martes, 2 de julio de 2013

24. Confesiones de invierno

Recién comenzaba Julio y un domingo soleado invitaba a salir, a recorrer la ciudad. La cordillera nevada, una ciudad vacía, los árboles a medio vestir y esa luz que solo se deja ver en invierno con sus sombras alargadas y sus días cortos eran razones más que suficientes para pedalear por las calles sin rumbo definido.
El mate cargado, un libro, un lápiz, el cuadernillo en el bolso, una manta para tirar en el pasto y alguna plaza nos recibiría entre Ñuñoa y Providencia. El viento gélido picaba un poco, y se metía en los pulmones con una sensación de frescor indefinida. Tan solo respirar era hermoso. Leer a Cortazar en esas condiciones debe ser uno de los placeres que más disfruto, y sin embargo de pronto hubiera deseado llevar también la guitarra, o la armónica.

Siempre me ha gustado aquella larga avenida llena de árboles que tapizaba de crujientes hojas el camino hasta la playa. La luz del sol daba de frente y se entrecortaba entre las hojas que aún no caían, matizando de luz y sombras intermitentes la jornada. Me gustaba ver los atardeceres sentado sobre la arena. A veces los días solo eran nube y viento mientras recorría por la arena semi-húmeda sin tener en cuenta que a cada paso que daba, era un paso que debía volver más tarde. Veía además las aves que parecían jugar con las olas en un ir y venir repetitivo. Me abstraía tanto, que a veces me descubría cantando a todo pulmón en la soledad del atardecer, con el susurro del viento costero y las olas que decían ¡soy el mar!.

Las mañanas por lo general eran de niebla. A veces el sol se reflejaba en el oceano a eso del mediodía y entonces todo adquiere un brillo cautivador desde las estrechas calles con sus escaleras y casas de colores. Otras en cambio, parece que abren las llaves de los cielos y el agua escurre violenta abriéndose paso camino al mar. Entre calles que giran a cada tanto como si tuvieran voluntad propia, casas con murales que más de una vez me encontré fotografiando junto a perros callejeros que miraban con ojos indiferentes y farolas que daban a las noches un aspecto casi mágico, era común ver plazoletas con músicos improvisados, coreografías que invitaban a unirse al baile, y bares olvidados con el sonido de algún acordeón o guitarra melancólica.

Un día se largaba a llover y no paraba hasta dos semanas después. Llovía de arriba, de lado, de abajo. Me gusta pisar los charcos y verlos salpicar con ese sonido tan propio bajo la lluvia. El olor a tierra y vegetación mojada lo llenaba todo. Eso era antes que el olor a humo y leña quemada se hiciera popular. Siempre me gustó un bracero encendido con cascaras de naranja o de limón. Alguna gotera traviesa hacia mover los muebles y poner un tarro que percusionaba con cada gota una melodía monótona y antigua. El musgo crecía en los cercos y tronco de los árboles. La ciudad lo soportaba bien y el agua corría y corría, llevando nuestros barcos de papel, o cualquier cosa que flotara y se fuera calle abajo, mientras lo seguía detrás hasta que se perdía en alguna alcantarilla en las profundidades de la ciudad.


(Santiago - La Serena - Valparaiso - Concepción)


Preguntas fundamentales


Me pregunto a donde van
A dónde terminan su camino
Todo aquello que pasa por nuestra vida
Una hoja de papel usada
Las hormigas en la cocina
El ave que cantó por la mañana
El abrazo que nos dimos en esa esquina
Aquella llamada perdida
El post que navega a la deriva
El teléfono que cambié la semana pasada
La moneda que extravié hace una hora
Aquella sonrisa intercambiada alguna mañana.