profundamente solo. Hay dos edades en las que recuerdo esa soledad con precisión casi clínica: a los diez años y a los treinta y tres. No es coincidencia: en la primera fue poco desde la separación de mis padres. La segunda, poco después de mi propia separación.

La vida no se detiene por consideración. Cuando aparece el trabajo, algo se alinea, aunque sea provisoriamente. Y uno entiende —o empieza a entender— que el fracaso no vino a destruirte, sino a explicarte algo que no habías querido escuchar.


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Santiago estaba en pleno cambio cuando llegamos a vivir. Cambio en el transporte, las calles, la forma en que la ciudad comenzaba una explosión de crecimiento. Eso también se nos adentró y nos cambió lo suficiente para reconocer que debimos poner un poco más de pausa.

A veces muchas luces nos ciegan.

Entonces me pareció creer que tenía una vida bastante consolidada, con los problemas comunes a una familia promedio, y confiaba que encontraríamos una manera de solucionarlo de manera objetiva y razonable.

El segundo semestre de 2008 viajé a Viena, Austria. No era un viaje cualquiera: me acompañaba la preocupación por mi padre, al que le habían detectado un cáncer. Por fortuna, la enfermedad se controló a tiempo, pero la experiencia dejó marcas invisibles, que uno solo nota después, como una brisa que mueve algo adentro. Viena era otra vida: calles limpias, cafés con mesas largas, un idioma que me parecía una canción rara, y la sensación de que todo estaba más ordenado, aunque no supiera aún qué hacía yo en ese patio ajeno. Latinoamérica me tiraba de la memoria, de las rutinas, de la esperanza de que todo mejore. Pero no podía estar en dos lugares a la vez. Al volver, nada había cambiado, y sin embargo yo era otro.

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Aquí hago un pausa o interludio con mis "casi" encuentros con la muerte. En 2009, recién regresaba de Viena y me dió peritonitis. Sobreviví por poco, me operaron de urgencia. En 2013 cometí un error y casi morimos por inhalación de monóxido de carbono.
Antes, en 2001 en Concepción y en 2012 en La Reina, Santiago, me atropellaron en bicicleta. En realidad, atropellaron mis bicicletas, yo reaccioné a tiempo y me salí del camino evitando ser atropellado.
En 2011 un automóvil se pasó un disco Pare. Iba en motocicleta.

¿Sirvieron de algo esas casi muertes?
Para ver que la vida es cambio, flexible, improbable, y que yo mismo debía dejar atrás mis malas creencias, mis malos aprendizajes y reemplazarlos por nuevos, más flexibles, reales, sencillos... Porque la vida es breve, difícil, a veces hermosa. Y puede ser más hermosa de manera cotidiana, pero hay que empezar de nuevo, mirar bien donde antes se miraba mal.

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Entre 2009 y 2012 el mundo se aceleró. Pero yo me calmé un poco. Más bicicleta, más motocicleta. Más vida, y también esas casi muertes.

El tiempo se lo llevaban el trabajo, las demandas en tribunales de familia. Pero también había música, viajes, encuentros, desencuentros. Cambios que parecían pequeños y, en retrospectiva, eran terremotos interiores. Incluso abandoné toda forma de iglesia, y comencé con una espiritualidad interior más real.

Lo peor era la incertidumbre: aunque me encantaba mi trabajo, el sueldo apenas alcanzaba para pagar pensión alimenticia, el colegio de los niños sin poder verlos aunque quisiera; arriendo, comida. Vivía en un equilibrio frágil, donde todo dependía de llegar a fin de mes, entregar lo que se debía, y empezar el ciclo otra vez.

Lo peor era la incertidumbre sobre el cierre del centro de investigación donde trabajaba. Entre 2012 y 2018, cada año era el último. Hasta que fue el último.

Para entonces había cambiado la tecnología: celular con pantalla grande y táctil, notebook y tablets que cambiaron la forma de aprender y entretenerse, mediante streaming.

Las redes sociales que exigían tu tiempo, subir tu vida, tus viajes, lo que comes. Pero siempre perfecto: una mentira, no una realidad.

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Decidí algunas cosas, que el tiempo después iría derribando, pero que en ese momento me parecían razonables:

Vivir solo podía ser correcto, pero somos seres sociales. La vida compartida es más rica que la soledad.

Mi pareja, si la había de tener, debería ser independiente, sin deseos de nuevos hijos. Yo ya tenía tres que apenas veía.

