Casi siempre me pasa que no quiero que el verano acabe. Me gustan los días largos, cálidos, donde un pantalón corto, una polera y unas sandalias es todo el vestuario que se necesita para pasar los días y las noches. Pero entonces comienza a llegar el otoño y me voy enamorando del cambio de colores en el paisaje, donde las hojas se van volviendo amarillas y van tapizando las calles; comienzo a acostumbrarme al acto de ponerme una bufanda y vestir aquella ropa más gruesa, acostarme más temprano, escuchar el viento pasar entre los árboles, el murmurar de la lluvia, los atardeceres y amaneceres de rojo intenso porque hay nubes en el cielo. Además la luz del atardecer tiene una inclinación diferente sobre mi casa, y por tanto los rayos de sol entran y abarcan nuevos sectores de las habitaciones. Y entonces me detengo y contemplo la luz, el cielo, el frío que se cuela por las rendijas y pienso en que los cambios siempre son difíciles, que nos acostumbramos a esa zona de comodidad donde la vida pasa serena, tranquila. Pero los cambios traen nuevas bellezas, nuevas rutinas, nuevas miradas a la vida y a lo que somos.