jueves, 11 de enero de 2018

115. Celebraciones familiares

Los domingos estaban designados para almorzar en familia. La mesa era grande, más bien larga que ancha y se ocupaban incluso las esquinas para que todos tuvieran un puesto disponible. Algo apretados, los platos comenzaban a llegar a la mesa servidos por mi abuela, quien servía hasta el borde mismo, haciendo que el traslado hacia la mesa fuera una aventura de fuerza y equilibrio para no chorrear nada hasta que fuera depositado a salvo. Luego seguía el cruce de ensaladas y panes: pásame la de allá, acércame esa hasta acá, te paso esta para allá, etc, mientras el ruido de las risas y conversaciones también cruzadas trataban temas tan diversos como lo que dijo la vecina o lo que salió en las noticias. Al final, los platos quedaban vacios y eran reemplazados por tasas con café, té o agua de hierbas según fuera la preferencia. En verano recuerdo muy bien que el postre era melón o sandía antes del café, dejándonos con la panza a punto de reventar de tanto comer y compartir.

No sé bien cuando se instauró la tradición de comer pavo en navidad en algunas familias. Al menos en la mía no: el menú sagrado era carne a la olla, con papas cocidas y sazonadas con el jugo de la carne, además de las tradicionales ensaladas de lechuga, tomate y porotos verdes. Para sentarse a la mesa era requisito estar vestido con una formalidad mínima que contemplaba una camisa de vestir para los varonesn y ojalá pantalón de tela. Con los años se fue perdiendo la formalidad aunque mi abuela no lo veía con muy buenos ojos, y después de todo usar una camisa para esa ocasión no costaba nada. En casa de mamá por otro lado, la formalidad no era un requisito, o quizá era simplemente que allí el único hombre que se sentaba a la mesa era yo, y no me decian nada. El menú era similar, con la diferencia que también habían otras verduras cosechadas en el mismo huerto de mi abuela, y muchas veces el menú tambien incluía pollo. Año nuevo era similar, o al menos en mi mente los recuerdos se mezclan y no logran diferenciar una festividad y una casa de otra.

El matrimonio siempre trae algunos problemas logísticos de decidir con quién se pasará tal celebración: su familia, mi familia, o simplemente nuestra familia en soledad. Era en estas últimas ocasiones cuando la tranquilidad era tan grande que simplemente constrastaba con las veces anteriores cuando estaba toda la familia reunida. T era pequeña y su entusiasmo era el mismo estuvieramos los tres solos, o el gran familión. Preparabamos todo, cenábamos, y nuestra hija revoloteaba por la casa hasta que finalmente se quedaba dormida y el silencio en la casa era ensordecedor. Y así, serena y pacificamente pasaba una nueva festividad.

Nuevas familias traen nuevas tradiciones. En Buenos Aires navidad y año nuevo son sinónimo de asado a la parrilla en el patio (o lugar más parecido posible donde esté instalada, las hay tambien en los techos de las casas que son planos semejantes a una terraza), y donde los cortes son generosos y variados: bondiola, bife, entraña, chorizo, morcilla entre otros. La ceremonia toma su tiempo, y mientras tanto se conversa y bebe algo para acompañar el momento. Afuera la gente comienza desde temprano a lanzar fuegos artificiales y reventar cuetes estridentes que continuarán durante toda la noche. Pero lo entretenido viene dado en la familia numerosa que se reune a parrillar, beber y conversar. La hora pasa tan rápido entre una cosa y otra que no te diste cuenta cuando ya son las 00:00 y se continua celebrando hasta que el cansancio te rinda.