Soñé con la idea de alternar la convivencia: días juntos, días separados, para preservar la individualidad y evitar la rutina fatal.

Toda relación debía ser tú, yo y nosotros: sin fusiones imposibles, sin perder la libertad que nos hace humanos.

La vida, pensé, debía ser simple, responsable, tranquila.



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En 2012 conocí a Silvina, en Playa Las Docas. Qué bueno que nos encontramos en ese momento y no antes. Al principio ella parecía cumplir todas las condiciones que había imaginado; luego, paradójicamente, esas mismas condiciones nos llevaron a decidir: vivir juntos o seguir caminos separados. No fue fácil; tuve que abandonar casi todas mis reglas. Ella es argentina, más joven, y en aquel entonces no quería hijos. Vivir juntos fue el primer paso de algo que no sabíamos cómo terminaría.

La vida siguió. Vinieron viajes por Chile y Argentina, hermosos paisajes, ciudades, comidas; años de aprendizaje, también nuevas dificultades: crisis de pánico, cuatro años de terapia. Aprendí que cuidar la salud mental no es opcional; que el cuerpo y la mente se cuidan como se cuida un árbol que da frutos cada temporada.

Desde 2015 todo se fue complicando demasiado. Mucha tecnología, cambio de hábitos sociales, despidos de nuestros trabajos. También muertes, estallido social, pandemia. Encierro, escritura, pausa. Pero, sorprendentemente, felicidad: sonrisas compartidas, conversaciones que se prolongaban hasta que la noche no daba más, pequeños momentos que parecían grandes. Vivir con ella es una de esas decisiones que uno no termina de agradecer lo suficiente, por lo improbable que parecía desde mis rígidas reglas.

Ocho años pasaron y llegaron los cambios más grandes: Aurora en 2020, Ana en 2022. Entre la felicidad y la inquietud, los días se alargaban y se comprimían al mismo tiempo. La depresión postparto se sumó al desafío, pero un tratamiento psicológico eficaz fue un salvavidas para ambos. Por suerte comenzaba un cambio en la percepción de la sociedad y del país: la salud mental era una prioridad y no un estigma.

Y así, la familia se transformó, se expandió, se reacomodó.

También hubo pérdidas: 2015, abuela Juana; 2017, abuela Marta; 2022, tía Martita. Aprendí que la muerte, aunque dolorosa, enseña algo que la vida no siempre logra: la importancia de los vínculos y del tiempo compartido.

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En 2023, después de sentirme otra vez atrapado en una vida que creía no querer, entendí algo fundamental: la gratitud cambia la forma de mirar la vida. 

Un hijo es demandante y difícil hasta los tres años; mi mantra fue: “Esto también pasará. Vendrán días mejores. Voy a volver a disfrutar de ser padre, pareja, familia”. Los días eran una mezcla de felicidad, enojo, cansancio, rutina. La vida es una gran broma que no terminas de entender.

Las pequeñas trajeron más visitas a nuestra casa: amigos, familia desde Austria, Concepción, Buenos Aires. Cumpleaños y nuevas amistades.
Aires para respirar y disfrutar como antes, cuando la gente se reunía para conversar y compartir.

También volvieron nuestros viajes. La vida vuelve a tener viejos sabores en nuevos lugares.

Quizá de eso se trata este recorrido: no de llegar a un destino, sino de aprender a mirar mientras se camina.

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2024 y 2025 han consolidado un cambio social y mundial que trae viejas interrogantes en nuevos escenarios.
Mi trabajo ahora se ha diversificado aprovechando las nuevas tecnologías.
Las pequeñas ya van a sus respectivos sistemas educativos, y veo a padres y profesores adaptarse a estos cambios.

Por ejemplo:
Los chicos pasan muchas horas ante pantallas, y no tienen tiempo de aburrimiento y creatividad. Mientras tanto, nuestras pequeñas juegan en el patio, vamos al parque, leemos cuentos y jugamos con títeres improvisados.

La IA ha avanzado en todos los aspectos, y hoy es difícil distinguir lo real de lo artificial. Incluso Robots humanoides operan en fábricas, hospitales, y en hogares como servicios. Eso genera ansiedad por un futuro sin fuentes de trabajo en muchas áreas.
Me ha impresionado saber que todas las IA existentes han contaminado lo mismo que una gran ciudad como Nueva York.
Y hay importantes cambios en la geopolítica mundial.

