lunes, 4 de noviembre de 2019

144. Cuando prometen cambios que no se cumplen

Poco alcanzó a durar el retomar contacto con T. Es una lástima porque nos reíamos mucho, conversando de todo un poco y sirvió para darnos cuentas que tenemos más cosas en común de las que pensábamos: a pesar de la distancia, de no vernos, de no conocernos, de no haber compartido más que unos breves momentos. Pero los gestos son inequívocos, heredados en algún lugar del genoma y del inconsciente sin duda. Reconozco en él la forma de achinar los ojos, de mover las manos, de estirar la boca, de buscar en el vacío alguna respuesta cuando se está pensando en algo, de tocarse el mentón y la boca en esos momentos entre momentos. Me impresiona, no solo el que compartamos tantas pequeñas sutilezas (como los lunares en fila en el lado izquierdo de la cara), sino la agudeza de su pensamiento, inteligencia bastante desarrollada para ver la vida y analizar las pequeñas cosas que a veces a otros pudieran deslumbrar. Desde un comienzo él y yo lo sabíamos: nos iban a cortar la comunicación con algún pretexto, así que él me lo dijo bien claro: cuando eso suceda van a decir que no quiero hablar contigo, que no quiero saber nada de ti, pero va a ser mentira, yo quiero y estoy feliz hablando contigo. Yo ya sé como son las cosas y él también lo sabe. Fue aquella claridad la que me deja con una cierta tranquilidad para esperar el futuro. Es una lástima que nuevamente se haya repetido esta historias de falsos cambios que nunca se cumplen, que no llevan a ninguna parte. Pero ahora las cosas son distintas porque ahora él sabe que no vivo en otro país, sino en Santiago, que no los he abandonado, sino nos han alejado contra mi voluntad, además de entender que sus abuelos están vivos, cercanos, anhelantes de abrazarlos y saber de ellos. El tiempo seguirá avanzando y cuando tengan la edad suficiente podrán elegir por sí mismos y si buscan un poco, la verdad florecerá de una buena vez, después de haber estado latente como una semilla en espera de la lluvia. Tantas veces miro al cielo y veo que pasan los meses, los lugares que recorro, y ellos siguen allá en algún lugar. Podríamos compartir la vida, los momentos, los viajes, las sonrisas... podríamos pero no podemos. ¿Tiene esto algún sentido o alguna lógica? No, pero así son las cosas. Lo importante es que avanzamos, nos encontramos, dejamos un trocito de nosotros en un intercambio que no pasará desapercibido en nuestras vidas. Se me desgarra un poco el corazón y el alma: me cuesta aceptar este absurdo. Pero la vida sigue, y de seguro vendrán nuevas promesas que no se cumplirán.... hasta que todo tiempo se cumpla.