lunes, 8 de agosto de 2016

86. Amores y desamores


1989. Adolescencia. Por aquel entonces hubieron tres amigas que no salían de mi mente. Teníamos más o menos la misma edad. P era delgada, de pelo negro, tez blanca y ojos grandes; C era más desarrollada, pelo claro, tez blanca y amplia sonrisa; S morena, de pelo y ojos oscuros, bien proporcionada y de carácter fuerte. Fue en un campamento a la luz de la luna y una fogata que las conocí en los ya olvidados caminos de los puentes. Todos aquellos días las miradas y las conversaciones iban y venían. Yo era muy delgado y despeinado, un poco tímido. Ellas eran las chicas que mis amigos querían conocer más a fondo. Supongo que tuve suerte. Aprendí entonces que “no te pueden gustar las tres” aunque sí te gustan las tres, se debe elegir solo una persona porque el amor es celoso, posesivo y dañino entre las amigas y los amigos cuando se gustan entre sí. Aprendí también que es bello, lleno de ilusiones y se te mete en los huesos y en la mente nublándote la realidad, que te desordena las ideas, las hormonas, los horarios, te borra el buen juicio… y  que tal como llega, se va.

De alguna manera aquellos tiempos están llenos de caos y sensaciones que te atropellan en una vorágine que te atrapa y te aturde. Intercambio de sonrisas, miradas, palabras, besos, caricias, inseguridades, vergüenzas, culpa, asombro, y descubrimiento tras descubrimiento te hacen ver que cada “relación” es diferente, por breve o duradera que sea.  Sensaciones de pertenencia, de celos, de aprobación o desaprobación por los otros se van instalando y formando el carácter y la personalidad. Todo se iba descubriendo de a poco mientras comenzaban a instalarse los miedos al pecado y a enfermedades mortales o a tener algún hijo no deseado. Y esto último le sucedió a más de algún amigo. Ahora parece tan extraño que aquel despertar sea tan prohibido y aquella lucha entre las hormonas y lo que se debe hacer o no hacer produzca tantas frustraciones sociales en una dicotomía que se mueve entre lo moral y lo ético, lo consciente y lo inconsciente. Todo aquello tiene implicancias profundas en tus seguridades e inseguridades como persona.

1991. De S me acuerdo bien porque no me gustaba nada y un amigo soñaba con ella. Como yo tocaba guitarra, me pidió que nos pusiéramos fuera de su ventana a modo de darle una “serenata furtiva” una tarde. Yo toqué, él cantó, ella escuchó. Ella salió, nos conocimos todos.  Al poco yo le gustaba, ella me gustaba pero mi amigo seguía loco por ella. Problema. Fue ella quien tomó la iniciativa y comenzamos a salir a escondidas, para que nadie (especialmente mi amigo) se enterara de que salíamos. Allí hay muchas anécdotas pero por fortuna nunca se enteró nadie más que nosotros dos.

Con C pasé tantas tardes hermosas recostado en su regazo, viendo televisión, escuchando música o en silencio en su departamento mientras la tarde avanzaba hasta que se hacía de noche y yo volvía a casa. Creo que nunca una relación hasta ese entonces había sido tan simple y tan bella.

Con M estábamos enamorados y para estar juntos nos casamos el 2000 y fue madre de mis hijos. Diez años compartimos vida y crecimos juntos. Estudiamos, trabajamos, fuimos padres. Ella y mi hija eran mi todo. Mi mundo, mi vida. Luego también lo fueron mis otros hijos. Yo tenía la ilusión de que el amor es para siempre, pero resultó que aquello no siempre es verdad. Allí aprendí que el amor no es suficiente para continuar. Sin embargo viví momentos hermosos en su compañía. Ella me dio mucha felicidad y luego cuando las cosas cambiaron me la quitó con mentiras y engaños. Luego, me alejó de nuestros hijos. Cuando la perdí a ella y a mis hijos, perdí mi todo, mi mundo, mi vida. Aquello simplemente me destruyó.

Una jovencita morena, pestañas largas, pelo liso y largo, sonrisa fácil y la ternura hecha mujer llegó después de mi separación. Una lástima porque no la pude querer como se merecía. Yo estaba triste, sin ganas de nada. Su cariño me hacía bien y yo me dejaba querer, y entonces yo también la quería. Y fue creciendo el cariño y su amor era mayor al mío, y yo no quería querer a nadie. Había visto a muchos conocidos y amigos separarse y comenzar una nueva relación de inmediato, sin sanar de la anterior, sin solucionar los problemas de la relación anterior. Y yo no quería eso… así que con dolor y tristeza la dejé pensando que era lo mejor para ambos.

S llegó para ser quien compartiera mi vida durante más tiempo que nadie exceptuando a la madre de mis hijos. Mi tercer gran amor. Vino desde Argentina en intercambio de estudios y nos conocimos en un campamento, una noche de luna llena, guitarra, fogata y alcohol en 2012. Ojos y cabello negro, en plena juventud, una sonrisa que contagia y una alegría que por ese entonces estaba bastante opacada por una pena profunda que hacía que tuviera el ceño fruncido gran parte del tiempo. Pero luego eso pasó, y su alegría floreció para llenar de colores mí entonces aproblemada vida, mientras yo también llenaba de colores sus días a mi lado. Nunca mi vida fue tan bella y tan triste. Bella por todo lo que era la vida que tenía en ese momento con ella, y triste por todo lo que no podía tener y me era negado… estar con mis hijos, verlos crecer, abrazarlos, compartir junto a ellos. Pero un buen amor siempre alegra la vida, te hace crecer y te demuestra que estamos hechos de momentos significativos en nuestro camino.