sábado, 7 de julio de 2018

125. La tía Martita

Hay mujeres que son pilares de una familia. Es el caso de mi tía Marta Elena Palma Moreno, que nació un día como hoy, 07 de julio  de 1953. Parte de su infancia la pasó en Penco, ciudad costera a 30 kilómetros al norte de Concepción. A la muerte de su Padre cuando solo tenía 5 años, se trasladaron a vivir a Concepción transformándose en el soporte de la pequeña familia con el paso del tiempo. No se casó, no tuvo hijos: dedicó su vida a cuidar y criar a sus hermanos y sobrinos, y por sobre todo a su madre hasta el último día de vida. Luego la soledad y dos gatos y perro han sido su compañía. Es difícil llevar la soledad cuando toda tu vida has estado acompañada, pero con la misma determinación con que cuidó de la familia, se ha empeñado en llevar adelante esta nueva etapa de su vida en la tercera edad. Siempre he admirado esa cualidad de pensar primero en el otro más que en sí misma, de tener la sonrisa a flor de labios.

Entre los recuerdos que siempre comparte de épocas pasadas está el recuerdo de su padre y tíos: Los Palmas eran muy educados, estudiosos, lectores de libros y sobre todos sagradamente del diario de la mañana y después del almuerzo. Se vestían de camisa y corbata, discutían acaloradamente de política o de lo que fuera. Lamentablemente todos fueron muriendo jóvenes, de 35 o antes de llegar a los 50's. No dejaron descendencia al igual que ella. Siempre dice: somos pocos y estamos separados. Disgregados por la vida o por el odio de algunos. Es cierto, mi padre en Austria, yo en Santiago, ella en Concepción. Mis hermanos por otras latitudes o allí cerca pero que no se hablan con nadie más. Mis hijos alejados también. Siempre dice que le hubiera gustado verlos crecer, contarles historias, cocinarles o ayudarles con las tareas del colegio. La vida es extraña, hay gente que cambia tanto que termina odiando lo que amó y alejando a quienes amamos.

Mis recuerdos con ella abarcan toda mi vida. Muchas veces estuve en desacuerdo con ella, con su forma de decir algunas cosas pues es demasiado franca y directa. Muchas veces ella tuvo razón y yo estaba equivocado. Yo agradezco las tardes que pasó y que sigue pasando a mi lado, conversándome, abrazándome, tomando un mate o un café (porque ama el cafecito chico, y se puede tomar muchos durante el día). Agradezco porque me cuidó, y cuidó de mi abuela, y de mi padre, y de mis hermanos. Por eso este pequeño recorte de vida hoy es para esta gran mujer a quien amo.