Tal vez una de las cosas más bellas de tener hijos es el no olvidarnos de ser como niños. Cuando vivimos en un mundo de adultos, rodeados de adultos y con problemas de adultos, el niño que llevamos dentro parece dormirse muy profundo en nuestro interior. Pero cuando nos rodeamos de niños, entonces recordamos la magia de jugar, de reír, de bailar y hacer cosas que normalmente no se hacen en la vida "adulta": tirarse en el suelo para armar o desarmar algo, usar la imaginación y creer que una botella vacía es una nave espacial, sentarse enfrente del televisor a ver dibujos animados, etc.
Hoy cumplo 41 años y me pregunto cuánto del niño que fui sigue en mí. Hay cosas que siempre me han llamado la atención en la forma en que se desenvuelven los niños: sociabilizan con otro niño muy fácilmente como si se hubiesen conocido de toda la vida; confían en aquellos que aman sin dobles estándares; abrazan con fruición; se desenvuelven con solidaridad y honestidad; se asombran con las cosas simples de la vida.
Algunas de las cosas que mantengo desde la niñez: despertarme y levantarme temprano (rara vez duermo hasta tarde), leer historias gráficas (cómics) y libros de aventura, jugar rol y cartas, ¡dibujar!, tirarme en el suelo para contemplar pasar las horas, confiar en los que amo sin cuestionamientos (aunque eso me ha costado más de algún dolor), hablar con desconocidos que me causan buena impresión, asombrarme con las cosas simples como la forma de las nubes, los colores del amanecer y del atardecer, el canto de las aves por la mañana en mi ventana, buscar desafíos para superar y cosas nuevas para aprender siempre, sentirme pleno con poco, procuro construir puentes y no muros.