Hoy cumple nueve años mi hijo y pienso que tiene edad suficiente para que compartieramos juntos unos días al aire libre, inmersos en la naturaleza, acampando. Ya hemos salido antes, pero no creo que lo recuerde, tenía dos años en ese entonces. Ahora sin embargo me gustaría mucho compartir la belleza de la vida simple en la naturaleza con él. Son muchos los recuerdos que han quedado en mi propia vida acampando con mi padre y/o con amigos.
Comenzaban los noventa y yo aún no cumplía quince años. Recuerdo que conseguí una mochila verde que muchos se preguntaban si alguien tan delgado y pequeño podría cargar en la espalda durante los kilómetros de caminata. Nos bajamos en la playa de Lirquen y caminamos por la línea del tren bordeando la costa con una vista maravillosa del mar besando aquellos cerros. Eramos como treinta entre hombres y mujeres, todos de la misma edad, más unos adultos (entre ellos mi padre) que eran los guías de aquella aventura. Había que estar atento, porque el tren pasaba a veces fuera de horario aunque lo normal era que circulara en la mañana y al atardecer. Era media mañana cuando llegamos al tunel. Las pocas linternas se dispusieron para los de adelante, pero el resto cogimos una varas que usamos para tocar el riel y guiarnos en la oscuridad. Aquel tunel hace una S que deja en una oscuridad absoluta el centro del lugar, de tal forma que en ese punto no se podía saber si tenias los ojos abiertos o cerrados. Tras girar la segunda curva se veía una luz lejana que marcaba el final del tunel, y con ello, el regreso de la esperanza de salir de ese lugar emocionante y aterrorizante a la vez. Y entonces, el premio: una playa de arenas blancas donde el oceano pacífico era magnífico, con vertientes naturales que bajaban del cerro. Aquel lugar llamado Punta de Parra, era para nosotros el paraiso. Como no teníamos carpa nos hicimos un refugio con ramas y palos que obtuvimos en el lugar. Eramos los únicos sin carpa, asi que tuvimos que trabajar el doble que los demás para dejar listo nuestro lugar para pasar la noche y protegernos del sol durante el dia. Tampoco teníamos sacos de dormir: una frazada de lana cobijaba bien, pero ocupaba mucho espacio y era un peso extra. Usamos una frazada para cubrir el lado de exposición norte de nuestro refugio, lo recuerdo bien: con eso aseguramos tapar el viento y bloquear el sol del día y el rocio nocturno. Nuestro alimento fue a base de papas, tallarines, atun, jurel y pan a las brazas que haciamos cada día, ademas de leche en polvo con harina tostada. Ese sería el comienzo de muchas nuevas salidas a dormir al aire libre durante mi adolescencia.
Camino a Florida hay siete puentes que cruzan el serpentear del Río Andalien en sus inicios. Aquellos años era destino común ir a acampar en las playas del puente seis y medio, donde el río corría cristalino y frío. El sol salía tras la montaña temprano, y el olor a pasto seco invadía rapidamente los sentidos. Esta vez habíamos conseguido una lona grande para hacer de refugio (pasarían años para tener una carpa) y nos reiamos de lo vivído el año anterior cuando no teniendo nada para ayudar en la construcción del refugio habiamos usado bolsas negra de basura que habiamos unido. Pero no se trataba de lo material, sino de lo vivencial: la comunión de pasar varios días inmersos en la naturaleza, como amigos, con pocas cosas y muchas ganas. Aquella época ha dejado recuerdos imborrables que hoy generan cierta nostalgía por la austeridad y simpleza con la que veíamos la vida, pues solo necesitabamos ánimo para llevar a cabo cualquier aventura.
T era pequeña y nosotros saliamos a acampar durante el verano a orillas de un lago, donde pescabamos pejereyes al atardecer. Siempre quise que mis hijos también aprendieran a amar la vida al aire libre, de manera simple y sin tantas comodidades (si bien ya teníamos una buena carpa familiar y cocinilla para cocer alimentos entre otras cosas). Pero la experiencia de dormir en el suelo, bajo las estrellas, entre los arboles y rodeados de naturaleza es invaluable. A pesar de su corta edad, era una pescadora profesional: yo le lanzaba la caña y ella pescaba de a dos en una sola recogida: "¡ahí picó uno papá! ¡ahí picó el otro!" decía y comenzaba a recoger la linea con los peces colgando de los anzuelos. Pescabamos los suficientes para que luego los comieramos en la cena, bajo la luz de las estrellas y la luna. Aquellos eran sin duda días felices.
A S la conocí acampando en la playa de Las Docas un fin de semana de otoño con amigos, y amigos de amigos. Habíamos instalados las carpas en un círculo con todas las entradas apuntando al centro. Yo preparaba el mate en una de esas carpas y ella hacia lo mismo en otra. Desde allí nos mirabamos y sonreíamos. Más tarde junto al fogón y tocando la guitarra comenzamos a charlar. Recuerdo que la luna llena parecia un ojo gigante en el cielo. Ese día nuestros caminos se cruzaron y comenzaron un camino nuevo, lleno de momentos bellos. Incluso pasamos un año nuevo juntos en la montaña, acampando con otros amigos tiempo después. Aquello fue mágico. Sin duda la vida de acampar y compartir con la naturaleza ha sido parte importante en mi vida.