Te escribo como quien abre una caja chica y desordenada: no para explicar, sino para dejar que salgan las cosas tal como quedaron. Son recuerdos breves, simples, unidos más por la sensación que por la historia. Lugares que no vuelven enteros, pero insisten en un olor, una luz, un sonido. No hay mapas ni conclusiones; sólo lo que se queda cuando uno ya se fue. Aquí van, uno detrás de otro, como si el viaje aún siguiera.
memorias breves, simples.
De La Serena me queda la luz pareja de la mañana y el rumor constante del mar, siempre al fondo.
De Coquimbo, el puerto al atardecer y el olor a pescado mezclado con sal.
De Valparaíso, las escaleras infinitas y la ropa colgando que se mueve con el viento.
De Viña, las veredas prolijas y el sonido del mar chocando contra las rocas del borde costero.
De Ñuñoa, las tardes tibias, los árboles viejos y el ruido suave de una hamaca o columpio en la plaza.
De Concepción, el cielo bajo, la lluvia fina y las conversaciones largas bajo techo.
De San Pedro, el silencio ancho, el polvo en los zapatos y un sol que no afloja.
De Valdivia, el olor a río, la humedad constante y los leones marinos durmiendo.
De Puerto Varas, el lago quieto, los volcanes mirando y la lluvia fina e interminable.
De las Torres del Paine, el viento indomable, la nieve que cubría todo y la luz del atardecer.
De Mendoza, el calor seco, la sombra de los plátanos y el vino lento al final del día.
De Buenos Aires, las veredas rotas, el café eterno y una mezcla de nostalgia y apuro.
De Berazategui, las calles tranquilas, el verde cercano y el paso del tren por las tardes.
De Mar del Plata, el viento fuerte, las gaviotas y el mar siempre un poco gris.
De San Rafael, las acequias, el calor espeso y las noches claras.
De Colón, el río marrón, las tardes lentas y el verano pegajoso con luciérnagas.
De Malargüe el aire seco, la ruta interminable.
De Colonia, las calles empedradas, el silencio temprano y la luz suave sobre el río.
De Montevideo, la rambla infinita, el mate constante y una melancolía tranquila.
De Punta del Este, la lluvia repentina, el cielo enorme y la sensación de estar lejos de todo.
De Viena, el orden, los cafés silenciosos y el sonido de los pasos sobre piedra.
De Praga, el frío en la cara, los puentes antiguos y una belleza un poco oscura.
Y todavía hay tantos otros lugares que quedan fuera, con sus propios recuerdos, sensaciones y belleza. Pero quería rescatar al menos estos, como un recorte de vida minúsculo.
Un abrazo.