Yo sigo vinculado a la ciencia, la tecnología, los libros, la vida minimalista. Eso me da ingresos que me permiten vivir una vida incierta, pero profundamente real.

En estos dos años he profundizado viejos proyectos que me motivan, y dan color y alegría a una vida sencilla.
Sigo con una esperanza de volver a ver a aquellos primeros hijos que hoy son adultos.


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En estos años vi cómo el mundo se transformaba a mi alrededor y dentro de mí. La tecnología se coló en la vida cotidiana: celulares, internet, redes sociales, aplicaciones que permitían ver crecer a los hijos a la distancia, aunque de cerca a veces todo se sintiera perdido. La globalización, que antes era una idea vaga en la radio y la televisión, ahora era tangible: música, cine, literatura, viajes, culturas que se mezclaban sin pedir permiso.

También vi cómo cambió la familia: modelos más flexibles, padres separados que aún aman a sus hijos, parejas que conviven a tiempo parcial, corresponsabilidad real en la crianza. Y entendí que estas transformaciones externas no solo marcan la historia, sino que intervienen directamente en la manera en que uno aprende a amar, a perder, a reconstruirse.

El barrio de mi infancia cambió también. Los árboles crecieron, otros desaparecieron, los ríos se transformaron. La tierra firme de la niñez ya no es igual, fue cubierta por el progreso del cemento, los edificios, los automóviles a gran velocidad por calles repletas.. y sin embargo uno se reconoce en ella, aunque sea solo en la memoria.

Ahora, mirando atrás, puedo ver un hilo: la vida avanza, el tiempo pasa, los lugares cambian, los amores vienen y se van, y uno aprende, lenta y a veces dolorosamente, que la felicidad es efímera, que el dolor enseña, que los vínculos importan más que los logros, y que la gratitud, incluso por lo más pequeño, abre ventanas a mundos que de otro modo seguirían cerrados.

Y mientras escribo esto, me pregunto, como siempre: ¿qué sentido tiene contar la vida si no es para intentar entenderla un poco más? ¿Si no es para mirar mientras caminamos? No hay certezas. Solo pasos. Y en ellos, acaso, está todo.


jueves, 14 de agosto de 2025

182. Ser pasajero

No me importa ser solo un pasajero
Alguien que visita brevemente este mundo
Y sin embargo 
Quiero disfrutarlo
Exprimir mi tiempo
Vivir cada experiencia
En cada sonrisa
 palabra
 latido
 sentimiento

Y expresar todo lo que siento

Por eso los libros
La música
Las tardes en la plaza
Las conversaciones
El amor de padre
El amor de pareja

Y los infaltables mates

En resumen
Llenar mi vida de bellas rutinas
De belleza cotidiana
De tranquila calma


domingo, 10 de agosto de 2025

181. día del niño interior

Si puedes mantener la paz interior cuando el mundo ruge a tu alrededor,
Y encontrar tu centro aunque todo cambie sin cesar;
Si puedes escuchar tu voz en medio del caos,
Y seguirla con valentía cuando las certezas se disuelven;
Si puedes nutrir tu alma sin buscar reconocimiento,
Sabiendo que tu valor no depende de la mirada ajena;

Si puedes conectar con la naturaleza
Y sentir el pulso de la tierra vibrando en tu ser,
Sin perder la presencia en el ahora,
Ni dejarte arrastrar por el ruido del futuro o el peso del pasado;
Si puedes ver en las luchas de los demás un reflejo de las tuyas,
Y dar sin esperar nada a cambio,
Comprendiendo que somos parte de un todo,
Y que el bienestar de uno es el bienestar de todos;

Si puedes sentir tu vulnerabilidad sin temor,
Y abrazar cada caída como una semilla de crecimiento;
Si puedes mirarte al espejo y ver, con ternura, tu humanidad,
No como juicio, sino como una aceptación amorosa,
Reconociendo que lo imperfecto también es bello,
Y que el cambio es el río que siempre fluye;

Si puedes aceptar tanto la victoria como la pérdida con humildad,
Y aprender de cada experiencia sin dejar de levantarte,
Y finalmente comprender que el tiempo vale más que el oro,
Entonces hallarás paz, claridad y compasión,
Y, lo que es más, sentirás que estás completo,
En armonía contigo mismo y con el mundo.

viernes, 25 de julio de 2025

180. Carta en el B-day xvi de TD

 Ñuñoa, un día como cualquiera, pero tuyo

Querido hijo,

Hoy cumples 16 años y yo, que soy un poco dado a la cuenta regresiva y a pensar en ti en estas fechas especiales, no puedo evitar pensar cuánto tiempo ha pasado desde que llegaste a este mundo —o mejor, desde que, al igual que cuando llegaron tus hermanos, lo hiciste más habitable. No sé si te lo imaginarás, yo siempre tengo esperanzas que sí, pero hay una ternura que se me acumula en el pecho cuando te pienso y te veo en plena fuga hacia el mundo, en esa edad donde se empieza a caminar con preguntas y no sólo con los pies.

