jueves, 3 de octubre de 2019

143. Cuarenta y tres vueltas al sol

Señor, disculpe... con estas palabras (que comienzan una oración cualquiera) es que aquellos más jóvenes te hacen sentir el paso del tiempo en tu rostro, en tus manos, en el cuerpo vivido. Tener poco más de cuarenta es ser tan joven y tan viejo a la vez. Desde un punto de vista comparativo, eres joven porque aún hay muchos que son mayores que tu en esta sociedad. A medida que pasen los años sin duda habrá menos punto de comparación, hasta que inevitablemente pasas a ser parte de ese grupo "exclusivo" de gente que ha visto muchos años pasar y verá pocos más en el futuro, y conformas esa generación que está en el ocaso de un día llamado vida. Pero ese ocaso a veces llega antes (no lo sabes jamás), y por ahora solo me parece que creo que estoy en algún punto de la mitad de mi vida, aunque perfectamente pudiera estar viviendo mis horas finales sin saberlo.

Por ahora lo único que sé es que he vivido una buena vida, llena de sonrisas y de lágrimas amargas, como es toda buena vida. Hay días donde ha salido el sol y sus cálidos rayos han entregado su calor agradable. Pero sin darme cuenta ese mismo calor se ha transformado en quemaduras y en dolor. Y otras veces la lluvia ha llegado a refrescar y a limpiar, hasta transformarse en una tormenta demoledora. Los altos y bajos son inevitables, forman parte de toda vida. Cuando nos alejamos de ese equilibrio (desconocido equilibrio) todo se vuelve un dolor de cabeza, de cuerpo, de espíritu. Es cierto que he vivido según he creído es una vida buena, intentando no hacer sentir un peso sobre otros que no sea necesario. Pero he fracasado muchas veces. He fracasado al perdonar a otros, y también cuando no he perdonado a tiempo. Tantas cosas escapan del control de tus acciones, y se ven torcidas por las acciones de tus cercanos, de quienes son tu círculo íntimo llamado amigos y familia. Erramos por desconocimiento, erramos intencionadamente, erramos al omitir, erramos al decir. Erramos, nos equivocamos, nos volvemos a equivocar. Arrastramos dudas, y malas prácticas heredadas, miedos, egos, culpa, inconsciencia, indolencia, y tantas otros males que definen gran parte de lo experimentado. Y sin embargo continuamos, vivimos, experimentamos, aprendemos. Y finalmente morimos.