Parece que todavía puedo escuchar tu risa flotando en el aire, mientras nuestras manos se toman y las mías guían las suyas hacia un lado, luego hacia el otro. El vestido se abre y se cierra, rosa mis piernas y nuestras miradas se cruzan mientras comenzamos otra vuelta y media. Nos equivocamos, volvemos a reir, nos soltamos y cada uno va por su lado. Bailamos. Nuestros cuerpos expresan lo que nuestos oidos oyen y nuestra alma siente. Coordinamos nuestros movimientos, a veces. Descordinamos y reimos, queremos que este momento dure para siempre. Nos abrazamos. Me prometo que tenemos que hacerlo más seguido.
Su pequeño cuerpo cabe en uno de mis brazos. Nos mecemos al ritmo de una música suave y siento su respiración en mi pecho. Un rayo de la luz del atardecer entra por la ventana y nos miro en la pared, así tan unidos, tan frágiles como ese momento. T no tarda en dormirse con su carita de ángel.
Pañuelos al aire. Tú hacia un lado y yo hacia el otro para luego encontrarnos en el centro, pausa, y nos alejamos. Es 18 de septiembre y la cueca se baila en las fondas por todo el país. Tu y yo las preferimos bravas, como nosotros.
El sonido nos sorprende en la calle, en un parque concurrido a esa hora de la tarde. Ni lo piensas cuando comienzas a dejarte llevar por el baile. Me tomas las manos y me involucras en tu locura. Yo tengo vergüenza, pero me dejo llevar. Algunos más se animan, y nos hacen competencia. Varios curiosos se acercan y hacen un círculo amplio observando el espectáculo. Yo me pregunto si ellos se preguntan de qué se tratará todo esto. Y entonces el tema se acaba y cada uno sigue su camino un poco más feliz por lo vivido.