Dieciséis es una cifra con rebote, como esas pelotas que no sabes hacia dónde irán después del segundo pique. Estás justo en ese lugar medio raro, entre el chico que fuiste y el tipo que estás armando. Es difícil, lo sé. A veces te vas a sentir partido entre lo que esperas de ti y lo que los otros esperan, y a veces no va a encajar ninguna de las dos cosas. Te va a doler un poco. Es parte del oficio de vivir.

Te escribo esta carta como quien lanza una semilla al aire, pero con la esperanza de que no se pierda al enterrarse, sino que florezca y la leas con un café, una risa, o una duda en la mano. Me gustaría que llevaras algunas cosas en la valija invisible que todos tenemos (sí, incluso tú, aunque creas que no la usas):

  1. Aprende a escuchar lo que no se dice. No todo lo importante se pronuncia. A veces está en una pausa, en un gesto mínimo, en un silencio que pesa. Eso vale para los otros… y para ti.

  2. No seas demasiado obediente. Pero ojo, tampoco seas rebelde por sistema. Elige bien a qué cosas les dices que no, y asegúrate de que ese no te defienda, no te encierre.

  3. Juega, incluso cuando te digan que ya no es tiempo. Los adultos —ese gremio desorientado al que inevitablemente vas a entrar— suelen olvidar que el juego no es pérdida de tiempo, sino su mejor uso.

  4. El amor es un desorden hermoso. No hay manual, ni instrucciones, ni garantía. Pero si lo sientes de verdad, no lo abandones por miedo a perder. Todo lo que vale se arriesga.

  5. Lee, si puedes, y escribe, si quieres. No por mí, por ti. Los libros no dan respuestas, pero a veces acompañan mejor que muchos humanos. Y escribir —aun cuando sea solo para uno mismo— es una forma de entender el caos.

  6. No te preocupes por “ser alguien”. Ya eres. Sos vos. No necesitas destacarte, ni competir, ni compararte. Viví como si tu nombre fuera una flor rara: no se parece a ninguna otra, ni falta que le hace.

Te veo, cuando se puede, cuando algo se deja ver, desde la distancia y el cariño, y me emociona pensar cómo será tu forma de mirar el mundo, con una mezcla de curiosidad y pudor, de coraje y desconcierto. Estás vivo, y eso ya es una forma de belleza.

No tengo herencias de oro para dejarte, pero ojalá esta carta te sirva algún día como un abrigo liviano para cuando se te enfríe el alma. O como un papelito doblado en el bolsillo que diga: “Sí, todo esto tiene sentido, incluso cuando no lo parece”.

Brinda por ti, esta noche y siempre. Yo lo haré también, desde donde esté, con un mate, un café, o un vino tinto algo torpe y una sonrisa que no necesita traducción.

Con todo lo que tengo y lo que no he sabido tener,

Tu viejo,

Alejandro.


martes, 8 de julio de 2025

179. 5 años de AE


Este año fuimos cuatro más dos más uno más dos, como si el amor también se pudiera contar con los dedos de una mano extendida al sol. Estuvimos los cuatro de siempre, más la abuela Mi que dice poco pero dice justo, el abuelo Ch que se ríe como si supiera un secreto, la abuela Ma con su voz de casa, y la tía Ju con el tío To, que trae siempre historias de la playa como si nos compartieran un trozo de arena, sal y viento. Un cumpleaños íntimo, decimos, pero íntimo no significa pequeño sino profundo: con la gente que se ama como se ama lo tibio en una tarde que va girando hacia el frío.

Veinte grados, el sol como una caricia bien medida, sin exagerar. Pero a la noche el frío, que viene de puntillas desde la montaña nevada, se nota. Igual en casa se está bien, como si las paredes supieran lo que tienen que hacer.

