lunes, 9 de marzo de 2020

148. Desde mis ventanas

Asomarse a la ventana cuando se es niño es un acto de exploración del mundo. Recuerdo esas tardes lluviosas en la casa de Ejército (nombre de la calle), donde el viento provocaba un silvido al pasar por entre los cables del alumbrado público, y se podían ver las gotas como lineas atravesar la luz amarillenta del poste que quedaba justo al frente y a la derecha, un poco más allá de un torcido árbol de tronco blanco y ramas que caían como cabellos largos que eran mecidos por el mismo viento. El agua no se aposaba, corría por la pendiente que daba aquella pequeña loma, llevándose las hojas caídas en surcos que dejaba en las calles de tierra. La escasa gente que pasaba llevaba paraguas, y generalmente salían de casa a la hora en que estaba listo el pan del almacén de la esquina. En aquel entonces la calle me parecía ancha. Al otro lado de la acera habían dos árboles que aún eran pequeños, unos álamos que no tenían aún dos metros de altura, y a la derecha de ellos un olivo grande y añoso (o sería un sauce?) que era el más frondoso de toda la cuadra. Las casas eran bajas, excepto por la tercera de derecha a izquierda, la cual tenía un segundo piso que en realidad parecía ser un medio piso adicional, pues no era de la misma altura que el primer piso. Por sus tejados el agua caía como una cascada porque no tenían canaletas. En verano aunque el paisaje era el mismo, se veía a los gorriones en bandadas anidar en los árboles y tejados, y de vez en vez ocupar toda la calle para escarbar y picotear la tierra, hasta que volvían a volar todos a la vez de regreso a las alturas. También era común ver a la vecina de enfrente asomada a la ventana, con su cabellera blanca por los años y su sonrisa cordial que saludaba a todos los que pasaran por el frente de su casa, levantando una mano delgada que no llevaba ningún tipo de joya ni adorno.

La vista desde la ventana de Vicente Merino Jarpa era distinta. Para comenzar era un tercer piso, por lo que la vista abarcaba mucho más terreno. A la izquierda había un espacio de tierra que era utilizado como una cancha de fútbol todas las tardes, y que colindaba con una Iglesia Mormona (de la que se contaban cientos de historias de misterio y ocultismos varios entre los niños del lugar). Por los alrededores unos pasajes con casas bajas dejaban ver una variedad de techos angulares y patios llenos de árboles frutales. Hacia el fondo otros edificios iguales al nuestro eran un espectáculo de luces tenues asomando por sus ventanas al llegar la noche. Siempre me gustaba esa vista, pues era el complemento perfecto de los cientos de atardeceres que observé con las nubes multicolores adornando el cielo del oeste (la ventana daba hacia el oeste), cuando las ultimas luces brindaban un adios para dar paso a una noche oscura, poblada de luces de otros edificios cercanos y lejanos.