sábado, 26 de agosto de 2017

106. algunos recuerdos con mi Madre

Hoy es el cumpleaños número 63 de mamá, y desde los 50 hasta ahora parece que a mis ojos la veo igual, como si el tiempo no pasara en la misma magnitud sobre su rostro y sus manos. Recuerdo que cuando niño la observaba prepararse para ir a trabajar: cremas, pintura, traje o vestido, reloj, anillos, pulseras, perfume, cepillarse el cabello, sonreír, abrazo, beso. Después del colegio me pasaba a su trabajo donde la esperaba hasta que su jornada acababa mientras aprovechaba de hacer las tareas y entonces nos íbamos a casa. No sé si cuando niño llovía mucho o solo a mí me lo parece, pero tengo esos recuerdos de salir de su trabajo abrigados, con paraguas y botas largas de goma que yo aprovechaba de usar para saltar sobre los charcos camino a tomar el autobús.

Despertar antes que salga el sol para ir al colegio: música suave, leche con chocolate y un pan tostado con algo variado que mamá solía llevar en una bandeja. Luego calentaba mi ropa y me la pasaba tibiecita y con ese olor a limpio y recién calentada tan característica. Incluso hoy cuando caliento la ropa o la plancho antes de ponérmela me evoca a esos días de niñez.

Lo primero que yo debía hacer al llegar desde la calle luego de jugar con mis amigos era lavarme las manos y la cara: eso era un ritual sagrado e infranqueable. Para cuando salía del baño ella ya había preparado algo de fruta y yogurt con cereales. Este ritual se ha repetido desde que mis pies colgaban de la silla, hasta hoy cuando voy a su casa.

Recuerdos reiterativos: mamá cantando por la casa alguna melodía mientras hace alguna cosa; sentada en la mesa con libros desparramados y "el libro" de contabilidad siendo actualizado porque se había llevado trabajo a casa; escuchando meditaciones de la llama violeta o alguna similar; haciendo ejercicio en el living por la mañana; domingo por la mañana con bolsas y carrito yendo a la feria a comprar verduras y frutas para la semana; cantándome el feliz cumpleaños por teléfono cada año si estábamos lejos o en persona si estábamos cerca; sentada en la mesa con un te a la hora de once (merienda); cada vez que sonríe se le forma una margarita en la mejilla.

Una primavera de 2015 viajamos a Viña del Mar para pasar un día con mis tres hijos. Aquel fue un día inolvidable: paseamos por la ciudad, caminamos por la orilla del mar, jugamos en parques bajo un cielo azul y un sol primaveral, sacamos fotografías y reímos y reímos y volvimos a reír. Ese día nunca se ha apartado de mi corazón ni de mi alma.