AE, ahora, es una niña sociable, como si llevara un radar secreto para detectar las emociones de los otros. Tiene esa compasión que a veces le desborda, y no sabe todavía qué hacer con tanto. Obedece con alegría, da gracias como si fueran piedritas de río, y ríe, ríe mucho, con una risa que inventa el día de nuevo. Canta sin razón, baila con el viento, juega con el agua, la tierra, el sol, las muñecas, como si todo fuera un mismo idioma. Con su hermana es buena, muy buena, como una maestra diminuta que enseña sin corregir. Tiene una paciencia de esas que no se compran, ni se aprenden, ni se explican. Le gustan las cosas reales, las que se tocan, se huelen, se ensucian. Las pantallas no le ganan todavía, y eso, en estos días, es casi milagro.

El parque es su escenario favorito: el tobogán como una ola quieta, el monopatín que vuela bajito, la bicicleta que le susurra secretos en cada pedaleo. Le gusta la escondida, los cuentos leídos con voz de teatro, los gatos que se dejan acariciar, los unicornios que no existen pero deberían, los arcoíris que sí, y la vuelta a la manzana, que es más que una vuelta si se camina con alguien querido. Ir al colegio es un vaivén: le gusta, sí, pero a veces no quiere, porque hay compañeros duros, casi de piedra, que se burlan sin saber el daño que hacen. Todavía no aprende a decir basta, a marcar el límite, a defender su pequeño territorio, pero ya pronto, sin duda. 

Su paladar tiene reino propio: el ramen como un abrazo caldoso, la salsa de tomate que es como una fiesta roja, los fideos largos que se escapan del tenedor con elegancia. Le gusta la sopa, el pan con palta, las galletas redondas que parecen lunas, el helado con pelotitas que crujen como estrellas, el queque, las medialunas, todo lo dulce como si el azúcar llevara alguna promesa. Y sí, paso a paso, intentamos que entienda que hay que querer al dulce, pero sin dejar que mande.

Los Octonautas la siguen fascinando, como si el fondo del mar fuera su barrio. Las películas: Moana, El Libro de la Selva, viejas amigas que visitan el sofá. Ya no duerme siesta, salvo alguna trampa del cansancio. Se levanta como a las ocho, se duerme a las nueve, pide un abrazo para caer en ese otro mundo que es el sueño. A veces uno se queda allí, abrazándola, solo para recordar que está creciendo, pero todavía cabe entera entre los brazos.

El día del cumpleaños hicimos asado, mates, café, torta de Mickey. La montaña allá, blanca de tan alta. El cielo con luna creciente, casi llena, como si supiera que el día merecía un broche de luz. No hacía frío. Era uno de esos días que se quedan, como postales en la memoria, o como esas palabras que no se escriben, pero se sienten.




lunes, 5 de mayo de 2025

178. La sospecha del sentido


No sé si a usted le pasa, pero hay días en que uno se levanta con la sospecha terca de que todo lo aprendido (en el colegio, con los padres, de los libros que no escogió), fue un error bien maquillado. Mucho no ha sido con malicia; mas bien es el traspaso de una cultura heredada mucho antes que nosotros llegáramos a habitar. Pero cuando piensas en ello, se te queda un sabor extraño, como el de una interrogante que no se borra con el café, o como el de un perfume raro, que huele y sabe a duda.

Y es que uno empieza a sospechar, tarde o temprano, que el sentido - ese gran tirano de la filosofía - no viene incluido con la vida. Hay quienes lo buscan en la iglesia, o en una causa, o en un forma de vida que busca la tibieza del otro, aunque solo sea por un momento.

Siempre quise ser una buena persona, aunque esa palabra - buena - sea tan elástica, tan sospechosa como una promesa que uno se hace a sí mismo frente al abismo, o frente al espejo. Quise hacer las cosas bien, tener una vida mas o menos decente, de esas que se pueden contar sin bajar la voz ni desviar la mirada. Siempre confié en lo que me enseñaron de la vida, de Dios, de la humanidad, de la ciencia y de la sociedad, como en una brújula de vida, como en aquello que le daba sentido a la existencia. Pero entonces, un día, las cosas no parecen ser tan blancas o negras. Incluso parecen menos seguras, con menos cuerpo y mucho más volátiles. Y luego, otras experiencias te enseñan que tampoco importa mucho aquello que recuerdas como una verdad con sentido, porque la vida no parece ser mucho más que la versión de un recuerdo mal rebobinado, adaptado a aquel que relata aquella supuesta verdad en forma de recuerdo, que trae un detalle nuevo, una nueva omisión, un temblor distinto de la voz que lo relata.

