Este año fuimos cuatro más dos más uno más dos, como si el amor también se pudiera contar con los dedos de una mano extendida al sol. Estuvimos los cuatro de siempre, más la abuela Mi que dice poco pero dice justo, el abuelo Ch que se ríe como si supiera un secreto, la abuela Ma con su voz de casa, y la tía Ju con el tío To, que trae siempre historias de la playa como si nos compartieran un trozo de arena, sal y viento. Un cumpleaños íntimo, decimos, pero íntimo no significa pequeño sino profundo: con la gente que se ama como se ama lo tibio en una tarde que va girando hacia el frío.
Veinte grados, el sol como una caricia bien medida, sin exagerar. Pero a la noche el frío, que viene de puntillas desde la montaña nevada, se nota. Igual en casa se está bien, como si las paredes supieran lo que tienen que hacer.
AE, ahora, es una niña sociable, como si llevara un radar secreto para detectar las emociones de los otros. Tiene esa compasión que a veces le desborda, y no sabe todavía qué hacer con tanto. Obedece con alegría, da gracias como si fueran piedritas de río, y ríe, ríe mucho, con una risa que inventa el día de nuevo. Canta sin razón, baila con el viento, juega con el agua, la tierra, el sol, las muñecas, como si todo fuera un mismo idioma. Con su hermana es buena, muy buena, como una maestra diminuta que enseña sin corregir. Tiene una paciencia de esas que no se compran, ni se aprenden, ni se explican. Le gustan las cosas reales, las que se tocan, se huelen, se ensucian. Las pantallas no le ganan todavía, y eso, en estos días, es casi milagro.
El parque es su escenario favorito: el tobogán como una ola quieta, el monopatín que vuela bajito, la bicicleta que le susurra secretos en cada pedaleo. Le gusta la escondida, los cuentos leídos con voz de teatro, los gatos que se dejan acariciar, los unicornios que no existen pero deberían, los arcoíris que sí, y la vuelta a la manzana, que es más que una vuelta si se camina con alguien querido. Ir al colegio es un vaivén: le gusta, sí, pero a veces no quiere, porque hay compañeros duros, casi de piedra, que se burlan sin saber el daño que hacen. Todavía no aprende a decir basta, a marcar el límite, a defender su pequeño territorio, pero ya pronto, sin duda.
Su paladar tiene reino propio: el ramen como un abrazo caldoso, la salsa de tomate que es como una fiesta roja, los fideos largos que se escapan del tenedor con elegancia. Le gusta la sopa, el pan con palta, las galletas redondas que parecen lunas, el helado con pelotitas que crujen como estrellas, el queque, las medialunas, todo lo dulce como si el azúcar llevara alguna promesa. Y sí, paso a paso, intentamos que entienda que hay que querer al dulce, pero sin dejar que mande.
Los Octonautas la siguen fascinando, como si el fondo del mar fuera su barrio. Las películas: Moana, El Libro de la Selva, viejas amigas que visitan el sofá. Ya no duerme siesta, salvo alguna trampa del cansancio. Se levanta como a las ocho, se duerme a las nueve, pide un abrazo para caer en ese otro mundo que es el sueño. A veces uno se queda allí, abrazándola, solo para recordar que está creciendo, pero todavía cabe entera entre los brazos.
El día del cumpleaños hicimos asado, mates, café, torta de Mickey. La montaña allá, blanca de tan alta. El cielo con luna creciente, casi llena, como si supiera que el día merecía un broche de luz. No hacía frío. Era uno de esos días que se quedan, como postales en la memoria, o como esas palabras que no se escriben, pero se sienten.