No contabas las películas, las desatabas. Las abrías como si fueran un animal vivo y las dejabas correr por la calle de tierra, entre las bicicletas tiradas y los perros que ladraban sin entender del todo. De pronto eras uno y otro, cambiabas de voz, de cuerpo, de rabia; te convertías en persecución, en disparo, en caída desde un edificio que no existía más que en tu forma de tirarte al suelo. Y yo, que no había visto nada, lo veía todo: la cámara era tu cara, el montaje tus manos, los efectos especiales ese golpe seco contra el pavimento.
Nos decíamos Stallone y Schwarzenegger con una seriedad que ahora daría risa, si no fuera porque entonces era verdad. Éramos flacos como fósforos, pura cabeza y ganas, pero en ese teatro sin butacas ni pantalla éramos invencibles. Bastaba con que gritaras “¡ahora!” para que el aire se volviera peligroso y la esquina, de golpe, una ciudad sitiada.
Había algo secreto en todo eso, algo que no supimos nombrar: yo no veía películas, te veía a ti viéndolas. Y en ese desvío —en ese rodeo mínimo— ocurría lo importante. No era la historia, ni los héroes, ni siquiera las explosiones que imitabas con la boca; era la forma en que el mundo pasaba por alguien antes de llegar a otro. Como si mirar no fuera un acto solitario, sino una cadena, una complicidad.
A veces pienso que crecimos el día en que ya no hizo falta que volvieras a contarlas. Cuando cada uno empezó a verlas por su cuenta, en pantallas más nítidas, con sonidos más reales, con colores que no necesitaban ser inventados. Y sin embargo —qué raro— algo se volvió más opaco. Porque ahora las películas entran directas, sin ese filtro tuyo que las volvía respirables, exageradas, nuestras.
No sé en qué momento dejamos de reunirnos a esa hora que no figuraba en los relojes. Quizás la taparon otras horas más urgentes, más adultas, con nombres serios. Pero a veces, cuando una escena se estira un poco más de la cuenta o un personaje se queda quieto mirando algo que no vemos, siento que te adelantas, que carraspeas apenas, que estás a punto de empezar de nuevo: “No, espera, esto es mejor así…”.
Y entonces —por un segundo apenas— la pantalla pierde autoridad, se corre, y vuelvo a mirar como antes: no con mis ojos, sino con los tuyos, que siempre llegaban primero.