Entonces nos asalta la idea - como un gato que se cuela en medio de la noche  - que parece que, tal vez vivir, no es otra cosa que hacer las pases con uno mismo, con los aciertos, con los errores, con los olvidos, con la incerteza de los recuerdos. Incluso con la sospecha de que no hay verdades en la historia misma, en el relato del mundo. Y me pregunto si la vida puede ser otra cosa, más plena, más justa, más luminosa, solo porque necesitamos ese espejismo para seguir adelante, para levantarnos cada día sin que la sospecha del sentido nos devore. 

Uno quiere una vida plena, claro, pero no cualquier plenitud. No quiere mentiras disfrazadas de verdades que brillan o con una falsa felicidad garantizada. No. Uno quiere una plenitud que no se caiga a pedazos cuando descubras que todo es solo una narración del mundo, de la historia, de la vida, la sociedad y la familia que no tiene mas sustento que el de creer ciegamente en ello. 

Entonces, uno se puede volver escéptico, pero no cínico. Puede aprender a amar la duda como se ama una planta que crece lento pero fuerte. Nos volvemos humanistas sin corbata, cuidadores del otro sin la vara del pastor, sino que simplemente porque el otro importa tanto como nosotros, y también está en el camino de buscar respuestas e intentar no hundirse en el camino.

A veces sueño con una vida tranquila, sencilla, no de esas en que uno se va al campo a vivir con el perro y los libros de poemas - aunque muy tentador - , sino para que la vida vuelva a tener proporción de sentido, de habitar con los otros, de conectar con lo que nos toca vivir en este universo.

Así, vamos buscándole sentido a este asunto raro de estar vivos. A esta mala jugada de la que a veces nos ha tocado ser parte, donde no entendemos nada. Donde la justicia muchas veces no existe, y a pocos parece importarles. Y vivimos, con esa sospecha de que tal vez no haya respuesta definitiva, ni propósito, ni sentido, solo preguntas, verdades a medias y que siguen cambiando, para que finalmente el verdadero sentido de la vida sea aquel que cada uno de nosotros le otorgue a su propia vida. 

Quizá, si algo me pesa, es haber creído que existe una especie de justicia cósmica. En mi ingenuidad, pensé que la vida se encargaba, que hay una lógica secreta y silenciosa, intangible, que hace que lo correcto finalmente suceda. Pero la vida, lo entiendo ahora, no toma partidos. No premia al que espera, ni castiga al que huye, o al injusto. Simplemente avanza, indiferente, como una corriente que no pregunta si sabemos nadar. Y lo que queda, una vez que ciertos momentos han pasado, es una suerte de inventario emocional: lo que se dijo, lo que no se dijo, los abrazos que se dieron, los gestos que faltaron, las palabras que no se dijeron, la calidez que ahora se ha ido, donde ya no hay destinatarios para ello. Supongo que de eso se trata en el fondo: de aprender a vivir con lo que fue, y con lo que supimos que era importante hasta que dejo de estar, o de serlo. 

Es inevitable que algunas preguntas regresen una y otra vez, como un perro sin amo. Y aún así, seguimos andando, porque no hay otra forma de estar vivos.





miércoles, 16 de abril de 2025

177. 3 años de AV

Este año fuimos solo nosotros cuatro, como si el mundo se hubiera hecho más chico, pero más profundo. Un cumpleaños íntimo, decimos, y en ese íntimo caben los abrazos que viajan por videollamada, los mensajes que zumban como abejas queriendo estar cerca. Nadie más en la mesa, pero todos, de algún modo, en el corazón del día.

El sol, a veinticuatro grados, se quedó largo rato entre las macetas y los juegos, y la casa se llenó de esa tibieza que parece una caricia que no pide permiso. A la noche, el frío vino como siempre: callado y azul, pero en casa se está bien, como dentro de una canción que ya conocemos.

AV conversa. Conversa en serio. Tiene palabras que rebotan como pelotas suaves, y aunque cambia las “ch” por “t”, como si fueran piezas de un rompecabezas con otro diseño, uno entiende todo. Dice “totolate” y “tiquitita”, pero “leche” la dice perfecta, como si esa palabra tuviera una casa aparte, con techo propio y ventanas abiertas. Y claro, la leche cada dos horas, como un reloj blanco que no falla.

Va al jardín a jornada completa, lo cual suena a oficina de juegos y dibujos. Le gusta pintar, bailar, y más que todo cantar. Canta como si se le fuera el alma por la boca pero sin que duela, y de vez en cuando se cuela un Diego Topa, una Diana y Roma, un Sherif Labrador, Bluey, los Meñiques. Todo cabe en su repertorio. Sabe contar hasta cincuenta, y cuando encuentra palabras en inglés las señala como si fueran bichitos de otro color. Le gustan los cuentos: los de Paw Patrol, los de las niñas que juegan en casa. Camina con su muñeca en cochecito, como si el mundo fuera una gran calle para pasear afectos. Duerme con su peluche de Minnie Mouse, y no se duerme sin él, como si la noche necesitara testigos.

No duerme siesta. No usa pañales, salvo por las noches, cuando el cuerpo ya no pelea con el sueño. Ha crecido, mucho. A veces ordena, a veces no. Juega sola, juega con su hermana, juega como si jugar fuera una forma de resistir el paso del tiempo. Le gusta la pinta, la escondida, cocinar aire, preparar pociones con cosas invisibles. No le gustan mucho las fotos, como si supiera que hay cosas que no se pueden encerrar en un clic.

Va al parque como quien va a un santuario. En especial al pasaje con gallinas, que para ella son como primas emplumadas. Anda descalza, como si el suelo fuera parte de su cuerpo. Dice "te amo" con una frecuencia que desarma. Se duerme a las nueve, se despierta a las siete, brinca en la cama cuando puede, y a veces cuando no puede también.

No se ha resfriado casi en todo un año, y cuando lo hace, el resfriado parece pedir permiso y pasar de puntillas. Mide noventa y cinco centímetros. Pesa quince kilos. Y todo eso cabe en ella, en esa pequeña persona que ya es un mundo con leyes propias, con risa propia, con amor suficiente para iluminar una casa entera.



jueves, 10 de abril de 2025

176. enero, febrero, marzo

 Rutina aproximada

8.00 Levantarse, movimiento fluido, leer algo breve.

9.00 Tomar desayuno en familia: café con leche, pan con palta y huevos, mate, bizcocho, galleta.

11.00 Aseo hostal, jardín, jugar con las pequeñas

13.00 Almuerzo, papas y pastas, ensalada, arroz, legumbres.

14.00 Encerrarse en casa para evitar el calor de la tarde. Ver series, películas, conversar, jugar, escuchar música.

17.00 Piscina!

18.00 - 20.00 Salir al patio a disfrutar del viento fresco, mate, pan con queso y jamón, huevos, paseo por el barrio

21.00 Cena y atardecer en el patio.

23.00 Cerrar rejas, mirar las estrellas y la luna, quedarse en el patio aún cálido.

23.30 Agradecer, estirar, darse una ducha, Dormir


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Meses con muchos días de sol y calor, promedio 35 grados de temperatura (a la sombra), pero la casa es fresca y agradable, el patio cubierto por quitasoles y mallasombras.

Salud con dolor de pie y espalda en enero, alergia. Febrero con ejercicios para fortalecer el pie, espalda. Marzo sin dolor! al fin. resultaron los ejercicios.

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ENERO y FEBRERO

Visita de papá, mamá, suegra y suegro. Los 4 abuelos en casa. las pequeñas felices. Conversar, comer, los días pasan rápidos y calurosos, siestas en las tardes para todos menos yo y AE, tardes calurosas, noches frescas, labores en el hostal, el sol quema, las plantas se secan, no florecen, sufren incluso a la sombra.

Todo enero estuvieron los abuelos de Buenos Aires, Mamá se fue a la playa en Las Cruces y luego a Concepción. Papá a Conce, Rere, Arauco, también Córdoba Argentina. Pasó pocos días con nosotros en casa, pero fueron lindos días. 

En febrero muchas construcciones y reparaciones en casa: techo, bodega, habitación con baño privado, canaletas, y otros detalles. 

Lo bueno es que no nos refriamos ni nada en verano, solo buena salud (excepto yo con alergia durante enero, nada tan sufrible) y dolor de fascitis plantar (eso si es muy molesto).

Las noches bellas, nos quedábamos viendo las estrellas, compartiendo y disfrutando de un bello verano.

El cumpleaños de Silvi fue a medias, pues justo ese día se cortó la luz en todo el país!! todo Chile sin luz, así que caos total en el trafico, supermercados y lo que significa que algo de esa magnitud ocurra. Aún así, dos amigos de ella se presentaron unos momentos para saludar y compartir la torta, las cositas ricas que preparamos y que nos duraron toda la semana, porque casi todo sobró y lo guardamos en el refrigerador para ir comiendo un poco cada día.


MARZO

Con la llegada de los estudiantes, la casa se llena de vida, de movimiento, y las finanzas comienzan a arreglarse poco a poco. Siempre hay cosas que hacer y mantener, y este es además un mes de muchos pagos (colegio, patente, etc). Siguió el verano en este mes, las tardes calurosas, el sol no da treguas, y las pequeñas entran al jardín y al colegio. Nuevas etapas, nuevos desafíos, nuevas alegrías.


Tanto el año pasado como este comienzo de año han sido tranquilos en muchos aspectos, con una vida generalmente bella, no excento de los problemas naturales a vivir. Nuestros mayores problemas son las finanzas, lograr llegar a final de mes, pagar todos los compromisos adquiridos, tener para seguir arreglando la casa, vivir con mayor comodidad, sin el temor de quedarnos sin trabajo y con ello sin nada para comer, pagar, continuar. Pero confío en lo que hacemos, nos seguirá yendo cada vez mejor, y vivir tranquilos y con una felicidad cotidiana serena.




martes, 8 de abril de 2025

175. Otoño otra vez

 Ya es Otoño, otra vez.

Y también un borrador con ese nombre, pequeño proyecto de novela, como si el título hubiera llegado primero, tocando la puerta en la forma de una brisa tibia que ya no era del verano.
La vida, claro, se repite pero no se copia. Ciclos que no calcan, que regresan distintos. Hasta hace poco todavía pensaba en lo mucho que me gusta el verano: andar como los gatos, con lo mínimo, sandalia, pantalón corto, polera. Todo el día, toda la noche, como si el cuerpo también quisiera vacaciones.
Claro que enero y febrero tienen esa hora ingrata donde el calor muerde, donde el patio arde y uno se esconde. Pero después baja el sol, se aquieta el aire, y las noches —ah, las noches— son casi un lugar para vivir.
Ahora no. Ahora son las tardes las que nos regalan un poco de tregua. Las noches y las madrugadas se llenan de frío, de bufandas, de suspiros que se ven. Hay días en que no calienta ni la memoria del verano.

Nos vestimos de manga larga, de pantalón largo, como si cada prenda fuera una hoja más que cae sobre el cuerpo.
Pero hay belleza. Siempre hay belleza en el otoño si uno sabe dónde mirar.
La luz que se pone más dorada, más oblicua.
Los árboles que se inventan otros colores.
El viento que cuenta historias.
Los mates que vuelven como un rito.
El yoga al atardecer, con el sol cruzando los dedos de las ramas.
Las películas que regresan porque afuera se oscurece más temprano.
Y hay flores, sí, como si también ellas quisieran decir: “Todavía estamos”.

AE comenzó un colegio nuevo. Queda cerca, así que cada mañana y cada regreso es una caminata de un kilómetro, ida y vuelta, como si el trayecto también educara.
Calle arbolada, pasos compartidos, palabras al vuelo.
A ella le gusta ir, aprender, conocer. Tiene algo en la mirada que busca, que pregunta sin hablar.
AV sigue en el jardín. Le gusta menos, dice que no, que prefiere estar con nosotras, con su mundo pequeño y enorme a la vez.
Los horarios se intercalan, los tiempos se recortan, como un rompecabezas armado a diario.
Pero ellas ya juegan juntas.
Nos dan espacio.
Y en ese espacio, se cuela algo de silencio.
Algo de nosotros.
Podemos trabajar.
Podemos hacer lo que se debe.
Y a veces también lo que se quiere.

Este año, por primera vez, los cuatro abuelos bajo el mismo techo. Enero los trajo como se traen las lluvias suaves: sin aviso, sin certeza de repetición.
Estaban todos.
Y nosotros.
Y las niñas.
Hubo momentos lindos, de esos que se esconden en las rendijas del tiempo.
¿Volverá a suceder?
Lo dudo.
¿Quién puede saber lo que vendrá?
Nadie.
Pero lo que vino, lo que fue, se queda.